Profanación
“El lugar del canto está vacío”, escribió Agamben: los personajes continúan su deriva en happy ever after, en tanto el narrador olvida a quiénes se le debe todo. Benjamin les llamó figuras espectrales, similares a los BandharvaI de la India: “sin puesto fijo, contornos nítidos e inconfundibles; no hay ninguna que no esté en acto de ascender o de caer; ninguna que no haya completado su edad y que no sea, sin embargo, inmadura todavía; ninguna que no esté profundamente exhausta y no obstante esté aún al principio de su largo viaje”, hasta pareciera que habla de tu música, José Antonio.
Habla de un tiempo profano en el sentido de una “forma tuerta y torcida, (de) que los elementos del estado final se esconden precisamente en aquello que hoy parece infame y burlesco; (de) que la vergüenza, en suma, tenga una secreta relación con la gloria (en) un profundo tema mesiánico. Todo lo que ahora nos parece encanallado e inepto es la prenda que debemos rescatar en el último día, y el compañero que se ha perdido por el camino es el que nos guiará hacia la salvación (…) La luz que aflora en nuestros defectos y nuestras pequeñas abyecciones no es otra cosa que nuestra redención”.
La profanación de la que habla Agamben es esa que asumimos como “dispersión ontológica”, no un “caos informe de lo olvidado (…) inerte e ineficaz; por el contrario, (que) actúa en nosotros con una fuerza no menor que la de los recuerdos conscientes, aunque de manera distinta. Existe allí una fuerza, casi un apostrofe de lo olvidado, que no puede medirse en términos de consciencia ni acumularse como un patrimonio, pero cuya insistencia determina el rango de todo saber y toda consciencia. Lo perdido no exige ser recordado ni atendido, sino permanecer en nosotros en tanto que no olvidado, en tanto que perdido y, únicamente por eso, inolvidable”.
Tu lugar y canto están vacíos.
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