Cenizas
Legítimo es lo que está acorde a las leyes, es lícito, cierto y genuino, pero en términos políticos tiene una característica adicional, una especie de plebiscito cotidiano y tácito sobre quienes detentan el poder, no tanto por las condiciones y circunstancias con que llegaron a él, cuanto por el uso que de él hacen (Ver Legitimidad). No en balde Bernanos nos advirtió que las democracias no oponen ninguna defensa frente a dictadores.
Esta legitimidad pasa indefectiblemente por un ánimo producto de un consentimiento, porque la obediencia sin consentimiento es sumisión y esclavitud. Este ánimo, decía Weill, exige “algo que amar” por lo cual los hombres consientan libremente su obediencia.
Este amor no puede derivarse del odio, por lo contrario, pero tampoco de la ambición de gloria, prestigio, riqueza, brillo o popularidad propios, sino por el amor mismo en su simpleza y desnudez (Weill). Hoy, sin embargo, las democracias se sostienen por odio, propaganda y mentiras, y por eso fallecen en su conjunto.
La legitimidad de origen, es decir, por la forma de llegar, suele responder a la prostitución de la voluntad y libertad ciudadanas, y la publicidad degradante. Por su lado, la legitimidad de desempeño se compra a base de dádivas clientelares y terrorismo de Estado, nueva versión del totalitarismo revisitado por el populismo.
La legitimidad, si podemos llamarle así, de la ivT se sostienen en odios, mentiras, distracciones y clientelismo. Es una legitimidad que apuesta por la desorganización, terror político, parálisis y abdicación ciudadanos. Por un lado operan una religión política, un Estado clientelar y la comunicación como gobierno; por otro polarizan, estigmatizan, aterran y utilizan el uso político del aparato de violencia legítima.
Todo ello deslegitima aceleradamente el poder y sus personeros urbi et orbi, el tono, patanería y ofensas a la presidente son hoy sorprendentes e inauditas, y responden a sus similares desde su esquina, pero también, y en gran parte, de una ausencia de legitimación peligrosa, por no ser solo sobre los gobernantes, sino sobre las instituciones todas y el Estado mismo.
Cuando esto termine, deberemos instrumentar un proceso legitimador de leyes e instituciones estatales que deberá de partir de la creación de un México nuevo y diferente, habida cuenta que sería suicida pretender una normalidad y continuidad democráticas donde solo hay cenizas.
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