RAÍCES DE MANGLAR

La canción del perdedor (II)

La canción del perdedor (II)

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Al final no hay verdades.

La noche es pasmarse, un perderse y encontrarse constante. Es cohabitar con la incertidumbre, con el jaleo del terrible vacío y la cercanía de la muerte. Decían que lo maravilloso de la vida es que la muerte nos acecha a cada instante y aun así vivimos como si no importara. Bueno, de manera irónica yo añadiría este sentimiento incansable de ausencia.

Y me pregunto constantemente por tu lozanía y por esa impasibilidad, el golpe a mi ego. Tus ojos y tus pensamientos. Y te quiero, pero nada puedo hacer porque para mí el amor se ha vuelto esa fragata que deambula por un mar sinuoso que la hunde poco a poco. ¿Y sabes qué? He llegado a la conclusión de que eso no es malo, sino natural, natural como tu andar liviano o la misma muerte.

Porque intuía después de agotar la llama de nuestro amour fou que nada podría reacomodarse y que incluso hablar y escribir de ello sería una causa menor en el naufragio inminente. En fin, he decidido que esto no puede quedarse hacinado dentro de mí y que sin importar lo churrigueresco, pueril y trillado debía ponerlo en letras. Aquí estamos.

Ha pasado tanto desde que aquella desmesura e insanía nos abandonó en el recoveco de unas miradas opacas y la piel agrietada y cada día menos tersa: el tiempo. Me es difícil querer agradarte y sé que te pasa lo mismo. Amor, no nos engañemos, que sabes bien que la necesidad y necedad de tenernos desgració el ímpetu juvenil, que mis ojos se han posado en otros andares y los tuyos han visto recorrer con impaciencia el acercamiento dandi de otros amantes más atrevidos y agradables que yo.

No es reproche, sino la resolución de que la vida es más que esquivar la muerte. Es reconocer en ti y en mí la humanidad y dejar de lado los dictámenes. Desear que satisfagas y aproveches tu tiempo porque comprendo lo bello y revitalizante que resulta para el alma nutrirse de vivencias. ¿Cómo podría negarte yo, sólo por mi egoísmo, por mi machismo o por lo que sea, esa necesidad y ese llamado? He entendido que no somos las otras mitades de nadie y por ello te aseguro que en la ironía de nuestro final, en el acabose de nuestras ilusiones tempranas, quizá demasiado tempranas, te amo más.

Me han preguntado por qué no intento entonces dispersar esa barrera. Me han acusado de indiferente, incluso de no saber querer. En el manual del “deber ser” soy un desquiciado y un petulante, un imprudente que no lucha por lo que vale la pena. Un mediocre pues.

Sin rechazar del todo sus juicios, apelo a una forma distinta de amar donde la máxima prerrogativa sea la libertad y el reconocimiento de la felicidad ajena como algo inevitable y no dañino. Cierto que es un camino de espinas para el amor propio, pero a la víspera de la descomposición emocional no veo ruta mejor.

Y es que así es el amor que tengo, una abstracción inocua, quejumbrosa e inamovible. No puedo luchar por ti, en el sentido de poseerte y echar seguro a la jaula sin importar los medios, porque se me han secado aquellas hojas. Al menos en la forma en que el mundo nos lo pide. Si quitáramos de la ecuación el respeto no habría en nosotros más que el capricho insano de tener que estar para lo que se necesite.

Al final no hay verdades. Sólo espasmos en la noche y recuerdos de aquellas tardes largas. Recuerdos que son como una cinta de Moebius y que vivimos con gran felicidad sin siquiera estar conscientes de ello. ¿No es acaso esta paradoja un símil polarizado de la muerte? ¿Podríamos decir entonces que lo trágico de la vida es que vivimos con la felicidad persiguiéndonos y jamás nos dejamos atrapar?

Por supuesto, es pregunta. Siempre lo es.



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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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