RAÍCES DE MANGLAR

La concreción del luto

La concreción del luto

Foto Copyright: lfmopinion.com

Cuando murió la abuela.

La concreción del luto es difícil. Cuando murió mi abuela no sentí nada. Lo más duro de ese día fue ver llorar a mi padre: hombre de cualidades cómicas, siempre alegre, pero no es necesario explicar como estas características suyas se desvanecieron cuando mi madre le dio la noticia: “Juve, me acaba de hablar Gustavo. Tu mamá falleció”, le dijo.

Él venía en su motocicleta y acababa de entrar a la casa cuando lo supo. No pregunto nada. Se fue al sillón, le dijo a mi madre que le trajera un cigarro y cuando le dio la primera fumada se desmoronó. Su llanto de tesituras casi infantiles me estremeció, pero la noticia de la pérdida de mi abuela no había calado en lo absoluto.

Sentía más culpa que dolor, culpa porque de entre todos sus nietos yo fui al que más quería tal vez porque siempre me consideró un buen niño en general. Recuerdo que me siempre que la visitaba me compraba fruta y me preparaba ensaladas de pepinos con limón y chile piquín.

También recuerdo sus celos de abuela cuando le presenté a mi entonces novia y hoy esposa. Esa fue la última vez que la vi y sólo pasé porque mi enamorada quería ir al sanitario y aquella vieja casa con olor a madera podrida y polvo nos quedaba de paso.

Esperanza Ramírez, mi abuela, como toda mujer de su tiempo tuvo una vida difícil por los prejuicios propios del ocaso del siglo pasado y que absurda y desafortunadamente continúan vigentes hoy en día. Ante el yugo de mi abuelo, un patriarca solemne y torvo, mi abuela tuvo que padecer las consecuencias de las habladurías y la envidia de los vecinos. ¿Su crimen? Ser una mujer trabajadora y emancipada; víctima del malsano consuelo de un compañero de vida obtuso y del juicio inclemente de sus hijos varones, todos criados en la misma vena machista del jefe del hogar.

De hecho, gran parte de su dentadura era postiza por las golpizas que mi abuelo le propinó. Aquel hombre celoso se volvía una furibunda bestia ante las sospechas y los reclamos. No veía en la labor de aquella mujer un apoyo para permear de alguna manera su pobreza compartida, sino una constante rebeldía y abierto desafío a su autoridad, cada día más frágil por su maltrato e inseguridad. Mi abuela nunca encontró la salida a aquella vida y por ello dedicaba el mayor tiempo posible a su trabajo. Lo que fuera para retrasar su rutina y su hastío.

A pesar de este perfil que alcancé a dibujarme partiendo de extractos vagos, característicos de mi infancia despreocupada, no pude en su momento derramar una sola lágrima sincera por ella. Ni siquiera las circunstancias de su muerte, un evidente y lamentable caso de negligencia médica, pudieron llenarme de alguna sensación parecida al enojo o a la tristeza. Lloré porque vi las inéditas lágrimas de mi padre, al que hasta entonces jamás pensé ver quebrado, pero sólo eso.

En su funeral me concentraba en tristezas ajenas para poder imitar por protocolo lo que creía que debía hacer. La experiencia en general me pareció bochornosa. Mis tías se desgarraron en el panteón, mi papá intentó mantener su temple y algunos familiares lejanos aprovecharon para conversar con soltura, tal y como sólo se puede hacer en este tipo de acontecimientos. Los niños y jóvenes, entre los que me incluía, a lo mucho estábamos desconcertados.

Mi abuelo se mantuvo casi todo el tiempo sentado en un rincón, llorando. Era ya entonces un anciano senil y enfermo, con problemas serios para controlar su esfínter. Su esposa se convirtió en sus últimos años en la dueña absoluta de su hogar, algo que él acepto, quizá por la culpa de tantos años de golpizas y gritos o quizá por el miedo al abandono. Aquel oso enorme terminó siendo un niño gigantesco y temeroso hasta que la muerte lo reclamó también.

Cuando regresamos a nuestra cotidianidad vi a mi padre mejorar su semblante de manera gradual pero ya no más de forma definitiva. La pérdida de su madre es hasta hoy su martilleo constante. Lo vi llorar un par de veces más, pero ya no me sensibilizó como la primera vez.

Cada vez que en mi familia recordaban a mi abuela siempre venía a la conversación el trato preferencial que tenía hacia mi persona. Yo sólo asentía. Pensé en esta frialdad por mucho tiempo hasta que me resigné a que tal vez no la quería tanto.

Pasaron algunos años y una noche soñé que estaba en su casa. Aquel sueño era un déjà vu, un espectro tierno y cálido. Mi abuela estaba en su cocina preparándome algo para comer. Me gustaría decir que era una de sus ensaladas de pepino, pero mentiría porque lo único vívido en el sueño era su presencia. Tenía sus ojos pequeños tan llenos de alegría. “Ven hijo. Gracias por venir”, me decía. Yo platicaba con ella, ignorante de la realidad, siguiendo el guion extraño y a la vez familiar de lo onírico. Desperté con los ojos empapados y sintiendo unas ganas inmensas de abrazarla, de pedirle perdón por mi insensibilidad y decirle que la quise mucho y que siempre estará en mi corazón.

Entonces la memoria de su funeral se me reveló a detalle: los olores de Jocotitlán, el calor de los cirios pascuales y sus enormes cruces rojas, las gentes melancólicas, el amor tardío e ingrato de los hijos. Todo por lo que vale la pena vivir estaba ahí.

Entendí también las sonrisas de los primos lejanos, dándoles el pésame a mis tíos pero rememorando las anécdotas de sus infancias. Comprendí que la única fuerza capaz de reunirlos sería la muerte y que ellos lo sabían perfecto. Vi como el luto de alguna forma es motivo de fiesta sin llegar a ser algo irrespetuoso.

Fue así que después de muchos años logré la concreción del luto por mi amada abuela, ya sin culpa y sin remordimiento, entendiéndolo como un proceso que nunca debe ser forzado y que incluso la tristeza y la añoranza tienen lugar en nuestra vida en su momento.

Los espacios del sueño pueden ser auténticas epifanías y la naturaleza de sus sentimientos es laberíntica, complicada y a veces frustrante. Me consuelo pensando que eso y el lenguaje es lo que nos aleja de la brutalidad o al menos que es lo que nos acerca a lo divino, cualquier cosa que eso signifique.

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