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Desigualdad, inequidad y pertenencia

Desigualdad, inequidad y pertenencia

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Dependencia.

En ciencias sociales, la pertenencia es la relación de una persona o cosa con quien tiene derecho a ella.

Para analizar las categorías de desigualdad e inequidad en un contexto determinado y con respecto a un objeto o sujeto de estudio, es útil considerar lo siguiente:

El Estado alude más a lo legal e institucional. Nación a lo humano y cultural y País a lo geográfico y territorial.

Históricamente una nación podría no corresponder a un país o un estado.

Más ampliamente, la Nación es el conjunto de personas que comparten vínculos históricos y culturales, tienen conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o comunidad y generalmente hablan un mismo idioma dominante y comparten un mismo territorio.

Más aún, tienen identidad en valores similares y comparten un mismo marco legal y organización política-económica.

Lo anterior tiene especial relevancia porque el espacio físico del globo (achatado en los polos), que habitamos los seres humanos, está dividido en países, en naciones y estados, en zonas de influencia donde priva un determinado modo de producción dominante y con él se desarrolla toda una superestructura de organización que determina la calidad de vida de los habitantes de cada país, su influencia y trascendencia.

Fácilmente se observa lo anterior en la crisis de la pandemia por Covid-19, que enfrentamos en todo el mundo y el hecho de que los países más ricos dispongan de mayores recursos y posibilidades para hacer frente a la mitigación de contagios de la enfermedad y menor número de fallecidos. En cambio, otros países, con menores recursos y posibilidades, no cuenten aún con vacunas en lo absoluto.

Es el modo de producción lo que define para qué, cómo y cuánto produce un país con la combinación de trabajo, tierra, capital y administración para satisfacer las necesidades de sus habitantes e intercambiar con el resto del mundo sus excedentes.

Dos grandes planteamientos derivaron de esta realidad, la especialización y la globalización. Primero se consideró que los distintos países debieran de producir sólo aquellos bienes en que tuvieran ventajas comparativas con respecto a los demás. Más tarde, que se debieran enfocar en considerar principalmente las llamadas ventajas competitivas.

A contrario sensu, la nuevas tecnologías y automatización enseñaron que casi todo se podría producir en cualquier parte del globo. O específicamente, por las mismas empresas con matrices en los EUA, en Suecia, Japón, Dubái, Seúl, México, Buenos Aires o La Habana dependiendo de las cantidades y calidades de los factores de la producción y éstos a su vez de factores como su grado de modernidad tecnológica, competencia, certidumbre, efectividad, eficiencia y disponibilidad de materias primas.

Lo anterior derivó en un mundo donde los llamados países desarrollados compiten en condiciones ventajosas frente a los de menor desarrollo, subdesarrollados, pobres, o muy pobres. Y desde luego, los pasteles se dividen preponderantemente entre los del mismo rango o similar grado de desarrollo, crecimiento y creciente demanda de bienes y servicios, en una competencia feroz entre áreas de influencia.

La consolidación de estas características contrapuestas de abundancia y escasez, han generado un mundo profundamente diferenciado, in extenso: desigualdad e inequidad y disputa por la pertenencia y generación de riqueza.

México es un país en proceso de desarrollo, subdesarrollado y dependiente de las grandes economías hegemónicas, principalmente de los EUA. En ocasiones somos vecinos distantes, “tan lejos de Dios y tan cerca de los EUA” y también, paradójicamente, según sea la intensidad del chaparral, “tan cerca de Dios y no tan lejos de los EUA”.

En las administraciones anteriores se apostó a la adhesión, al enchufe de nuestro país a la economía estadounidense como única vía de salvación económica e incorporación al proceso de modernidad, i.e. el reparto de las mieles del desarrollo y la riqueza y eventualmente para la mitigación de la pobreza generalizada de todos los demás, del resto de la población.

Por ello se vendió, al mejor postor, casi toda la infraestructura nacional, las materias primas de las industrias extractivas mineras, petroleras, eléctricas, de transporte e incluso las instituciones financieras y bancarias.

El remate de nuestras pertenencias nacionales se asemejó en las administraciones de Fox y Martita, Calderón, Peña, aunque propiamente desde la Disputa de la Nación (Tello y Cordera) que ganaron Salinas y Zedillo, a la mayúscula expoliación de la Colonia.

