Así habló Quetzalcóatl

Las nuevas guerras floridas

Las nuevas guerras floridas

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Acantilado y la arena.

Las olas asaltan las playas y acantilados con irresistible fuerza. A veces silenciosas y sutiles, a veces atronadoras y violentas. Cual ejército invasor penetran hasta el último resquicio y, tras breve pausa, se retiran bajo un manto de espuma blanca que solo anuncia una nueva y pronta acometida.

Fueron las olas las que lanzaron su cuerpo exhausto a la playa, como 500 años antes, para después llevárselo en la resaca hasta el oscuro azul del que hoy regresa.

Como 500 años antes, Quetzalcóatl dejó atrás sus olas y la costa y ascendió a su destino. Chocaría con él como ola, como hace 500 años, para luego volver a hundirse por la rendija del ocaso, hasta que de nuevo sea su tiempo de retornar.

Está vez su camino no fue grato ni pájaros lo acompañaron con su trinar. A cada paso un pedazo de su corazón se desgajaba. Su dolor era brasa en el vientre y vidrios en el pecho. Infinidad de veces se vio tentado a desandar sus pasos y perderse nuevamente en la noche oceánica y no regresar nunca más. Las selvas, o eran devoradas por las ciudades y obras faraónicas, o eran arrasadas por el fuego de sus propietarios a cambio de unas malditas monedas, para, supuestamente, ¡reforestarlas!

Los ríos, otrora de límpido fluir, eran un pastoso y fétido verde sobre el que flotan todo tipo de desechos entre cadáveres de peces expulsados de sus aguas. Las azules lagunas quebraban sus lechos al sol, la basura se agolpaba por todos los caminos amenazando con tragarlo. No alcanzaba a entender cómo la humanidad corría entusiasta y ciega a su extinción.

Al ver los volcanes alzarse sin sus eternas nieves un vacío de muerte se apoderó de él. En sus desérticas cimas su llanto fue de sangre y bilis. ¡Quizás su mensaje llegase esta vez demasiado tarde! Abajo, el valle de la Gran Tenochtitlan, era una plancha de grises sin verdes y sin azules, el infierno sobre la tierra extendiéndose hasta perderse en el horizonte bajo una densa nube café. De las lagunas no quedaba vestigio alguno y ni una sola garza surcaba sus alguna vez transparentes cielos. Solo una enorme maquinaria de destrucción humana avanzando sobre la naturaleza de día y de noche. Locura y destrucción. Huída hacía la nada.

Esta visión lo tumbó convaleciente por siete días. En una cueva sus hermanos águila y serpiente lo acompañaron en su difícil trance. ¿Tendría sentido el devenir? Finalmente, abatido, bajó al vientre del valle infernal a entregar una vez más su mensaje.

Bajo la nube café y su mundo desnaturalizado, solo encontró caos en todas sus expresiones. La gente corría despavorida de un lado para otro con cara de enojo, delirio, tristeza y miedo. Prisa y ruido eran la constante. Se sentía sentado sobre un cráter volcánico a punto de erupción. Caminando por las calles de está interminable ciudad, temía encontrar tras cada esquina los monstruos desatados del averno.

En su anterior retorno, los que señoreaban estas tierras vivían de y para las guerras floridas. Guerras, fabricadas e institucionalizadas contra todos los que no fueran ellos. No se necesitaba causa alguna para hacer la guerra, lo importante era guerrear, sojuzgar y solazarse en la violencia y el dominio; capturar enemigos y sacrificarlos espectacularmente como entretenimiento sanguinario de una masa que se enardecía cuando el gran sacerdote clavaba su cuchillo de negra obsidiana en el pecho del vencido y extraía el corazón aún palpitante para mostrarlo como faro del universo ante la furia desatada del magma humano reducido a rebaño, odio, fanatismo y rencor.

El poderoso, su corte y ejército, sostenían que la sangre de los vencidos mantenía las estrellas en el firmamento, agradaba a los dioses quienes, en reciprocidad, permitían a plantas y animales seguir creciendo, y hacia inamovible la gloria de Tenochtitlan y su pueblo sobre la tierra. Cuando ni dioses, ni plantas, ni animalito, ni pueblo, tenían nada que ver en el festín entrópico de sangre ejecutado para beneficio, crecimiento y pervivencia del poderoso e influyentes.

Quetzalcóatl esperó encontrar algo diferente en este su retorno, después de ver las maquinas y construcciones de esta nueva sociedad. Por un momento pensó que serían sus miembros, al menos en eso, más humanos. Pero no. La gente con la que se topaba, comparada con los sanguinarios mexicas, se antojaron más salvajes, más inhumanos, más desamparados, más vacíos.

Para su sorpresa el rito de la guerra florida sigue vivo entre estos seres alienados y, supuestamente, superiores y modernos.

