LETRAS

Complicidad

Complicidad

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El silencio de la sonrisa.

Cuando sus piernas aún lo sostenían caminaba hasta palacio. Ello era en verano y aprovechaba para pasear por las callejuelas de la ciudad y convivir con sus pobladores. En invierno se veía forzado a transitar por el pasaje subterráneo que el monarca hizo construir para visitarlo en secreto o mandarlo llamar a deshoras. Lo lúgubre de sus cavernas nunca le gustó, acentuaba sus reumas y depresiones.

Pero aquello fue hace mucho. Tiempo ha que no sale de casa y el mismo Rey se vio obligado a visitarlo en su Château, si menester se hacia consultarle algo al viejo sabio.

Prisionero de su vejez, reducido a los jardines y generalmente a la cocina y habitaciones de su casa… salvo cada mañana de jueves que Franscesco del Giocondo toca a su puerta para que pinte el retrato de su bella esposa.

Los meses transcurren y la pintura apenas y avanza. El sol de verano y jardines se hermanaron para pintar a cielo abierto, pero llegado el otoño todo se confinó al estudio en la parte trasera de la casa. El tiempo corre y el Conde de Giocondo desfallece al ver mermar su fortuna manteniendo un ritmo de vida a la altura de la corte de Francisco I en Amboise y cubriendo, jueves tras jueves, viandas, vinos, músicos, bufones e invitados que dadivosamente concita para distraer de la tristeza a su mujer mientras posa, buscando con ello evitar que su desconsuelo se plasme en el lienzo.

El pintor alarga cada pincelada aspirando inútilmente congelar el tiempo y gozar por siempre la belleza de su modelo. Pero el reloj maldito lo orilla al final. Finales, se dice cada vez que ella se retira dejándolo en un marasmo de silencios: final de su propia vida en eclipse y final de la pintura que, piensa, habrán de concitarse, porque una sin la otra no se explican.

La tristeza de la mujer es cómplice silenciosa del artista que, también en mudez, comprende su desolación. Su marido y riqueza hacen lo posible para que sonría, pero ella hace de su sonrisa delación de desamor: signo que al esconder proclama en una ambigüedad congelada a media expresión.

Pero el tiempo apremia, Francesco y su pequeña corte tienen que partir a Florencia antes del invierno. El artista desespera, no se ve sin ella. De qué vivir y respirar sin los jueves y su presencia. Esa noche los gritos despiertan a la casa en penumbras: "Zoroastro, vino caliente y lámparas, allez, allez." El ajetreo llega pronto hasta la alcoba real en palacio. En camisón y gorro el monarca pasea su tribulación hasta que su informante le asegura que <>.

Y pintó seis días seguidos, durmiendo escasos y pequeños ratos y casi sin probar bocado. Un frenesí de quinceañero y un genio de los mil demonios se apoderaron del viejo pintor. El Rey, conocedor de esos lapsos de frenesí creativo, se mantuvo al margen del ajetreó pictórico.

El siguiente jueves la pintura fue entregada y cobrada. El pintor, con fiebre, pidió al matrimonio despedirse en su alcoba. Francesco, todo albricias, besó al maestro, se hincó a sus pies, se deshizo en elogios y salió presuroso a presumir la pintura. Su esposa se acercó en recogido silencio al viejo pintor, éste tomó su mano y con un gesto ordenó a Zoroastro descorrer el paño que cubre un cuadro sobre la chimenea. Una copia exacta de su retrato apareció frente a Mona Lisa que, sin mediar palabra, sonrió a Leonardo en traviesa y conspirativa mirada.

Tras su partida, con fiebre acentuada y desbocada ansiedad, Da Vinci, en su Mona Lisa, corrige mirada y sonrisa hasta plasmar en ellas la complicidad de una despedida congelada en arte para nunca concluir. Meses después, suspirando a ellas, muere.



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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