Paradójicamente hoy somos libres, pero sujetos al poder económico, cultural, educativo e ideológico de los centros hegemónicos de poder. A tal grado que en nuestro país se definieron por sus acciones, las primeras generaciones de funcionarios públicos y empresarios privados estadounidenses nacidos en México.

Fieles al karma de nuestro supuesto destino manifiesto, el de la raza de bronce, los más blanquitos se confesaron promotores del mundo más rico (dualmente admirado y repudiado) de los vecinos del Norte, aunque para ello se generará, entre otros factores, para aumentar la tasa de ganancia, en la competencia internacional, una amplia sobreexplotación de recursos naturales, laborales y una gran masa depauperada, una enorme desigualdad social e inequidad económica y cultural, migración forzada y pobreza. Una sociedad con discriminación y diferencias abismales en la distribución del ingreso y la riqueza.

En estos procesos de asimilación, a los más ricos se les eximió de pagos de impuestos y se les concedió otros beneficios fiscales ‘ad libitum’ y precios de remate de materias primas, bajos salarios relativos en sus empresas y certidumbre empresarial, lo que significó en muchos casos enorme y creciente corrupción.

De acuerdo con cifras oficiales (INEGI), los resultados de este modelo de anexión son que 60 millones de mexicanos vivan en la pobreza, 10 millones en la miseria. Que el 1% de la población posea el 49% del total de la riqueza nacional.

Que la minería haya sido concesionada en gran parte de la superficie del territorio nacional, sin ton ni son , que el petróleo haya sido concesionado también a empresas extranjeras con enormes ventajas competitivas, que Pemex se haya desmantelado al extremo de avizorarse su posible quiebra, que la Comisión Federal de Electricidad sea ejemplar en su ineficiencia, debido en gran parte al costo recurrente del apoyo a las productoras privadas de energía, al vendérseles barato y con preferencia el llamado despacho o distribución; además, se prefiera la explotación de las llamadas energías limpias, como si la CFE no las produjera o pudiera generarlas. Que el turismo de las mejores playas esté en manos de las grandes corporaciones extranjeras y que millones de mexicanos no tengan acceso a ellas.

El cambio necesario, históricamente ineludible de la presente administración del pejePresidente, a pesar de errores y carencias, de mañaneras que generan división, en medio de campañas de desprestigio, de insultos y mentadas, debe de consolidarse con el rescate de la producción de petróleo y gasolinas para terminar la dependencia en estas materias vía importaciones cada vez más caras y en la limpieza y modernización de la CFE para producir energía de calidad a precios competitivos para toda la población, aunque ello signifique que, en efecto, paguen lo que les corresponde los beneficiarios del modelo anterior incluida organizaciones como Oxxo, Bimbo, Femsa, las empresas mariguaneras de Fox, las plataformas petroleras de pripanistas y demás negocios hechos al amparo del abuso, las influencias, las transas y sus componendas.

La moderna Disputa por la Nación es hoy en día, una definición inaplazable de libertad o la continuidad de la soberanía extranjera sobre nuestras pertenencias básicas. Mayor inequidad y migración forzada.

Ante la retracción de la inversión privada nacional (se calcula que en los EUA hay activos financieros de mexicanos por alrededor de 80 mil y hasta 100 millones de dólares con un crecimiento de 3 dígitos anuales, principalmente ubicados en Texas, California, Florida y Nueva York) y dado que la inversión pública no es suficiente para enfrentar necesidades nuevas, crecientes y ancestrales, el galardonado economista Thomas Picketty (El Capital en el siglo XXI ), propone en México una reforma fiscal no necesariamente al ingreso sino a la riqueza acumulada y a las herencias.

Dadas las condiciones actuales del país, lo anterior parece inevitable a mediano plazo, aunque duela al gran capital, se pague el precio de las presiones al tipo de cambio, el prestigio gubernamental se deteriore en medios estadounidenses y los voceros opositores sigan llorando y se junten a maldecir y a promover amparos.

El horno no está para bollos. Ahora o nunca se requiere luchar por la independencia del país, consolidar el cambio y generar opciones para incorporar a todos a los beneficios del desarrollo, a pesar de las trampas del INE, de la Auditoría Superior de la Federación y otras instituciones públicas y privadas a las que les fascina Disneylandia, “the happiest place on earth”, mientras el boleto sea subsidiado.






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Arturo Martinez Caceres

Arturo Martinez Caceres

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