POLÍTICA

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Códigos que han sentado sus reales en toda la sociedad y hallan su paradigma en un estilo que podemos llamar "muñozledista” y que cobran por evento

Ningún Presidente del México moderno asumió el poder en condiciones tan precarias y riesgosas como lo hará en unos meses Enrique Peña Nieto.

Recibirá un México convulso, ensangrentado y desconfiado. Con enemigos en casa, aliados no confiables y compañeros de viaje loderos. Ello, sin contar a sus adversarios jurados y a los eternos enemigos de México, nacionales y extranjeros.

Muchos son sus retos y de índole variopinta. Algunos son obvios y ostensibles; otros, por estar tan a la vista y ser moneda de curso común, suelen pasar desapercibidos, aunque sin perder su atrocidad.

Algunos de ellos son los códigos de nuestro hacer político. Códigos enraizados en lo más profundo del ser nacional y enquistados en él cual cáncer en médula ósea. Códigos cien por ciento priistas, pero no exclusivamente priistas. Códigos que han sentado sus reales en toda la sociedad y hallan su paradigma en un estilo que podemos llamar "muñozledista" y que cobran por evento. No importa el tema de que se trate, el código obliga a cobrar un fee o comisión por solución y, a veces, por simple planteamiento. La lógica del código responde a que si a alguien le interesa resolver un asunto, ese alguien estará dispuesto a pagar por ello y los involucrados deben formarse para cobrar su parte. Ahora, si Usted no está involucrado, hay que hacer lo imposible para estarlo, a riesgo de no cobrar.

Bajo ese esquema, si Usted desea, digamos, despejar la plancha del zócalo para celebrar la ceremonia del grito y el desfile militar, estará dispuesto a pagar. Si desea sacar adelante una negociación de contrato colectivo, estará presto a ceder a los chantajes del lidercillo negociador; si desea la aprobación de una reforma o de un nombramiento, estará obligado a condescender a las exacciones de las fracciones parlamentarias.

Si quiere sacar un acuerdo en una asamblea ejidal hay que aceitarle las manos al Comisariado Ejidal.

Bajo esa lógica florecen los políticos indispensables, aquellos que incuban los problemas para luego cobrar la solución; en ella, también, se guarecen liderazgos impresentables y nuestro vergonzante sistema de partidos.

Si un candidato en campaña, por ejemplo Peña Nieto, desea impulsar al Congreso a determinados personajes, los códigos políticos instruyen impugnarlos para negociar el correspondiente desistimiento a cambio de que se incluyan otros individuos que sin tal chantaje jamás llegarían, ya por ser epónimos rufianes urgidos de fuero o amantes exigentes de dietas parlamentarias.

Si desea Usted impulsar una reforma fiscal, prepárese para incendios, plantones, marchas y huelgas de cualquier índole y excusa.

Si desea rendir informe o protestar el cargo, considere tomas de tribuna, carreteras y aeropuertos.

Si desea combatir monopolios, no se siente a esperar las más desalmadas tundas mediáticas.

Si no cede Usted a los caprichos del conductor televisivo de moda, aténgase a su ira semidivina.

Si pretende cambiar los focos fundidos de una oficina pública, implore por el permiso (y cobro generoso) del representante sindical.

Estos códigos, como he dicho, son de origen priista, pero han sido adoptados y perfeccionados por todos los actores políticos.

A estos códigos responden las cuotas, llevadas en la más atroz desvergüenza a la propia Constitución, cual conquista sindical. Hoy todo es objeto de cuotas: curules, escaños y comisiones parlamentarios; secretarías de Estado; gobernaturas; organismos descentralizados o autónomos, ministerios de la Suprema Corte de Justicia, Magistraturas, contratos de obra pública, concesiones y hasta secretarias particulares.

Empieza Usted a pensar en quién nombrar y cual Mefistófeles se apersona el enviado de cuanta facción -pública o privada- existe a exigir su cuota de rigor.

A ambas cosas se debe estar enfrentando Enrique Peña de tiempo atrás. Su margen de maniobra es escaso y la ventana de oportunidad para romper con estos códigos es angosta pero existente.

Peña tiene frente a sí la opción de romper con estos códigos políticos e implantar relaciones políticas sanas y maduras. Su disyuntiva es ser siervo de la Nación, o serlo de los intereses que la mantienen de rodillas.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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