Así habló Quetzalcóatl

Eterna noche

Eterna noche

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Fuga del presente.

Una vez más Quetzalcóatl recorría el camino del retorno.

Atrás de él, más cansada que nunca, caminaba su sombra.

En esta ocasión Quetzalcóatl no fue reconocido como serpiente emplumada, a nadie importó la contradicción entre lo que repta y vuela como espiral de vida, nadie, siquiera, la vio. De hecho, nadie esperaba ya su regreso. Los seres de este otrora vergel ya no valoran el universo, ni honran al sol, ni siquiera ven las estrellas: sus ciudades se iluminan de noche y su luz artificial les roba el firmamento y sus secretos. Nadie ve más allá de sí mismo.

Alguna vez en estas tierras vivieron hombres y mujeres entregados por su propio dolor a mantener las estrellas en su órbita. Sabedores del tiempo cíclico alimentaban con su sacrificio y dolor personal el ciclo de los soles y cada 52 años acompañaban el fin de un sol y el surgimiento de otro nuevo. Su mundo todo giraba en torno al sacrificio personal para sostener el universo mismo.

Pero de ello ya ni siquiera tienen recuerdo hoy. Lo han olvidado. Su vida es tan miserable que buscan su salvación personal y, peor aún, su satisfacción personal, inmediata y fugaz, aunque en ello les vaya de por medio el planeta y la vida en él. Por eso el regreso de Quetzalcóatl, cerrando otro ciclo, nadie lo vio.

Quetzalcóatl y su sombra caminaban en silencio arrastrando los pies por la tierra yerma.

“Hay en toda vida un morir, pensaba en silencio Quetzalcóatl, pero lo importante no es hallarle sentido a la vida, sino a la muerte. ¿Qué sentido tiene morir si no va de por medio la pervivencia del ser en su totalidad?

Todo perece, es cierto, pero una cosa es morir con un propósito y otra como carroña.

Quién mejor que Quetzalcóatl para saberlo. Muerto tantas veces en el ocaso del mar profundo para regresar una y otra vez a recordarles a los hombres la finitud de la vida y la razón de la muerte.

Sin sentido la muerte, el ocaso, la noche, dejan sin estimulo y razón de ser a la aurora. Los hombres deben de arder en su propia llama para iluminar su camino y renacer de sus cenizas. No hay ninguna creación que en su nacer no destruya y no duela. Pero los hombres de hoy no conocen el valor y la valentía en el sufrir voluntario.

A ello había regresado, una vez más Quetzalcóatl a estas tierras, a recordarles a los hombres que la vida sólo adquiere sentido a futuro. El querer libera, pero no se puede querer hacia atrás. En el pasado todo es impotencia salvo en su enseñanza. Impotentes somos frente a lo que fue. No hay voluntad que valga contra el pasado.

Los antecesores de estos hombres lo sabían muy bien, cuando moría un sol, todo fuego se apagaba, las esculturas de sus dioses eran sacrificadas y toda pertenencia vieja era destruida: trastes, ropa, petates y pedernales. Todo se destruía. Las casas eran limpiadas y dejadas en total oscuridad.

Caía la negra noche y entre llantos subían al cerro Huixachtecatl en Ixtlapalapan atrás del sacerdote Copolco, quien en su cima encendía el nuevo fuego que era visto desde todo lugar en el valle y sus lagunas. A su vista los mexicas se sangraban las orejas con puntas de nopal. La nueva hoguera era alimentada para dar oportunidad que todos subieran al cerro a encender antorchas con las que llevaban la nueva flama a sus hogares.

Un nuevo sol había nacido, un nuevo fuego era en la tierra. El universo todo había renacido a la luz desde la oscuridad. El pueblo del sol había cumplido su misión cósmica. Los hijos de Huitzilopochtli volvían a tener a qué entregar su voluntad.

Lo importante no es hallarle sentido a la vida, sino a la muerte


Pero hoy, hoy, estos hombres no tienen nada a que entregar su voluntad, razón alguna para vivir. Sus gobernantes solo tienen voluntad de pasado. Temen al futuro y reniegan del presente. Tienen sed y hambre de ayer. Avanzan hacia atrás, sin saber que contra el pasado no hay deseo ni voluntad posible.

Huyen, pensó Quetzalcóatl, corren despavoridos de su responsabilidad en el tiempo, de su paso fugaz en la eternidad. Son como niños que quieren regresar al vientre materno. Mueren de inanición pegados al pecho materno, porque preferirían seguirse alimentando por el ombligo.

Pero el tiempo avanza por sobre cualquier querer humano y los ciclos se cumplen. No hay sol que no se hunda en la noche ni pueblo que no renazca con el nuevo sol.

“Aquellos mexicas bien lo sabían, no hay noche eterna, la luz acaba por prevalecer. Aún a pesar del poderoso, las más de las veces por sobre él.”




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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