El Sumo Sacerdote hoy no llevaba la cara horadada por punciones de puntas de maguey ni el cabello petrificado con sangre coagulada, pero día a día, bajo la magia de sus aparatos por los cuales se comunican estos hombres, aunque estén uno al lado del otro, encarna en sí mismo la nueva versión de guerra florida; la declara a sus enemigos, a diestra y siniestra, una nueva con cada mañana. Los derrota sin enfrentarlos, los vence a golpes del poder de su comunicación. Desde él y con él señala, denigra, condena, estigmatiza, segrega, enfrenta, envenena; hace rehenes, toma prisioneros, quema en leña verde y sacrifica en la nueva piedra de sacrificios, desde donde oficia su ritual cotidiano al filo obsidiano y oscuro de su palabra averna.

El desalmado centro de poder -otrora policromado azteca y hoy triste e infinito gris- lucha desde la soledad de su pirámide para imponerse a todo y a todos sin cuartel y sin destino, porque la guerra florida se agota en sí misma, devora todo a su paso, asola toda esperanza. Yermo deja por cauda. Todo destruye y engulle en su suicida subsistir. La serpiente se muerde la cola, avanza lentamente devorando su cuerpo hasta que no quede más que devorar su propia cabeza. La suya es una guerra en la que no hay vencidos ni vencedores, porque nadie gana, ni siquiera el poderoso, que mientras más destruye más necesita destruir, mientras más domina más débil se vuelve; mientras mas crece su poder más devasta y se devasta.

500 años antes así se lo advirtió al Gran Moctecuzoma, ofreciendo alas a la serpiente para que cambiara su perspectiva y valorara el sacrificio y dolor propio por sobre el ajeno; el sacrificio voluntario de todos por sobre el exterminio suicida de todo. Aquél, por respuesta, corrió en histeria a rendir su poder omnímodo a los pies de un forastero barbado y un puñado de aventureros, creyendo así exorcizar el ciclo de los soles y la tiranía del devenir.

Algo ha cambiado, sin embargo, en estos hombres de aparatos y demencias; sus guerras floridas ahora son desde un atril y frente a cámaras y micrófonos. Todo aquello que no tenga lugar en la cima puntiaguda del poder es sometido brutalmente, sin respiro, sin misericordia, sin piedad. Sólo uno puede personificar el bien, la verdad, la justicia, la fe, la belleza, la historia y hasta la palabra. Todos los demás son sacrificados despiadadamente, no hay pacto que valga ni certidumbre que perviva. Hombres, mujeres, niños, sociedades, leyes, organizaciones, identidades y hasta la alegría y la esperanza son sometidas a la guerra florida y sus consecuencias. No es necesario hacer nada para que la guerra florida toque a las puertas de todo hogar, pero si alguien osa mirar a los ojos al Sumo Sacerdote es perseguido con obsidiana sevicia.

Las guerras floridas siguen entre estos seres alienados y, supuestamente, superiores y modernos


La nueva guerra florida también cosecha prisioneros de guerra para los sacrificios necesarios para sostener en el poder al Sumo Sacerdote y su sanguinario ritual. Salvo que ahora ya no es necesario abrirle en dos el pecho al vencido, hundir las manos en sus entrañas hasta arrancarle de cuajo el corazón, ni tampoco es menester mostrarlo con manos sangrantes ante la masa colérica. Hoy le basta al Sumo Sacerdote enlodar su lengua y con ella robar alma, honra, dignidad, libertad y vida al sacrificado. Basta con señalarlo para hundirlo en el espejo negro de Tezcatlipoca, para refundirlo en el mictlán.

Por meses Quetzalcóatl intentó ver al Sumo Sacerdote para recordarle que las guerras floridas no agradaban a los dioses y que la sangre, vida y honra ajenas son sagradas, pero nunca le dejaron acercarse. Las pirámides del poder hoy no se alzan al cielo por arriba de mil escalones ensangrentados, pero su cúspide, a ras del suelo, está más lejana, abstraída e inaccesible que nunca jamás de lo humano.

Una tarde Quetzalcóatl vio levantarse frente al palacio del poderoso una muralla de acero y tras de ella agolparse hombres armados para la guerra. Por un momento creyó que nuevos hombres barbados a caballo amenazan la ciudad, como 500 años antes. Pero no. Quienes llegaron fueron mujeres que pedían seguridad y no violencia contra ellas. Y violencia encontraron por respuesta. Otra noche triste que Quetzalcóatl lloró sin árbol alguno que lo acogiera.

Tras de ello y en silencio inició su resaca al oscuro océano. Sabedor que aún el acantilado más poderoso termina por caer y convertirse en arenilla barrida por las olas del devenir.

Y así Quetzalcóatl inicio su ocaso.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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