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El enclaustrado

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De polvo y tiempo y sueño y agonía

Te soñé anoche. Caminabas magnífica sin ver a nadie y con todas las miradas encima. De pronto te perdí en mi inquietud nocturna. Algo pasó que no recuerdo. Desperté sobresaltado con las manos manchadas de sangre y la nariz inundada de moco y sanguaza. El pecho ardiendo.
Lo sabes, es recurrente. La doctora me ha dicho que no hay que temer, que procure respirar hondo y despacio. Que me lave las manos. Que me deshaga de ti. Pareces una imagen en cámara lenta. Recurrente. Inmóvil, sin acusarme de nada, sé que algo desagradable tramas. Lo sé. En cambio, apenas recuerdo ya cuando contamos juntos decenas de estrellas, mientras apuntabas al cielo imaginando a Tauro, a las Pléyades, tus favoritas de color naranja por ser estrellas calientes. Te platiqué que el Popol Vuh cuenta que Zipacná, el Soberbio, mató a más de 500 guerreros que el dios bueno conmovido los colocó en el cielo y que en el Majabhárata las nebulosas son ninfas en realidad. Mis palabras iluminaron tu sonrisa. Mientras pasa la vida, ya sólo recuerdo lo más importante. Ya no importa que hubo un tiempo que me especialicé en el Tao del amor y del sexo. Jamás toqué pechos tan bellos, ¡perfectos! Regalo de Afrodita. Siempre fuiste mi novia favorita. Mientras yo podría estar en el último lugar de tus afectos. Por eso te vendí. No te importó, en realidad, lo que te dije y te escribí. Apenas un momentáneo guiño y un lejano beso. El desprecio y la humillación fue tu sino. Tu firma de regreso. Nada fue suficiente. Apareciste soberbia, insatisfecha, inalcanzable. Sabiendo que por mi culpa te olvidaste de ti misma. Antes fuiste un rayo de sol, una gota de agua limpia para mis labios. Ahora vas de la mano de la muerte, sembrando miedo y tristeza. ¿Por qué me abandonas? El último día del año hiciste lo mismo. Bailamos hasta agotarnos y besamos un buen mezcal. Todo era alegría y de pronto te aburriste y decidiste dejarme, sin mayor explicación. Apenas tu fulgor soñé junto a mi almohada. Extendí mi brazo y ahí estabas siempre alerta, siempre dispuesta. No para mi. Para ese príncipe que sabes que no existe. Y con esa mirada caprichosa y agitada. ¿Acaso en realidad es sólo un adorno de utilería? No como el viejo caballo entristecido de Tahona que tenemos, que apenas descansa recorre siempre el mismo camino. No olvides tampoco cuando conocimos el mar. Te levantaste las naguas hasta más allá de las rodillas y la espuma te envolvió. Por poco y te ahogas en 20 centímetros de agua salada. Cuando te rescaté me besaste y sabias a miel, a sal de gusano y naranja. En la tardecita mientras el sol se iba al otro lado del mundo te acurrucaste en mis brazos. Yo pensé que era para siempre, pero eso no existe. Me sentí muy triste, pero te tuve que vender, cierto, a un extranjero muy rico de la empresa maquiladora.

En mi país, se vende a las mujeres, se arreglan por mercancía los matrimonios. También siendo niñas, cuando no quedan de madres de inmediato. Entonces cae su valor en el mercado. Aunque de todos modos es buen negocio para sanar las heridas de miseria de los padres y de los otros hermanos y hermanas, mientras les llega su turno.

Habla más fuerte, quéjate lo que quieras. Esta es la vida que conocí. "¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?" Tu la completas … "¿De polvo y tiempo y sueño y agonía?" Yo no hago otra cosa que recordarte. Digo tu nombre. Te odio.



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Arturo Martinez Caceres

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