PARRESHÍA

Profanación

Profanación

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Lo perdido no exige ser recordado ni atendido, sino permanecer en nosotros en tanto que no olvidado, en tanto que perdido y, únicamente por eso, inolvidable.

El lugar del canto está vacío”, escribió Agamben: los personajes continúan su deriva en happy ever after, en tanto el narrador olvida a quiénes se le debe todo. Benjamin les llamó figuras espectrales, similares a los BandharvaI de la India: “sin puesto fijo, contornos nítidos e inconfundibles; no hay ninguna que no esté en acto de ascender o de caer; ninguna que no haya completado su edad y que no sea, sin embargo, inmadura todavía; ninguna que no esté profundamente exhausta y no obstante esté aún al principio de su largo viaje”, hasta pareciera que habla de tu música, José Antonio.

Habla de un tiempo profano en el sentido de una “forma tuerta y torcida, (de) que los elementos del estado final se esconden precisamente en aquello que hoy parece infame y burlesco; (de) que la vergüenza, en suma, tenga una secreta relación con la gloria (en) un profundo tema mesiánico. Todo lo que ahora nos parece encanallado e inepto es la prenda que debemos rescatar en el último día, y el compañero que se ha perdido por el camino es el que nos guiará hacia la salvación (…) La luz que aflora en nuestros defectos y nuestras pequeñas abyecciones no es otra cosa que nuestra redención”.

La profanación de la que habla Agamben es esa que asumimos como “dispersión ontológica”, no un “caos informe de lo olvidado (…) inerte e ineficaz; por el contrario, (que) actúa en nosotros con una fuerza no menor que la de los recuerdos conscientes, aunque de manera distinta. Existe allí una fuerza, casi un apostrofe de lo olvidado, que no puede medirse en términos de consciencia ni acumularse como un patrimonio, pero cuya insistencia determina el rango de todo saber y toda consciencia. Lo perdido no exige ser recordado ni atendido, sino permanecer en nosotros en tanto que no olvidado, en tanto que perdido y, únicamente por eso, inolvidable”.

Tu lugar y canto están vacíos.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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