¿Revolución de las consciencias?
La Bastilla ardía, los prisioneros liberados se confundían entre la turba parisina y las tropas reales deponían las armas ante la furia de los “súbditos”; Luis XVI en Versalles exclamaba “C’est una révolte”, y el duque Liancourt le corrigía: “Non, Sire, c’est une révolution”. Años antes, en Virginia, los founding fathers se habían reconocido “forzados a hacer algo para lo que no estaban especialmente dotados”, descubriendo, sin embargo, que lo que constituía su verdadero placer era “la acción, no el reposo” (John Adams). Y si aquella noche del 14 de julio de 1789 el Rey de Francia hubiese preguntado al panadero o a cualquier mujer parisina qué hacían y qué sentían le hubiesen contestado: algo para lo que nunca nos pensamos capaces y sentimos es libertad.
Arendt en su libro Sobre la Revolución empieza por adelantar que “la cuestión social comenzó a desempeñar un papel revolucionario solamente cuando, en la Edad Moderna y no antes, los hombres empezaron a dudar que la pobreza fuera inherente a la condición humana, cuando empezaron a dudar que fuese inevitable y eterna la distinción entre unos pocos, que, como resultado de las circunstancias, la fuerza o el fraude, habían logrado liberarse de las cadenas de la pobreza, y la multitud, laboriosa y pobre”; pero de inmediato acotó, citando a Adams Smith, la rebelión de la parte esclavizada de la humanidad “podía a apuntar mucho más lejos que a la liberación de ellos mismos y a la servidumbre del resto de la humanidad”.
¿A qué se referían Smith y Arendt con mucho más lejos que a la liberación? Precisamente a la libertad que en los tiempos modernos coincide con “la experiencia de un nuevo origen”. Queda entonces claro que para ella liberación y libertad no son lo mismo. Toda liberación es de algo o de alguien, y toda libertad es para, así, nos dice, si bien la liberación es condición previa de libertad, puede, sin embargo, que la intención de liberar no coincida con el deseo de libertad y Erich Fromm agregaría y, quizás, con el miedo a la libertad, como el gorrión al que le abren la jaula y jamás sale de ella.
Al inicio los founding fathers norteamericanos solo tenían por claro que querían liberarse de la Corona Inglesa, fue en el camino que se les presentaron los retos y posibilidades, más allá de la liberación, de otorgar nombre, contenido y sentido a las nuevas libertades que inauguraban con su nueva forma de gobierno. Originalmente buscaban restaurar derechos perdidos que, pronto, a los ojos de la liberación que iban logrando terminaron considerando terriblemente insuficientes. Y al respecto hay en Arendt un juicio que jamás debiéramos de olvidar: Las libertades obtenidas como consecuencia de una liberación no significan que “agoten la historia de la libertad”, y agregaríamos, tampoco que aseguren las conquistadas para siempre: la lucha por las libertades nunca termina y su descubrimiento tampoco.
Así, lo importante en las revoluciones, mucho más allá de la liberación de las opresiones que se logren vencer, radica en la experiencia de vivenciar libertad y descubrir libertades.
Eso era lo que Liancourt quería expresar al rey cuando dijo que aquello no era una revuelta, sino una revolución: algo radicalmente nuevo que al mismo tiempo estaba enseñando a los hombres su propia capacidad de novedad, su libertad. Sin ese pathos, diría Nietzsche, sin la embriaguez de ese ir más allá de sí creador no es posible hablar de revolución alguna. La revolución es liberación de, hambre de libertad para, novedad y sensación de creación y originalidad, y placer por la acción.
Hay quien sostiene que toda revolución se soporta en la violencia y otros la sustentan en el cambio, pero ni una ni otro describen en sí mismos el fenómeno revolucionario; la violencia destruye, pero requiere de diferentes dotes para crear algo nuevo nunca antes visto: la barbarie siempre es igual. El cambio, por su parte, puede ser incluso para peor y si ambos aspiran a revolucionarios deben ir acompañados del sentido de un nuevo comienzo, de la producción de una forma diferente de vida, del diseño y construcción de una diversa organización normada de la convivencia humana y de la embriaguez de la acción como libertad creadora.
Por todo lo anterior, las verdaderas revoluciones son irresistibles, escapan del poder humano para detenerlas por su carácter inesperado, inexplicable, inconmensurable y fundacional del acontecimiento.
Hoy en México la narrativa desde el poder se pinta una “la revolución de las conciencias”, pero más allá de lo panfletario del concepto no han desarrollado ni explicitado nada que nos permita, de tenerlo, su significado.
De entrada, la revolución de las conciencias no contiene referencia teórica ni fáctica con lo social, algo así como “no importa cuán jodido estés mientras seas parte de nuestra revolución”, una especie de cielo revolucionario trascendente. En los hechos, el obradorato no ha podido liberar a nadie de la opresión, ignorancia ni necesidad cualesquiera, antes bien, ha sometido a todos, con mayor rudeza a los más frágiles, a su tiranía electorera.
Morena no libera, captura.
