PARRESHÍA

Mascota o enemigo

Mascota o enemigo

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El otro.

A Rosa María Gutiérrez Pérez (La Güera Morayta)
En recuerdo de Villoro



En Pescado y pescador hablamos de la percepción que se tiene del otro, ya para darle pescado, ya para enseñarle a pescar. Hoy vamos a tratar de desentrañar qué priva en quien prefiere domesticar con pescado a liberar con pesca.

Mencionamos entonces a Bergson con su élam vital, como la integración los tres niveles de naturaleza en el ser humano: físico químico, psíquico inferior y psíquico superior. Pues bien, mucho antes que él, Platón ya había hablado de la unidad en la integración del ser humano: la integración unitaria de todos sus impulsos, instintos y energías.

A fin de cuentas todo es en el hombre, los cambios cuánticos, eléctricos, químicos y físicos, los procesos biológicos y neuronales, los instintos y la razón. El problema es cómo se entienden entre sí todas estas energías y cuál de entre ellas priva.

Para Miguel Villoro Toranzo es la justicia el gran criterio de integración de la personalidad, “por el cual no sólo se ordenan en forma jerarquizada y en un sistema unitario las diversas tendencias de un individuo humano, sino que ese mismo individuo encuentra su lugar entre los demás humanos.” (Seguiremos a Villoro y su “La justicia como vivencia” en este texto).

Es en la última parte de cita anterior: “su lugar entre los demás humanos”, donde habremos de hurgar para determinar cómo es posible que se postule la domesticación por sobre la libertad, porque de ello se trata cuando se habla de dar pescado o de enseñar a pescar.

Platón sostiene en La República que es la justicia la virtud entre las virtudes* y el criterio ordenador de “las tres partes o principios distintos del alma”: los apetitos naturales o sensitivos, el apetito irascible y la razón. Por eso sostiene: “cada uno de nosotros será justo y hará lo que le compete, cuando cada una de las partes que en él hay haga lo suyo. (…) producir la justicia será disponer entre sí los elementos del alma en una relación de dominio y subordinación conforme a su naturaleza.” Así, el hombre ordenado y observante del orden natural hará acciones justas.

Siglos después vendría la psicología a darle la razón al buen Platón: sólo un Yo estructurado puede establecer relaciones sanas con el mundo.

En la integración del Yo (personalidad) las etapas tempranas son muy importantes porque el neonato adquiere confianza en el mundo, autonomía para experimentar y la afirmación de su Yo frente a otros. Pero pronto llega la realidad a oponerse a sus impulsos de placer. De sujeto (ente en el mundo), pasa a ser agente (actor sobre el mundo) y, por ende, a responder de sus actos. Con la realidad, los otros, hasta entonces cuidadores y adoradores, adquieren espacio y derechos propios, el mundo deja de plegarse a sus impulsos y adquiere entidad , libertad y derechos; por ende, exigencias. En esta etapa se aprenden las formas sociales y el infante puede aceptarlas, y hasta con entusiasmo, cuando son amorosamente propuestas por los padres, entonces los derechos del otro se admiten como correspondientes a los propios.

Para no entrar en hondas disquisiciones, admitamos al concepto de superyó (Freud) como aquel desarrollo del propio Yo que permite a cada quien, según sus capacidades, adaptarse a la sociedad. Así, conforme el niño avanza a la juventud empieza a tratar de entender el superyó y a cuestionarlo. Cuestiona así las costumbres y estructuras mentales prevalecientes que irreflexivamente hizo suyas durante su formación temprana. Para definir su Yo, menester es solucionar su relación con el superyó y si éste (familia, escuela, sociedad, autoridad) es arbitrario, violento e incomprensivo, forma y deforma al joven en un resentimiento social. De allí la importancia del núcleo familiar en estas etapas de crecimiento, donde su amor puede, no sólo compensar, sino reorientar los traumas propios del crecimiento y la socialización.

Aquí es de destacar que si se logra hacer las paces con la figura del superyó, las vivencias de justicia no serán un mero reflejo gregario, biliar o inconsciente, hijo de frustraciones personales, sino que brotarán “de la personalidad integrada, como las visiones de una consciencia persuadida que el crecimiento de la propia personalidad está íntimamente vinculado con el crecimiento de las personalidades de los otros, dándole a cada uno lo suyo” (Villoro).

