PARRESHÍA

El nombre López Obrador

El nombre López Obrador

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La bifurcación del nombre López Obrador es un constructo pacientemente implantado, con caracteres religiosos, delirios mesiánicos y lucro electoral.

Hay nombres que describen y nombres que nombran. En el primer caso el nombre expone, retrata y relaciona: “la filosofía de Kant” “La República de Platón”, “Hegel, autor de la Fenomenología del espíritu”; en el segundo el nombre propio nombra a un individuo de carne y hueso con vida e historia: “Jorge Guillermo Federico Hegel”. En el primer ejemplo el nombre se relaciona con una obra o acción y lo puntualiza por el predicado, que alude a él; en el segundo refiere e identifica a un individuo real.

Esta bifurcación, por llamarle borgeanamente, inquietó a Emilio Uranga, quien escribió —otra descripción— “¿De quién es la filosofía?” en el entendido de que a la filosofía se le suele colgar un nombre y, claro, el problema empieza cuando, por ejemplo, hablamos de la filosofía existencialista. No es nuestro interés transitar esta vertiente, más sí la bifurcación del nombre como descripción y como nominación.

El asunto empieza a complicarse cuando el sujeto nombrado es ficticio, no es lo mismo: “Hegel es el autor de la Fenomenología del espíritu” a “Hamlet, príncipe de Dinamarca”. Hegel sí existió, escribió esa obra y todo es verificable; Hamlet es una creación literaria de Shakespeare —por más que en los hechos sea el más famoso de los príncipes de esa nación sin serlo—. Por supuesto que la afirmación Hamlet príncipe de Dinamarca no se puede verificar ni tendría sentido hacerlo, pero, aunque sea ficticio e inverificable, su decir mueve nuestras emociones y fantasías. Y aquí se abre la paradoja: las emociones que despiertan los nombres de sujetos ficticios son reales, tanto como las que levantan —y a veces más— los nombres de los sujetos reales. Sea real o ficticio el sujeto, la descripción surte sus efectos, Hamlet podrá ser irreal, pero suscita una respuesta y su mensaje y ¡presencia! tienen sentido. Hablo de presencia, aunque Hamlet jamás pueda estar objetivamente “presente” en tanto apariencia o fenómeno, pero sí como memoria de una imagen o idea y su representación.

Ahora bien, el problema se da cuando el nombre que describe y el que nombra son de la misma persona y ésta es real: Hegel existió realmente y sí escribió la Fenomenología del espíritu, pero también fue un varón de carne y hueso a quien le dolieron las muelas, se enojó, rio y gozó en este mundo. El primero está atado a lo que se describe y alude, el segundo a la historia. Regresemos a Hamlet para mostrar lo que quiero decir, para Bertrand Russell Hamlet no existe, solo existe el nombre (ruido) Hamlet y no es el ruido Hamlet lo que despierta las emociones, sino la entidad fantástica Hamlet. ¿Qué pasa entonces cuando el nombre que describe y el que nombra se refieren a la misma persona? Hegel existió y cursó su vida como todo ser humano, es autor de obras varias y tejió una trama en la realidad, dejó una historia; Hegel, referido a una obra en específico, vive sólo en el mundo alusivo que describe esa referencia. El nombre que nombra al sujeto remite a un conocimiento directo de la persona Hegel, el nombre que lo describe como autor de una obra, rememora un conocimiento indirecto por alusión. Cuando digo Hegel fue bautizado por sus padres en una iglesia luterana en Stuttgart, me refiero a un individuo en su circunstancia de bautizo, por sus padres, en la fe luterana, en un lugar y fecha determinados. Cuando digo “Hegel escribió la Fenomenología del espíritu” relaciono el nombre a una obra o hecho y el Hegel al que me refiero puede ser el mismo del bautismo o no, lo importante es que escribió la obra a la que aludo.

Cuando nombramos López Obrador nos enfrentamos al nombre de una persona de carne y hueso, que nació en Belén de Doña Manuelita y de Andrés López Ramón, es padre de cuatro varones con dos cónyuges, perdió a un hermano en condiciones pesarosas y vive en La Chingada, pero también hay un nombre López Obrador que se refiere a un conocimiento indirecto por acciones que lo describen, por ejemplo: creador y dueño de la Cuarta Transformación.

En el libro “Ni venganza ni perdón” de Scherer y Fernández Menéndez —otra descripción— se puede ver con toda claridad la bifurcación del nombre López Obrador: la voz de Scherer describe, por un lado, a un personaje político, sagaz y sabio, esforzado e incansable, sensible y preocupado por la gente, inteligente y amigo, cálido y confiable, al que respeta y agradece. Pero también nos habla de una persona insensible para con los muertos del COVID, la falta de medicinas, la suerte de las finanzas públicas, la caducidad de nuestra infraestructura, la insuficiencia de nuestras capacidades energéticas o la vida de los pasajeros de los trenes Maya y Transoceánico; una persona ignorante, tozuda hasta la irracionalidad, irascible, colérica, rencorosa, torpe, falsa, voluble, desobligada, mesiánica, con ceguera selectiva en materia de corrupción y familia, impulsiva, bribona, desarticulada, caprichosa. Destaco que uno es un personaje —una máscara—, la otra una persona. Al personaje Scherer lo admira, a la persona le teme y reclama velada y timoratamente. Lo que nos dice, pretendiendo no arriesgar y doliénndose expresamente, “no del ataque del enemigo, sino del ¡silencio del amigo!”, es que López requería del contrario y de la contradicción, tanto como urgía (urge) de la rabia espumándole por la boca para poder existir.

