LETRAS

El invierno que viene

El invierno que viene
Nos aferramos a un paradigma que solo conduce a la alienación y a la infelicidad.

Si todo lo conocido sigue un ciclo de vida y ésta se desenvuelve en períodos que marcan tiempos para sembrar, cosechar e invernar, por qué nuestro modelo de desarrollo y paradigma de felicidad busca un crecimiento permanente e infinito.

Individuos, empresas y naciones están impuestos a un modelo cultural que los impulsa a crecer constantemente y sin límites. Cada año hay que ganar más que el anterior, producir más que el previo, consumir más que el precedente, ser más feliz que nunca jamás, sin más frontera que el infinito.

El modelo es falso y psicótico. Todo a nuestro alrededor lo muestra. Nada ni nadie puede crecer constantemente y sin término. El propio organismo demanda espacios de descanso a riesgo de reventar o enloquecer, y todo ente biológico o social decrece y, finalmente, desaparece. Se llama evolución.

Por qué, entonces, nos aferramos a un paradigma que solo conduce a la alienación y a la infelicidad.

Hay años buenos y años malos, si no fueran así no habría diferencia en los vinos o en los precios de los productos perecederos. Hay fenómenos naturales que devastan los más preciosos planes humanos, hay enfermedades que se imponen al más exigente plan de crecimiento, hay un umbral que marca el final de todo lo conocido.

La realidad nos muestra que no se puede ganar siempre, que hay tardes buenas y tardes malas, como en los toros, que hay edades medias y renacimientos, que hay medallas de oro y fracasos rotundos; sin embargo, la educación que impartimos en las escuelas y el paradigma de nuestra esquizofrénica economía nos imponen un modelo de competencia despiadada y de crecimiento contranatural.

En lugar de aceptarlo, los gurús del modelo, lo trampean: en vez de producir más y mejor, ganan sacrificando salarios y seguridad social, sometiendo a las naciones a una competencia por el récord del peor salario y de las condiciones de trabajo más inhumanas; más que generar riqueza, juegan a ruletas especulativas; en vez de prohijar cohesión social escinden a las sociedades; en lugar de fortalecer la organización social la desquician para imponerse a individuos alienados y aislados.

El modelo, además, concentra la riqueza y esparce miseria. ¿Hasta cuándo podrá expandirse la indigencia sin que termine por alcanzar a quienes la generan y de ella se benefician?

El paradigma, pues, conduce al vacío. Somos ardillas en una banda sin fin que, más temprano que tarde, también dará de sí. Corremos a la nada. Trabajamos para producir miseria.

El modelo hace agua desde hace décadas, pero sus defensores se obstinan en extraer hasta su último aliento de ganancia antes que explote globalmente.

Las crisis ya no es de países bananeros, estalla de tiempo atrás en las goteras del mundo desarrollado y rico, pero se niegan a aceptarlo como falla estructural, son, dicen, fenómenos aislados de naciones desmandadas y remisas.

La realidad, sin embargo, es muy necia y termina siempre por imponerse. Y lo que la realidad nos dice es que no se puede crecer constantemente y sin confín.

Como en la sabia saga de George R. R. Martin, el invierno se aproxima y será largo y cruento.

Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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