Hemos venido hablando del desarrollo de la personalidad del hombre en tanto la integración unitaria de todas sus energías. Bien, a diferencia del animal, cuyo desarrollo es ciego e impulsado por la herencia y el medio ambiente, en el hombre es un autodesarrollo cuando a ambos factores suma, además, su inteligencia y voluntad.

Aquí vamos a abandonar un momento a Villoro para regresar pronto con él. “La vida misma es voluntad de poder”, sostiene Nietzsche, por cierto, un autor muy ajeno a Villoro. No es, la autoconservación (la lucha por la vida), “el instinto cardinal del ser humano”, como sostienen los fisiólogos, sino “el acrecentamiento más allá de sí”. La voluntad de poder para Nietzsche es “ir más allá de sí”. Solo una vida que se acrecienta tiene perspectiva y valor. Para Nietzsche valor es tener condición de vida, es decir, condición para que haya vida. Perspectiva y valor significan entonces condiciones para que la vida sea vida. Para Nietzsche el ser es en el devenir y la voluntad de poder da sentido (perspectiva) y razón de ser (valor) al devenir y, por ende, al propio ser: “imprimir al devenir el carácter del ser, esa es la suprema voluntad de poder.”

Que nadie se haga de mi libertad de crecer y perfeccionarme, e, incluso, de perderme


Regresemos entonces a Villoro y a Platón. Si la virtud consiste en la “actitud libre y deliberada de tender al orden jerarquizado y dinámico propio de la perfección de la naturaleza humana”, la justicia resulta entonces la “virtud unitaria del ser humano” (Villoro). Y “al juzgar, sostiene Platón, ¿a qué otra cosa han de tender (los hombres) sino a que nadie se haga de lo ajeno ni sea despojado de lo propio?” De allí, también: “que el individuo es justo en la misma manera que es justa la ciudad.”

Individuo y sociedad deben ser justos, porque ambos deben ordenar su acción jerarquizando todos y cada uno de sus impulsos y energías en busca de la perfección propia y común. Entendiendo por justo “lo que está ordenado en tal forma respecto al hombre que redunda en su desarrollo y perfección, o -más específicamente- lo que ordena a un individuo respecto a los demás individuos de tal suerte que todos ellos puedan desarrollarse y perfeccionarse dentro del cuadro del orden social justo, por consiguiente, reside en relaciones objetivas que se dan o se deben dar en la realidad, independientemente del conocimiento. Hay un orden de relaciones interhumanas que de hecho perfecciona o puede perfeccionar a los individuos y al grupo social: ese orden es lo justo y supone una distribución a cada uno de lo suyo” (Villoro).

Orden de relaciones interhumanas que perfecciona al hombre y a la sociedad dando a cada quien lo suyo. Orden en uno mismo y respecto a los demás para que todos puedan desarrollarse y perfeccionarse juntos.

Así, si “no sólo de pan vive el hombre”, habrá que asegurarle algo más que alimento. Si el hombre sólo encuentra sentido en ser más allá de sí, si sólo sé es humano en libertad, el corral de mascota y el pescado en la boca, no son para él. Para él es la inmensidad de la vida en libertad, en la acción, en la responsabilidad.

Dar a cada quien lo suyo no es darle de comer como mascota, porque se le priva del darse de comer por propia mano y, con ello, de darse y dar a los demás las posibilidades de perfección a su alcance. “Que nadie se haga de lo ajeno”, dice Platón: que nadie, pues, se haga de mi libertad de crecer y perfeccionarme, e, incluso, de perderme. “Que nadie sea despojado de lo propio”: que nadie me despoje de mi vida y libertad a cambio de un pescado.

Pero, por qué puede haber quien sostenga como liberador lo contrario. Porque en el desarrollo de su personalidad no logró hacer las paces con su surpeyó, de suerte de no ver en el otro a un semejante en igualdad de derechos y posibilidades; porque para él el otro no es un compañero de viaje en reciprocidad de perfecciones, sino un siervo o un adversario. Porque en el perfeccionamiento del otro y de todos, no entiende su perfeccionamiento. Porque, tendrá que hurgar en su inconsciente, en busca “su lugar entre los demás humanos” perdido.

Diría Villoro, porque su vivencia de la justicia fue frustrada en la estructuración de su Yo interno, condenándolo al resentimiento.

Por eso para él, o sé es mascota o sé es enemigo.



*Para Aristóteles la justicia es una virtud, la de actuar de acuerdo con la naturaleza especifica y en la vía de la perfección.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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