RAÍCES DE MANGLAR

La canción del perdedor (III)

La canción del perdedor (III)

(1)
El mensaje de Julia no dejaba duda. De cierta forma era la sentencia de muerta a toda pretensión suya y, extrañamente, una liberación para todo ese amor inservible.

-Si te refieres a aquella vez que me besaste no te preocupes ya. No te guardo rencor. La verdad sí sentí horrible, me sacó mucho de onda porque no sabía cómo reaccionar. Abusaste del hecho de que éramos amigos.

Aquellas palabras no le parecieron una revelación porque las veces que pudo ella fue clara. No tenía para él respuesta favorable a su cariño, a sus ganas torcidas de volver esa amistad un amor profundo y pleno. Con la misma resolución con la que ahora mandaba aquel mensaje en otras ocasiones no puso su ladrillo, no contribuyó a la fantasía de Edgar.

-Por aquella vez, perdóname. Quería estar más cerca de ti y no encontré otra forma de hacerlo. Haz lo que tengas que hacer- fue el último mensaje que pudo escribirle él antes de recibir esa respuesta en apariencia inofensiva, pero que él buscaba sondear y en el fondo evitar. Porque en su desvarío aún le quedaba la esperanza de que ella algún lo vería igual.

-No te preocupes. La verdad es que ya ni me acordaba. Te perdono y no sé qué quieres que haga pero no pienso hacer nada- fue lo último que dijo. No pudo ya él contestar. No había que decir. Sí, era liberador leer eso porque ahora podía matar su sentimiento. Era la vía libre que estaba esperando porque todo eso tenía que entrar en algún lado o morirse ya. Ya no quería, no era sano dedicar un suspiro más a aquella semilla seca e ingerminable, pero la sonrisa, el abrazo de aquella amiga, momentos breves pero permanentes en su esencia. No había forma, lo sabía, pero tampoco es lo que quería. Lo necesario, como siempre sin empatar con lo deseable.

Cuando comenzó a amarla era una muchacha solitaria no por decisión propia sino por condición. Era obvio que cualquier día alguien vería lo mismo que él: esas ganas irreducibles de vivir y amar y reír por tonterías. Sólo momentos felices en medio del bacanal del tedio diario. Ella, como toda mujer joven, estaba dispuesta a entregar esas ganas locas de amar y ser amada a alguien que ella también quisiera. Edgar supo sin quererlo que aquella lozanía no era para él pero aún así había cometido el error de querer ganarse eso por medio de la amistad y en su transparencia ella conoció la naturaleza terrible de su ser y no era lo que buscaba.

Él vivió aquel sueño como pudo, bastándose con la convivencia hasta el día de aquel beso, cuando ella dejó claro su rechazo.

No lo abofeteó porque en el momento no supo reaccionar, pero sin duda lo odió, lo aborreció porque era descubrir que esa amistad no era verdadera y ocultaba una intensión funesta para ella, pero inevitable para Edgar.

La falta de empatía real entre ambos ensancharía el abismo. Para ella el asco, la decepción; para él la inutilidad del atrevimiento, el valor sepultado por el rechazo. No pasó nada, nada dijo ella en su momento por su parálisis, pero entendió que debía ser inaccesible y a partir de entonces cambiaría la energía de aquella relación de amigos para hacerle entender que no había posibilidad alguna, que mejor para él que sepultara lo que motivo a aquellos labios no correspondidos si es que valoraba su amistad. Y así fue.

(2)
-Álvaro Carrillo por supuesto. “Sabor a mí”, “Cancionero” y sobre todo “La mentira”. Esta última me lleva a otros lados. Yo eso que sé que no es lo de mi tiempo, ¿verdad?- dijo Edgar.

-¿Entonces por qué te gusta tanto?- preguntó Julia.

-Es difícil de explicar pero es como cuando ves esas películas viejas y extranjeras en el Canal 11 o en el 22 y al final aunque no estés ante algo de verdad magnífico te queda una sensación como de nostalgia, ¿sabes? Por cosas no vividas pero que tienen ese encanto de que todo lo que esos actores de apellidos impronunciables pasan podría o de alguna forma te ha pasado a ti.

-Mmm, pues supongo que te entiendo, aunque creo que divagas demasiado.

-¿Sabes qué otra cosa me traen a la mente? Es como cuando te vas de vacaciones y andas puebleando. El aroma de la comida, de la leña, de la humedad en los cuartos, los árboles, los templos. Son momentos para uno, el ocio mismo y puede que en su momento no lo notes, pero ya después, cuando pasan los meses algo, cualquier cosa, te recuerda a esos ratos flojos y quieres volver a ellos. Se me ocurre que son como sellos de tiempo. Para mí es recordar mis pies mientras estoy acostado en una cama lejana, viendo la pared o lo que esté al fondo y sentir que estoy ahí, que existo. Es como engrandecer por instantes y sentir que vivo. A eso me remiten esas canciones y esas películas.

