PARRESHÍA

Pescado y pescador

Pescado y pescador

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Biología y política.

¿Qué es la sociedad? Si algo explota en nuestra cercanía todos volteamos al unísono, pero eso no hace sociedad. Para que exista sociedad debe mediar una dinámica de colaboración y cierta distribución de poder. Heller lo explicaría diciendo que a toda sociedad la encontramos organizada y normada.

Las relaciones de colaboración empiezan por la preservación de la especie, la alimentación, la cria y la defensa.

Las relaciones de poder se desdoblan en de poder, dominio y jerarquía. Las de poder responden a la capacidad de un individuo de imponer su conducta a la de otro u otros. Puede ser un poder circunstancial, como cuando dos personas tienen que pasar por el dintel de una puerta, donde puede imperar la fuerza, la caballerosidad, el temor o el respeto, pero alguien termina, de una forma u otra, por imponer su voluntad, sea de forma activa o pasiva; o bien puede ser un poder estable, donde se presenta un fenómeno de dominio bajo la presencia de circunstancias constantes como pueden ser de edad, sexo, experiencia o asociación.

Las relaciones de dominio son soluciones duraderas de convivencia, como la distribución del trabajo. Entre los chimpancés el macho adulto tiene prioridad sobre el acceso a la comida y la hembra sobre el cuidado de los críos. De estas relaciones de dominio derivan las de jerarquía que acusan estratificaciones dentro de un grupo en subgrupos acorde a edad, experiencia, sexo o asociación, y entre los subgrupos se dan relaciones de jerarquía. Jane Van Lawick Goodall explica: “Una comunidad de chimpancés es una organización social muy compleja (…): Los miembros que la forman se mueven en ella cambiando constantemente de asociaciones y, sin embargo, aunque la sociedad parece estar organizada de una manera muy casual, cada individuo conoce su lugar en la estructura social, sabe su status en relación con cualquier otro chimpancé que pueda encontrar en el día.”

La jerarquía es ya un orden y distribución de poder estable (dominio) y status dentro del grupo. Todo ello dota al individuo de certeza, seguridad e identidad.

A este nivel cuenta mucho la biología. El sistema nervioso y glandular, por ejemplo, determina ciertas funciones y conductas sin la intervención de factores externos, como el embarazo, amamantamiento y cuidado de los recién nacidos por parte de las hembras; en otros casos las conductas son adquiridas y desarrolladas por estímulos diversos.

Hasta aquí los humanos compartimos con otros animales conductas, organización y distribución de poder.

Es en este nivel que encuadra aquello de: “… si tiene uno una mascota, un gatito, un perrito, ¡tan fieles! ¿No le da uno de comer?” (López Obrador 25 viii 2020). Donde destaca, habrá que señalarlo, que se equipara al hombre con una mascota y se ponderan una relación de dominio y un status de dependencia.

Pero a diferencia de las organizaciones animales, las humanas se distinguen porque comparten valores que los unen -y los escinden- más allá de las relaciones, llamémosles biológicas. Abandonamos así la biología y los instintos para adentrarnos de lleno en la antropología y la sociología. Y, por qué no, la política.

Sostiene Miguel Villoro Toranzo: “Los actos de dominio se transforman en mandatos (deber ser). El orden jerárquico, para poder funcionar, no sólo debe ser acatado instintivamente sino por convicción. La distribución del trabajo deja de ser un proceso mecánico, programado por fuerzas vitales ante el medio ambiente, y se convierte en gran parte en la distribución libre de papeles sociales. Y todos estos fenómenos sociales ya no funcionan en un plano meramente biológico, sino que quedan estructurados por los valores de la comunidad.”

La sociedad humana es, por sobre su base animal, una sociedad de valores compartidos. La participación humana en todas sus facetas, parte de la adhesión a esos valores y la jerarquía adquiere la carga adicional de transmitir esos valores; de hacer cultura.

