LETRAS

El otro

El otro

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Ninguno.

“¿Qué hay en un nombre?”, preguntaba Shakespeare: “¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquiera otra denominación!”

Pero no todo nombre es rosa ni de grato perfume.

Lo que hay en un nombre es una representación de un objeto por un sujeto. El sujeto percibe algo fuera de sí, lo interpreta con los instrumentos de su razón y experiencia, se lo representa mentalmente: lo menta. Finalmente lo nombra a través de un acuerdo tácito con los hombres y mujeres con quien convive. El nombre, pues, es una creación del hombre, un signo y un significado humanamente impuesto. Hay en todo nombre el objeto nombrado, el objeto mentado y el mundo todo del sujeto que lo nombra. Hay en todo nombre una representación de algo procesado bajo el tamiz de aquél que se lo representa y nombra.

Así, nombramos “otro” al extraño a nuestro paisaje; al ajeno, al diferente.

Hay muchas formas de “otro”: un origen distinto, un pensar diverso; ser, creer y sentir disímil. Una pigmentación en la piel, la entonación al hablar, el lenguaje mismo, una malformación, una fe, un eros fuera de los márgenes socialmente aceptados, un interés contrario. Todo ello y mucho más hacen un “otro”.

Pero hay de otros a “otro”. Otros son todos aquellos que no son yo. Pero hay unos otros que me son conocidos, cercanos; que comparten mi mundo y gozan de mi confianza. Hay “otros”, sin embargo, que no lo comparten o que, compartiéndolo, lo hacen de manera diferente a como yo entiendo mundo y compartir. Hay aquí ya un giro en el nombre y su significado, este otro no es solamente alguien que no soy yo, sino que, además, me representa una amenaza; miedo.

Por eso Nietzsche decía: "Reducir algo desconocido a algo conocido alivia, tranquiliza, satisface, proporciona además un sentimiento de poder. Con lo desconocido vienen datos de peligro, la inquietud, la preocupación, - el primer instinto acude a eliminar esos estados penosos."

Este “otro otro” me es desconfiable y sospechoso. Al menos es alguien que requiere previa prueba de buena fe. En principio toda economía y toda política parten del principio de comunidad. Se presume que aquellos que comparten territorio y sociedad participan primigeniamente de los mismos intereses y, por ende, ven por el mejoramiento económico y político de los propios. No así, los que forman parte de otro mundo. Ellos, sería de esperarse, ven por otros intereses.

Así, hay unos otros que, siendo conocidos y confiables, no comparten algún interés en particular: religión, afición, gustos, negocio. Y hay otros que me son del todo desconocidos y de los que no debiera confiar nada de entrada.

En el caso de los primeros, de los “otros no extraños”, las diferencias, los extrañamientos y las desconfianzas son propias de la pluralidad social; comprensible, transitable y superable.

El problema se da cuando en mi mundo cotidiano el otro no extraño, aquel que diverge en algunos temas conmigo, se convierte en un enemigo aún más odiado que el más absoluto de los desconocidos. Las divergencias propias de la convivencia dejan entonces de ser consubstanciales a lo común y se ahondan en abismos infranqueables.

Cuando Dios reclama a Adán haber comido del fruto prohibido, aquél responde: “La mujer que Tú me diste por compañera, me ha dado del fruto de aquel árbol, y le he comido.” La “otra”, la mujer -ya no Eva ni su compañera y otrora costilla- fue la causante de su desnudez y desobediencia; así como el mismísimo Dios, en tanto otro “otro”, que le dio a aquella que le llevó a faltar. Adán pudo rehusarse a comer la manzana, pero no lo hizo. Aún así, el mal le devino de la “otra mujer” y del “otro creador”.

Caín hizo ofrendas a Dios con los frutos de la tierra y Abel con las crías de su ganado. Dios vio con agrado a Abel y Caín se irritó. Dios entonces le dijo: “Por qué motivo andas enojado y por qué está demudado tu rostro? ¿No es cierto que si obrases bien serás recompensado; pero si mal, el castigo del pecado estará siempre presente en tu puerta?”

Poco importo la palabra divina, tras de ella Caín mató a Abel. Caín despierta un buen día y Abel, el “otro fraternal”, se ha convertido en contrario al robarle el agrado de Dios, no obstante, el esfuerzo de aquél por calmar sus miedos bajo la certeza de obrar con bien. Nada importó, incluso la amenaza de castigo divino, frente al “otro” que le privó de paz y remeció sus certezas.

En tratándose del “otro peligroso”, no hay razón que valga, ni palabra de Dios, ni consecuencias auto infligidas, ni circunstancias ajenas a nuestro alcance, ni castigos a la puerta. Sólo cuenta quién nos las pague. Algo nos falta, incomoda o atormenta y ese algo sólo puede ser culpa del otro.

El “otro” adquiere así otro nombre. Quien lo nombra le ha injertado un ingrediente de odio y recelo. Ya no es sólo extraño, ajeno y diferente. Es contrario. Es riesgo. Es peligro. Su carácter principal no es diversidad, sino contrariedad.

Ya no es otredad; es enemigo.

Y al enemigo se empieza por achacarles culpas. Los extraños eran culpados de plagas y epidemias; de apostasía y brujería; de mal de ojo y actos diabólicos; de sequías y eclipses.

Así, al extraño se le segrega en guetos, se le margina de actividades productivas, se le estigmatiza con calificativos. Puede aún vivir entre nosotros, pero separado, estigmatizado: “no somos iguales”, se les espeta.


El otro ya no es semejante, ni extraño, ni ajeno. Es ninguno. Es nada



El otro ya no es exclusivamente otro, es "El Enemigo", el mal personalizado, el apostata, el infiel, el contrario, el peligro.

Cual Caín, si la suerte no nos sonríe o nuestros fantasmas se alebrestan, la prohibición, la segregación y el estigma dejan de ser suficientes y se impone la persecución, la lapidación, el linchamiento y, por qué no, el exterminio.

A ese otro no solamente se le nombra, sino que al hacerlo se le extirpar de nuestras vidas, se le hace ninguno. Hay entonces que privarle de derechos, sustraerle su libertad, incautar sus bienes, destruir sus obras, borrar su pasado. Lo que empezó con no compartir pan y sal, calle y oficio, ciudad y paisaje, pronto devieno en callar su voz, negar su dignidad, pisotear sus derechos, privarle de mundo… exterminarlo.

El otro ya no es semejante, ni extraño, ni ajeno. Es ninguno. Es nada. Es la oscuridad, negación, locura, blasfemia, pecado, peligro.

El otro pierde así toda humanidad, es menos que cosa. La barbarie retoma carta de naturalización.

El mundo ya no es mundo, es abismo y desencuentro. La rosa, espinas. El otro, mal. La vida, guerra.

Otro y enemigo son uno y lo mismo. Otro y odio se hermanan. Otro y Caín en eterno retorno de lo mismo.

Y así el mundo se repuebla de hogueras y paredones. Se llena de "otros" como la rosa de espinas. Todo obedecer humilla y hay solo desprecio para toda otredad; sola en su soledad se yergue la soberbia en su miseria.

La política -que no es otra cosa que la convivencia- es discurso y acción; pero cuando la palabra ya no discurre ni discursa, sino amuralla e infama, no hay convivencia posible. Ya no hay otro con quien deliberar y con-vivir, porque al “otro otro” sólo se le puede matar.

¿Qué hay en un nombre cuando hace de la pluralidad, dignidad, derechos y libertades fuego, rencor, desencuentro y muerte?

En el principio fue el verbo, que no sea, también, el final.

Desaprendamos a saber callar, antes de que nuestra voz mate.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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