POLÍTICA

Abolladuras ajenas

Abolladuras ajenas

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Hay cosas que no se aprenden en las entretelas de Palacio, ni se adquieren -como los escaños- por cuotas y por cuates

Entre quórum y votación media una distancia tan amplia como sutil; similar a la que separa a Cicerón del Mercader de Venecia, y tan rotunda como la que distingue a una impostura de la realidad.

Tarde vinieron Emilio Gamboa y asesores que brillan por su ausencia, a aprenderlo.

No es un problema de cuántos senadores votan, sino de cuántos están presentes; porque el quórum se constituye por presencia, no por voto depositado.

El propio Cordero, estando presente y, por ende, haciendo quórum, no había votado, hasta que se lo exigieron.

Cualquier aprendiz de legislador habría solicitado el pase de lista para verificar el quórum. En vez de ello, se perdieron –y permanecen perdidos al día de hoy- en una absurda discusión sobre los votos expresados y no sobre los Senadores presentes, hubiesen votado o no.

Pero es que hay cosas que no se aprenden en las entretelas de Palacio, ni se adquieren -como los escaños- por cuotas y por cuates.

Peña Nieto lleva varios descalabros en la misma piedra y nada augura que haya de evitar los por venir.

El problema, sin embargo, viene de la integración de las candidaturas al Congreso de la Unión y abarca al sistema de partidos en su conjunto.

No es solo un problema de liderazgos bisoños, inexistencia de operadores parlamentarios y ausencia de oficio legislativo.

Tampoco lo es, en su totalidad, producto de la mezquindad, entropía y estupidez que ha aquilatado Cordero a la velocidad del rayo.

Menos aún, de lo inútil y absurdo del contenido del desencuentro y del desdoro que acarrea a todos por igual.

En el fondo, lo que expresa es el desprecio que priva contra el quehacer legislativo, no solo por la población en general, sino, y acentuadamente, por nuestros partidos políticos.

No hace mucho, uno de los responsables de la integración de las listas de candidatos de un partido de cuyo nombre no quiero acordarme, me decía con la contundencia de Santo Tomas, que en las Cámaras al Congreso de la Unión no se requerían expertos en ciertas áreas del derecho, la economía o la gobernanza, ya que todo ello se podía maquilar por fuera en despachos especializados.

Mucho me gustaría preguntar de nueva cuenta al personaje sobre la oportunidad y margen de maniobra de los despachos externos, ahora que la estulticia de Cordero se impuso a la torpeza, soberbia y azoro de Gamboa Patrón y su fracción parlamentaria.

Decía Napoleón que en el frente de batalla vale más un capitán que tres mariscales. Jamás aseveración alguna fue más oportuna, como en la sesión del jueves pasado en la Cámara de Senadores: Mariscales de cinco estrellas escenificando en su derrota e impotencia una toma de tribuna tan estéril como lastimosa.

En el viejo régimen, mal se hubiese visto que el líder de la fracción del partido en el gobierno llevase al Secretario de Gobernación al Senado para apoyar una maltrecha negociación y un cuestionado liderazgo. Y poco valieron la ausencia de formas políticas y el apoyo del recién nombrado funcionario público. La reforma, sin duda, fue boicoteada, pero el boicot delata ausencia de operación política del responsable en el Senado; el liderazgo parlamentario, a pesar del báculo en que se pretendió convertir al Secretario de Gobernación, quedó más restañado que el viejo PRI y el propio Ministro del Interior acusa abolladuras ajenas que no tiene necesidad de compartir.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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