RAÍCES DE MANGLAR

Cofradías

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¿Cuánto puede soportar?

-Aquello que llaman cofradía. La amistad entre hombres, ¿cuánto puede soportar?

-No sé. Va a depender del tipo de hombre, supongo. Lo que sí me consta es que es mucho más duradera que la que se tiene entre mujeres.

-Yo tengo mis dudas, sabes. ¿Te acuerdas de Daniel? A ese güey yo lo defendí hasta con mi propio empleo cuando lo iban a correr. Éramos ayudantes generales en aquel bar, pero él era rojillo. Siempre nos estaba hablando de la revolución y para cada cosa sacaba algún fragmento de la Ley del Trabajo. Yo estaba chamaco, ¿qué tenía, como 20 o 21 años? Reconozco que me impresionó muy cabrón. En fin, el día que lo iban a correr yo lo defendí y dije que si lo despedían a él de una vez lo hicieran conmigo. Bueno, pues dicen que nadie es imprescindible, ¿verdad? No lo corrieron a él, pero a mí sí porque tenía mucho menos antigüedad que Daniel y obviamente me liquidaron con menos. ¿Dijo él algo? No. Incluso terminó siendo gerente del lugar algunos años después. Intenté no guardarle rencor, pero un día que fuimos yo y otro amigo a saludarlo se portó de lo más cortante, como si no quisiera que estuviésemos ahí. No le dije nada, ni lo haré, pero ahí está. Tantos secretos que tenía él de mí y viceversa, aquel templo de confianza no soportó.

-¿El templo de confianza? Bueno, supongo que va a depender del tipo de hombre. ¿Te acuerdas tú de Fermín? Fermín era mi templo de confianza, aquel que me guardó las mejores y peores historias y no sólo eso. Cuando María me dejó en la calle el buen Fermín me dio techo y comida. Era un amigo en serio, muy leal. No sabes lo que sufrí cuando el cáncer hizo lo suyo con aquel viejo. Por supuesto, persona tan cálida no estuvo sola en su funeral porque al parecer no fui el único que abrigó Fermín. Basta decirte que manos y voluntarios sobraron para levantar el ataúd y hasta un par estuvo a punto de pelearse por ese honor. ¿Y quién fue Fermín? Un tipo sencillo, en muchos aspectos diría que hasta simple, pero que sabía hablar y callar en el momento exacto. Dicen que la gente taciturna lo es porque guardan para ellos mismos los peores pecados. Nunca conocí los de Fermín, pero por él y por su amistad guardaría hasta los más funestos.

-Sí, claro que recuerdo a Fermín y precisamente por esa seriedad. Ni siquiera las mujeres lo turbaban. En ese aspecto no se podía contar con él pues era como si no nos entendiera del todo. Pero Germán, el aspirante a pillo que era Germán tenía sus propios talentos y virtudes. Siempre queriendo ser amante, pero su timidez nunca se lo permitió. Siempre ponía como pretexto su fealdad, pero la verdad es que fue el tipo más inseguro que yo conocí. Con él entrábamos a las cantinas para embriagarnos y observar. Nunca pudo acercarse a una dama, ni siquiera a aquellas que le daban entrada. Yo le decía “órale güey, no le saques. Mira allá, te están viendo”, pero él le daba la vuelta al asunto con una sonrisa amplia y la convicción de que me equivocaba. No estoy seguro pero la suerte de Germán con las mujeres era proporcionalmente opuesta con su trato con los amigos. Siempre había para nosotros algún consejo disfrazado de broma. Era la charla con Germán algo tan ameno y tan certero. Uno no salía de ahí sin la mente despejada y pensando que algo del misterio de la vida lo guardaba aquel señor menudito. Varios de nosotros estábamos convencidos que Germán merecía la atención de cualquier mujer sólo por ser él. Que cómo era posible que viviese siempre en el mal de amores cuando incluso nosotros, machos hechos y derechos, reconocíamos algo especial y hasta erótico en su prosa proverbial.

-Sabes de más que el caso de Germán es atípico y no cuenta, ¿pues dónde está ahora? ¿Cuántos años han pasado desde nuestra última reunión? En el momento en que una sola mujer pudo decirle que sí volcó toda su vida a ello, como si fuese una enmienda que debiera cumplir. No he sabido nada de Germán, pareciera que se lo tragó la tierra.

-Intenta entenderlo. ¿Cuál es nuestro rol aquí? Esperar si es que llega el día en que todos ellos, nuestra cofradía entera si se puede, recurra a nosotros en busca de un consejo o simplemente para desahogar todo aquello que nos corroe y que por obvias razones no podemos contarles a ellas. Y mucho menos cuando son el motivo de muchos de nuestros quebrantos. Digo, de qué servimos entonces si no podemos ofrecerles eso. No tendríamos lugar en este mundo.

-Pero reitero, además de la de Daniel, ¿qué tipo de traición no debemos tolerar los hombres? Lo digo por Alejandro. Él fue testigo de mis quebrantos, de lo mucho que le di a quien no debí. Mi confianza entera fue erradicada por sus acciones. Todo lo que le conté lo utilizó en mi contra y más aún, lo hizo para estar con ella. Ambos se burlaron de mí, me consta y lo peor vino cuando consolidaron a mis costillas su amor, ¿debemos perdonar eso?

-Sólo a los amigos debemos perdonar aquellas cosas hechas en nombre del amor y precisamente por eso. Porque algún día los verás de nuevo, a Germán, a Alejandro y podrán sentarse en esta misma mesa y charlar como si no hubiese pasado un solo día. La amistad tiene sus devenires y por supuesto que hay traiciones que no tienen lugar, pero el amor, el desamor y los quebrantos son cosa aparte. La amistad trasciende, es más fuerte, es nuestro espacio seguro. En ese sentido es más importante porque en ella caben hasta la misma muerte, algo que el amor no es capaz de soportar. Ese es el objetivo de nuestras hermandades. Sin eso entonces no tienen razón de ser. Salud.

-Salud.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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