RAÍCES DE MANGLAR

Escúchame

Escúchame

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Cansado, me sequé las lágrimas.

—Escúchame, dame agua —me dijo Olga.
—Sí, voy corriendo —dije, pero no podía soltar su cabeza.

Sus cabellos están marchitos, secos y de una delgadez enfermiza. Tocarlos me recordó la brillante y negra cabellera de años sosegados, días mejores por su naturaleza y añoranza. No obstante, tener esa cabeza recostada en mis brazos me hizo desear fuerte volver de golpe a mis recuerdos y quedarme en ellos.

Cansado, me sequé las lágrimas. Mis ojos opacados buscaron en el cuarto la jarra de agua y algún vaso donde poder servirla. No había. Con cuidado deposité la cabeza de Olga en la almohada y tocándole los hombros la sumergí dulcemente en la cama. Tomé una sábana y la cobijé. Me dirigí a la cocina, abrí la alacena que chilló por lo oxidada que estaba. “Escúchame, dame agua”, me dijo y sentí que debía aprovechar aquel momento de lucidez. De cualquier forma mi tristeza sólo haría que los ánimos de Olga menguaran, así que me apresuré para saciar la sed de la única mujer que en la vida me ha amado.

Cuando regresé la encontré extraviada, atrapada en una punzada de su cuerpo, tocándose el vientre. La ayudé a sentarse y con minucioso cuidado le di de beber. “Gracias”, me dijo con una ternura que parecía extraída de lo más profundo de su corazón. ¡Oh, Dios! Cuánto la amó. Incluso postrada y en el continuo borde del desmayo y la enfermedad me sublima, saca lo mejor de mí. ¿Cómo no llorar si pronto ya no la tendré? ¿Qué será de mí sin su contrapeso en mi cama? Y cuando no quede más que la figura vacía de su cuerpo, ¿qué voy a hacer para sacarme el dolor?

—Tengo que ir a trabajar pero en cuanto termine mi turno regreso rapidísimo. Hoy no voy a doblar tiempos, entonces salgo y corro hacia acá —le dije.
—Sí, está bien. Pero no te tardes, no quiero estar sola —imploró. Odie que me implore, la culpa me arrebata de mí mismo si me implora.
—Ok. Te prometo que me apuro —dije y salí directo hacia la oficina.

La calidad de vida de Olga había empeorado drásticamente los últimos dos meses. El mal que carga en su vientre había vuelto a aquella mujer simpática y dulce en una suerte de zombie, siempre con los gestos torcidos y emitiendo lamentos que pasaban en cuestión de segundos de largos e intermitentes gemidos a gritos de desesperación. Con gran remordimiento debo admitir que me es un alivio no estar en casa. En los peores momentos me hace bien estar lejos, trabajando. Sé cómo son sus crisis: se tuerce sobre sí misma y con las débiles manos se aprieta el bajo vientre, como si quisiera arrancárselo. Y con vergüenza reconozco que daca vez que llego a la puerta de nuestro hogar me quedo mirando fijamente la chapa, dudando.

Imposiblemente doloroso es verla revolcándose en su lecho, como si con alguna postura extraña pudiera apagar aquel ardor. Es un animal empequeñecido y en el extremo de la delgadez rascando en la tierra, buscando refugio, así se mira a Olga entre las sábanas. La visión no me es desconocida, pero aun así toda vez que aquel tumor maligno se ensaña contra su salud entro yo en una especie de sopor y en una sordidez no tan involuntaria.

Siempre y cada vez el descubrimiento de mi egoísmo me lleva a lugares del alma que a nadie, sin importar la afrenta o el nivel de rencor, podría desearle. Nadie merece entrar en aquel limbo insoportable que es la incertidumbre, la impotencia y la culpa. Este pesar es terreno fértil para las más peligrosas ideas y en mi caso no niego el efímero consuelo que me ofrecen.

Olga, mi querida Olga. No se merece ese martirio. Si mi suicidio pudiera saldar todo el mal que le hice. Si pudiéramos transmutar el alma le regalaría mi salud con tal de pagar mi deuda adquirida por la estupidez y la falta de lealtad. Y ella jamás me ha restregado en la cara el daño hecho. Nunca ha pedido retribución, al contrario, me pide que me apresure porque no desea estar sola. Porque a pesar de la violencia en su cuerpo nunca ha odiado mi cada vez más taciturno perfil y en aquel corazón no ha cabido la venganza.

A veces eso es lo peor: su falta de odio. Le pedí perdón, me hinqué a un lado de la cama y pedí perdón y no debió otorgármelo. Hacer eso la pone muy por encima de mí. Debió abofetearme, tomar lo que fuera y reventarlo en mi cabeza, volver una pulpa sanguinolenta aquella mente que no pensó en las consecuencias. Ahora yace ahí, tendida y me ofrece cuando le es posible sus mejores sentimientos y no debería.

El destino o Dios o la mala suerte, no importa, todo es lo mismo, la puso a mi disposición, sembré así la semilla de mi mal amor y germinó lo inevitable. Incluso ahora que debería estar agradecido por su bondad y misericordia, no tengo más que reproches porque la gente como yo es así, parásitos de la buena fe, escorias condenadas a lamentarse por lo perdido, por lo que pudieron haber hecho, pero es nuestra mala estrella quedarnos viendo mientras las flores se marchitan, mientras lo más valioso se difumina y se va.

Subo al tren y está saturado. Es normal a media semana. Todas las personas son como sombras siempre a equidistancia, totalmente ajenas, de rasgos duros e indiferentes, gente de piedra igual o más rota. No los culpo, a cada quien le ha tocado lidiar de igual o similar manera con la cercanía indeseable de la muerte o al menos así quiero pensarlo. Y lo pienso porque en este momento en el que probablemente a Olga ya se le haya pasado el efecto de la medicina, aquellos extraños me hacen sentir envidia de su lejanía. Quizá son así porque Dios ya los ha quebrado como me está quebrando a mí. No lo sé, sólo comprendo que daría todo por poder estar tan apartado e indiferente como ellos.

No mi amor, por lo que te he hecho ni siquiera merezco la muerte extrema que es el olvido. Es mi deber y mi deuda encontrar la manera de cuidarte, de que en el tiempo restante pueda yo, no sé cómo, pero de alguna forma retribuir ese destino funesto que padeces por mis errores o al menos así quisiera que fuera, pero sé que mi cobardía me hace caminar hacia la soledad y cada paso que doy es una prueba más de mi propia indignidad. Porque no, Olga. Yo no escucho. Yo no sé escuchar.

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