El López de la honestidad valiente, del no robar, no mentir y no traicionar, el demócrata y honesto, el visionario y santón, bien podríamos decir que es una entidad fantástica, un personaje forjado para los ámbitos de la comunicación y electorales, una descripción construida con base de lugares comunes y frases huecas: la transformación de la vida nacional, el humanismo mexicano, la 4T, el bienestar, el fraude, el voto por voto, García Luna, ¿cuánto gana Loret?, los detentes, el pañuelito blanco y primero los pobres, entre muchos más. El otro López Obrador, el del odio y rencores, de los delirios, ocurrencias, dispendios y malversaciones, el mentiroso, el ignorante, el traidor, el desalmado, es la persona.

La bifurcación del nombre López Obrador es, sin embargo, un constructo pacientemente implantado, con caracteres religiosos, delirios mesiánicos y lucro electoral.

El propio Uranga nos alerta de la falacia biográfica, entre ambos nombres, el que describe y el que nombra, existe una continuidad y ésta es la vida del ser López Obrador, no su representación; de otra suerte no podría haber consecuencias: persona y personaje no sólo comparten nombre, también existencia y, por tanto, responsabilidad. López Obrador es a un tiempo nombre y descripción, existencia, acciones, resultados e imputabilidad. El López Obrador de la descripción: creador de Morena es tan verdadera como su necedad y mentiras, ambas causan efectos en nuestras emociones, pero ambas deben ser consideradas sin distingos. La idea que viene a nuestra memoria con el nombre López Obrador es la amalgama de lo que lo describe y de quien nombra, del personaje y la persona, también es la suma de sus frutos y podredura.

Scherer no quiere vendernos dos López Obrador, más bien trasluce su confusión y angustia por lo que aquél le despierta, una especie de éxtasis entre la atracción, el rechazo y el miedo. “Ni venganza ni perdón” es una obra que carece de valía e, incluso, de valentía, pero en este terreno es un libro abierto del efecto de disociación y confusión que causa el nombre de López Obrador. Scherer no está muy lejos de Porfirio Muñoz Ledo cuando tras la toma de posesión en 2018 escribió: “Desde la más intensa cercanía confirmé ayer que Andrés Manuel ha tenido una transfiguración: se mostró con una convicción profunda, más allá del poder y la gloria: Se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado”. A los pocos meses Porfirio renegó de López, en sus propias palabras: “se le salió del corazón” y en esto también lo acompaña Scherer y una larga lista de viudas de su arrobamiento.

Nietzsche, criticando el Parsifal de Wagner, nos dice que “sin duda lo mejor que puede hacerse de tal manera al artista de su obra que no se le tome a aquél con la misma seriedad con la que se tema su obra. Al fin y al cabo él no es más que la condición previa de su obra, el seno materno, el suelo, a veces el abono y el estiércol, en los que aquélla, y de los que aquélla crece, — y, por eso mismo, algo que en la mayoría de los casos hay que olvidar si se quiere disfrutar de lo que es la obra”, porque “si él mismo fuera aquello que sabe plantear, concebir o expresar (…) de ninguna manera lo plantearía, concebiría o expresaría; si Homero hubiera sido Aquiles y Goethe, un Fausto, ni Homero hubiese creado un Aquiles, ni Goethe a Fausto”, y lo mismo que Nietzsche argumenta para el artista se puede argüir para un hombre de poder y su hacer, dejando explícito que tener poder no necesariamente es ser un Político.

El problema no es de nombre, sino de consecuencias y debemos no permitir que la descripción salve al nombre, nuestro juicio exige exhaustividad, porque con independencia de la bifurcación del nombre, ya Shakespeare dijo en voz de Romeo: “¿Qué hay en un nombre?, eso que llamamos rosa con cualquier otro nombre olería igual de dulce”.

La disociación que hace Scherer es algo muy extendido en México, la personalidad delirante de López genera respuestas que van del embeleso a la repugnancia, y la transfiguración mística e iluminación trascendente que tiró a Porfirio del caballo muestran una devoción que también Scherer reitera en su libro por un López más pastor que político. Por eso es tan difícil la deliberación pública hoy en México, porque no platicamos de lo mismo y sí de un nombre bifurcado: unos hablan del personaje, de la entidad fantástica, de una alusión; otros de un individuo; unos lo hacen desde una feligresía fanática hasta la alienación, otros desde la ciudadanía; unos desde la emoción y creencia, otros desde la razón; todos cruzados por una rijosidad abismal.

Esa rijosidad y abismo es reflejo y consecuencia de la bifurcación entre el nombre que describe y el nombre que nombra: mientras no resolvamos esa falacia biográfica jamás podremos reencontrarnos y reconciliarnos. Concluyo, los mexicanos tenemos que amalgamar ambos nombres, a menos que queramos condenarnos a convertir sus responsabilidades personales indivisibles y gravísimas en un Hamlet mexicano que desde la ficción nos diga eternamente: “ser o no ser, tal es la cuestión”.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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