PARRESHÍA

Cobardía a lo lejano

Cobardía a lo lejano

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Que jala al abismo, que desalienta el acenso, que muerde la boca y estrangula el cuello, que niega todo infinito para detener el devenir.

La lejanofobia marca la modernidad de lo que llamamos nuestros partidos. Debo decir que es, a contrario sensu, una cobarde cercanía: todo debe ser aquí y ahora.

¿Quién aspira hoy al largo aliento, quién al ancho horizonte, cuando se tiene como universo la próxima elección?

La lejanía, como la luz de las estrellas, demanda tiempo: el haz luminoso que vemos en la noche brillante puede ser la de un sol que se extinguió hace trillones de años luz y apenas llega a nuestra vista. Lo lejano exige tiempo, perspectiva, paciencia, humildad. Pero, ¿quién tiene tiempo para lo distante?, cuando todos huimos de lo lejano, nos agolpamos en la inmediatez, repelemos el paciente fluir de los siglos, o nos angustia lo contingente.

La lejanía tiene dos dimensiones: espacio y tiempo. Ambas nos son terroríficas.

El mundo de la información y la informática no admite distancia, todo demanda cercanía y disponibilidad, pero la vida humana demanda perspectiva e indisponibilidad, tiempo y, sobre todo, contingencia. Necios, creemos que la realidad siempre está disponible a nuestra voluntad y capricho, a la simple adición y acumulación de datos y que la estadística de la semana va a resolver nuestra vida y la próxima elección, como si en una lanzada de dados (y de datos) nos jugásemos el futuro infinito.

Hablamos en un principio de la cobardía a la distancia, propia de los antiCasandras, que temen un mañana ingobernable, como si éste estuviese a nuestra “disposición” y cálculo.

Por eso hoy grandes mayorías se atrincheran en lo que creen o quieren creer, temerosos de pensar lo que aún no es y pueda llegar a ser. Solo un loco quiere cuestionar al mañana sobre un mundo diferente. Por eso, invitar a un político, a su círculo cercano y socios a pensar un “México nuevo” les pareció una locura y perdida tiempo, porque para ellos “time is money”.

La información, nos dice Byung-Chul Han, no dura más que el momento que nos cuesta enterarnos de ella, el dato está condenado a la obsolescencia del devenir; devenir en el que chocan, en el umbral de Zaratustra, el pasado infinito y un infinito futuro, umbral que no es otra cosa que el instante y que urge de valentía para pararse entre esos dos tsunamis de infinitos. Nietzsche creó una imagen que pinta de cuerpo entero esta cobardía al devenir: el espíritu de la pesantez, que jala al abismo, que desalienta el acenso, que cual serpiente muerde la boca y estrangula el cuello, que niega el infinito para detener el devenir.

Y quien crea que Nietzsche estaba loco cuando expuso el pensamiento del Eterno Retorno de lo Mismo, que vea todas y cada una de las elecciones, todos y cada uno de sus partidos, todos y cada uno de sus salvadores, todos y cada uno de sus crédulos electores.


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Comentarios



Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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