La idolatría de las izquierdas mexicanas
Hace unas semanas Israel Vallarta acudió al noticiero de Ciro Gómez Leyva sin dejar afuera del estudio su talante de secuestrador: no admitió preguntas, impuso la conversación, amenazó y salió aventando unos billetes sobre la mesa. Su compañera no quiso quedarse atrás y trató de repetir el numerito.
Recupero hoy de ello la parte que más me llamó la atención. La mujer empezó diciendo que ellos eran “luchadores sociales” y que tenían “causa”. Desconozco algún haber de Vallarta y menos de su compañera en reclamos de naturaleza social o participación efectiva en alguna organización relacionada.
Sin embargo, lo importante fue el uso de la lucha social como etiqueta de presentación y escudo. El mensaje era: los luchadores sociales, lo sean o se proclamen como tales, somos inimputables, estamos más allá de esa categoría que debate la existencia humana entre el bien y el mal, porque por esencia nos hace incapaces del mal y, de hacerlo, nuestro propósito, causa y lucha nos eximen de responsabilidad alguna y nos protegen de toda valoración y juicio en nuestra contra.
En la defensa de su compañero no intentó desvirtuar las imputaciones en su contra, ni siquiera simplemente negarlas, sino que la enderezó acusando una perversa persecución en contra, no de su persona ni de sus actos, sino de su lucha social, sea ésta la que fuese o sin siquiera haberla, lo importante es su existencia en tanto escudo y excusa.
El análisis de esta postura es algo que los mexicanos nos debemos, hay en el mito de las izquierdas mexicanas mucho de ese San Benito de la lucha social como patente contra la ley. Antes del 68 ser de izquierda era trabajar desde la clandestinidad contra un modelo de desarrollo y un régimen explotadores y burgueses para instaurar por la lucha armada la dictadura del proletariado; después del 68 las izquierdas se vistieron de víctimas universales, capitalizando en monopolio todo descalabrado, encarcelado, herido, asesinado u ofendido en el movimiento estudiantil, de uno y otro bando, y su lucha dejó de ser por el paraíso del proletariado en tanto eliminación de la lucha de clases, para convertirse en la captura del poder por la vía de la extorsión y el chantaje políticos, por el Pay Per View, es decir, el pago por evento de la lucha social, fuese marcha, plantón, toma de instalaciones, huelga, cierre de avenidas, destrucción de mobiliario urbano, elección y hasta crítica del gobierno. A sus muertos en manos del Estado sumaron los propios de sus constantes limpias y luego de cuanto homicidio no resuelto encontrasen para inflar las cifras de su martirologio, faltando con ello a sus verdaderas víctimas y a las ajenas.
Se entiende que el hegemonismo del PRI haya monopolizado todos los análisis y críticas, y en menor grado para el PAN en tanto de derecha y primera oposición llegada al poder; pero no existe una objetiva y seria analítica despolitizada de las izquierdas mexicanas hecha fuera del paraguas de su “lucha social”. Aún hoy, con ocho años en el poder y miles de descalabros, corruptelas e ineptitudes fehacientes, se le sigue mentando sagrada, bienintencionada, sufrida, perseguida y victimizada; siempre sujeta a un “compló” universal, indefensa, vilipendiada, inocente.
Nuestra descomposición no parte de las izquierdas, es plural como todo lo político y nos viene de décadas atrás, pero en su análisis apriorísticamente se les coloca siempre en condición pasiva, sufriente y sacrificada. Condición que aún hoy en el poder siguen explotando.
Y hay una razón tan elemental como falsa de tan obvia: nadie en su sano juicio puede estar en contra de las causas sociales y de los sufridos luchadores sociales en contra del poder omnímodo y las injusticias de un modelo de desarrollo que ha exacerbado la desigualdad, deviniendo entonces en algo políticamente incorrecto hacerlo: si estás en contra de quien lucha por el bien de todos, es que deseas el mal y seguramente para conservar tus privilegios. ¿Les suena?
Pero si se analiza con prudencia el aserto, no hay nada que garantice que el luchador social, por más noble que sea su causa, pueda estar exceptuado siempre y en todos los casos del mal.
Hay una tradición que dice que el diablo tentó a los hombres diciendo: Ustedes no son libres porque solo pueden hacer el bien, seguidme y seréis libres porque conmigo podrán hacer el bien y el mal. El hecho es que el bien y el mal son opciones reales en cada decisión y acción de nuestra vida, sin importar lo sublime de nuestros propósitos y la rectitud de nuestras causas. Pensar lo contrario sería místicismo, es decir, la esfera mística más allá de donde el bien y el mal se enfrentan en el existir humano, el bien absoluto es distinto y ajeno al bien humano que compite siempre y en todo lugar con el mal.
Las izquierdas mexicanas han explotado hasta lo emético su victimismo sesentaochero, nadie les podrá quitar el daño verdaderamente sufrido, pero cuando se haga la analítica de su haber, mucho de su relumbrón, sacrificio y relumbrón podrían quedar en farsa e idolatría.
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