Incluso cuando habla de pobreza en todas sus posibles mediciones, por más que publiciten lo contrario, su corta y esperemos efímera historia, no logra acreditar fehacientemente que alguien haya sido liberado verdaderamente de su condición de opresión (¡salvo el Clan!), antes lo contrari: por su pobreza han sido capturados como instrumentos del poder, y en ella los mantienen, en el doble sentido del vocablo, de manutención y de encierro, a fuer de lo que llaman apoyos -monetarios electoreros-, que no son más que grilletes clientelares al cuello de libertad y dignidad de la mexicanada.
De igual manera, tampoco ha logrado generar ningún aliento de libertad verdadera ni viable, ta,mpoco la embriaguez propia la acción, solo esparce humillación en el recibir y miedo de perderlo. Más que inaugurar nuevas libertades, nos son extirpadas las otrora gozadas para ser asumidas por el Estado en, se dice, defensa del poder y la soberanía acechados desde dentro y desde fuera, pero, a nosotros, ¿quién real y eficazmente conserva y defiende nuestros derechos y libertades? Y, ¿quiénes, si no nosotros, tendremos que rescatar del poder nuestras libertades sustraídas y descubrir las nuevas necesarias para el futuro.
Por otro lado, su revolución de las conciencias no pretende ser más que la caricatura de un manual de lucha copiado por un analfabeta para destruir toda institución generadora de cultura: las educativas, en todos sus niveles y áreas, en la corrupción política y económica de la docencia y en la consigna de imponer "qué pensar" y no enseñar "a pensar"; los medios tradicionales de comunicación, incluso la industria editorial mexicana; el arte y la cultura; la religión, acechada por un Estado de la mano del crimen organizado y, finalmente, la familia, clientizada electoreramente, dislocada sin apoyos sociales ni lazos comunales, y alienada por el populismo tiránico del masiosare.
En los hechos no hay reforma de las consciencias, hay pérdida de la consciencia individual, colectiva y ciudadana.
Sin embargo, no falla el poder en el objetivo de su estrategia, pero sí, gracias a Dios, en su implementación, porque creen que con su robo electorero (la sobrerrepresentación) les bastan y sobran capacidades para lograrlo. El día a día muestra que no.
Lo importante aquí, sin embargo, no son los títulos panfletarios de sus caracterizaciones, publicidades ni programas, sino lo resistible de sus cambios.
Lo suyo no libera de nada ni genera hambre de libertad, al contrario, es una yunta al cuello, una mentira hecha Medusa, una pérdida cotidiana de espacios político-ciudadanos, una involución en todos los órdenes de la vida nacional; sus cambios carecen de sentido y resultados, sus obras y dispendios son oprobiosos, su corrupción inocultable, su miedo ocupa ya todo el espacio nacional y en el caso de su violencia fueron tan brillantes que la depositaron, entre abrazos, en las manos del crimen organizado, ¡todos unos genios de la soberanía!
Más regresemos a nuestro tema: no estamos ante revolución alguna, menos aún irresistible, la violencia y el cambio de Morena y sus aliados por sí solos no hacen revolución; su ruido y publicidad menos, sus resultados ni en sueño guajiro. Como lo he dicho, estamos ante la más prístina de las pudriciones generalizadas posibles en la historia universal.
Daniel Bensaïd en su libro Walter Benjamin. Centinela mesiánico, sostiene que “la revolución no puede ser otra cosa que una manera de ponernos en marcha”, al igual que Adams hablaba de la acción, pero, continúa el primero diciendo: “si no alcanzamos su objetivo, es porque su propia estela la contraría y la contradice constantemente, el surco mismo que va dejando la traiciona, su propia huella la niega” (que nadie piense, ¡ni Dios lo quiera! en el segundo piso), y pasa entonces a citar a Charles Péguy, quien no en balde desconfió de “las revoluciones logradas”, que simulan consolidarse “como se consolida un préstamo”,, y detectó en sus próceres imposturas que huelen a usurpación, propia de “los revolucionarios” de la víspera o de esta mañana, urgidos de hacer “su pequeña restauración”, por convertirse en “los reyes de la República, los conservadores de la revolución, los bibliotecarios y los archivistas de esta revolución, una vez hecha y perfecta, que nadie hará recomenzar, que nadie se atrevería a recomenzar nunca más”. Por eso no hay un nuevo gobierno propio de la República, sino algo que llaman segundo piso y que ni a piso llega.
Leo estos visionarios renglones y asalta a mi mente la imagen de la fauna toda y rabiosa del obradorato: tribal, antropófaga, paranoica, resentida, limitada, dogmática y aferrada al poder cual el último salvavidas en las heladas aguas en el inmarcesible silencio de la impenetrable noche de un Titanic Macuspano que jamás logró pasar de un pasón y borracherra de trajinera dominguera (rra, ra, ra) y, como pudo, logró llegó a La Chingada, aunque pinta para ir más allá del mismísimo infierno.
No hay revolución ni consciencia, lo que no quiere decir que logren salir de su pasmo.
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