-¡Jajaja! ¿En serio? Bueno, pues a mí me pasa al revés. Para mí estar lejos, en esos lugares es distinto. A mí me gusta ir a los templos, a las casonas viejas y tocar sus paredes y sus piedras y pensar en todo lo que han pasado, lo que han visto. Todas las vidas, las gentes que por ellos transcurrieron y que ya no están y también los que como yo siguen pasando por ahí y mirando su perfecta arquitectura. Y si a ti te hace sentir vivo y te engrandece a mí me disminuye y está bien, ¿sabes? Porque es saberte inmensamente pequeño en medio del orden de las cosas. Es entender que hay algo más grande que tú y que nada es casualidad y que no es por nada que estoy ahí, tocando esas piedras de más de cien años y que seguro seguirán otros cien o muchos más- dijo ella de corrido hasta que notó que en su discurrir la ceniza de su cigarro se alargaba hasta casi tocar sus dedos. La sacudió y dio una última fumada antes de tirar la colilla. Aquel gesto natural junto con esas palabras dejaron a Edgar sin aliento. No pudo más que admirarla y se sintió pequeño. Ante su desconcierto y fascinación por Julia intentó salir al paso con una chansa pues no había forma de refutar aquella sacudida. En ese momento aquella joven delgada y de pómulos pronunciados, enfundada en una gabardina de estambre gris le pareció de una belleza y ternura incalculable.

-¡Wow! ¿En serio sientes todo eso cuando puebleas? Y luego dices que el que divaga soy yo. ¡Jajaja!
-¡Jajaja! Tonto.

Se miraron un momento fijamente y ambos sonrieron.

(3)
Poco a poco se fue dejando llevar por aquel sentimiento. A su edad era hasta un orgullo tener gente joven escuchándolo, respondiendo como nunca lo hicieron sus contemporáneos. Edgar tenía una obsesión musical hasta con su día a día y buscaba perpetuar aquellos ratos alegres con una playlist con recomendaciones de aquella chaviza. No eran en definitiva sus canciones favoritas ni calzaban con su gusto por el rock clásico. Eran mas bien canciones joviales como ellos, baladas un tanto ingenuas pero bonitas en su simplicidad y así le puso de nombre: “Recomendaciones de lo jovial”.

Llevaba un poco de todo pero ninguna canción era más vieja que él: “Heaven” de The Walkmen, “Only For You” de Heartless Bastards, “Sadness Is a Blessing” de Likke Li y una docena más. Y de todas la más antigua era “Too Young” de Phoenix, una canción salida del catálogo personal de Julia del año 2000 pero que extrañamente lo remitía a una época incluso anterior, cuando estaba en la escuela secundaria y todo era entregar tareas diarias y espiar en el recreo a Sandra, la chica que le gustaba y que nunca volvió a ver después de la graduación.

Se juntaba con un solo amigo y ambos le daban la vuelta al patio dos o tres veces sólo para encontrarla de frente y mirar por un instante aquellos ojos lindos y el cabello brillante y negro. Un amor de catorceañeros que jamás fue correspondido pero que dejó al joven Edgar con unas ganas enormes de entender cuál era el secreto de esa liviana belleza. Se quedó con esa ansiedad y algo más, porque de entre todas las veces que recorrieron ese concreto roto, en una de esas veces ella los vio a ellos, pero más al amigo que también se había fijado en la mirada bonita e inocente de Sandra.

Pues “Too Young” lo llevaba a aquellos años ásperos por los primeros debacles amorosos y era extraño justamente porque no conoció la canción hasta que Julia se la recomendó y para él era recordar lo irrecordable. La oyó de los labios de ella y de hecho sólo el estribillo que en aquella voz de mujer grave sonaba a monotonía breve y cálida.

Cuando pudo buscó con el fragmento el resto de la melodía y la encontró. Se volvió una de sus favoritas. Luego vio que era parte del soundtrack de la película “Lost in Translation” y la historia de ésta encajó exactamente con su sentir general. Veía en los ojos de Julia el mismo brillo que tenían los de Sandra, pero con una esencia propia, más digna. Por supuesto estos años ya no eran los del patio de cemento desgastado, pero si lo hubieran sido habría dado mil vueltas por el hasta que la mirada de Julia se posara en él. Quiso otra vez después de tanto tiempo comprender por fin el secreto. Esta vez lo intentó.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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