La cultura es una segunda naturaleza, más allá del mundo de las necesidades elementales y los instintos gregarios; implica vivir en un mundo en tanto obra humana y no simple cuerpo sideral: “un conjunto trabado de formas de pensar, de sentir y de obrar más o menos formalizadas, que, aprendidas y compartidas por una pluralidad de personas, sirven, de un modo objetivo y simbólico a la vez para constituir a esas personas en una colectividad particular y distinta.” (Burnet Tylor).

La cultura no se transmite por gen, es producto de un aprendizaje colectivo.

La cultura es hija de la reflexión. A diferencia de otros animales, el hombre no sólo sabe, como sería el caso de un chimpancé que sabe qué macho detenta el poder, sino que, además, sabe que sabe. No solo conoce los problemas, sino que tiene la capacidad de buscarle soluciones y proyectarlas en el futuro en previsión y orientación (cambio) de la realidad. Por sobre al universo físico, construye un mundo simbólico. Por sobre el ser, el deber ser. Porque la cultura es, además, espacio de libertad. A diferencia de la piedra que no puede más que caer por ley de la gravedad, el hombre puede actuar de innúmeras maneras y entre ellas, acorde a los valores imperantes, libremente escoger una y hacerla deber de conducta. E, incluso, frente al deber ser, es libre de cumplirlo o violarlo.

A diferencia de las relaciones de poder del grupo animal, que se encuadran en el ámbito de los fenómenos naturales, las del grupo humano son fenómenos de naturaleza cultural. La cohesión entre los hombres es cultura heredada que sólo puede ser cambiada por la libertad a través de ideas y valores.

La certeza del corral o el infinito por límite


Es en este mundo de libertades y símbolos, de reflexión y aprendizaje, de previsión y deber ser, de valores y fines netamente humanos, que cabe la otra parte del ya famoso pronunciamiento: “los conservadores… inventaron aquello de que en vez de darles el pescado había que enseñarles a pescar…” (Ibidem).

Desconozco quién lo haya inventado y si tenga o no la carga política que se le quiere dar, pero sé que el hombre es mucho más que alimentar un animalito; que lo mueven valores y no solo necesidades e instintos.

Así, en su andar el hombre construye dos tipos de sociedades, unas cerradas, que no quieren cambios, que prefieren la rienda del amo y la certeza del corral; y otras abiertas, sin más límite que el infinito y condición que la libertad.

Henri Bergson desarrolló el concepto élan vital (impulso vital) que opera en tres niveles: el físico químico, en control de las reacciones físico-químicas del organismo en su desarrollo y subsistencia fisiológica; el psíquico inferior, o sensitivo, a nivel instintivo de tendencias y reacciones irreflexivas que comparten hombre y animales, como la sexualidad, la autoafirmación y la agresividad defensiva; y el psíquico superior, exclusivo de la especie humana como apetito universal de bien, verdad, belleza y justicia. Pero no se puede considerar el desarrollo de un individuo sin el coronamiento integral de todas sus energías y tendencias. El ser humano es mucho más que un aparato digestivo y la necesidad de seguridad. Es espíritu en pos de imposibles, es ser que aspira a la felicidad y necesita de belleza, verdad, justicia y amor. Es ante todo libertad; un ser en un universo de universales, que se alimenta de poesía, que vibra con la música; movido por ciencia, perfeccionado en el amor, llamado al misterio, sediento de justicia. La historia de la humanidad seguramente empezó cambiando un mendrugo de pan por un ansia de justicia.

En la Reserva de la Biosfera del Vizcaíno hay un criadero del borrego cimarrón y la experiencia muestra que, ya crecidos, los borregos son soltados hasta a 100 kilómetros lejos del criadero y en días aparecen a las puertas de éste en espera de ser alimentados. El problema de los criaderos es que la libertad no es un fenómeno genético, sino de valores y cultura.





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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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