PARRESHÍA

Ni venganza ni perdón: timo

Ni venganza ni perdón: timo

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No pierda ni su tiempo ni su dinero, el libro no trae nada más que lo que su publicidad ya publicó.

Ni venganza ni perdón, el libro de Scherer Ibarra no tiene el arrojo suficiente para la primera, ni la grandeza para lo segundo. Empieza con un cansado recorrido por la vida política de López Obrador, en donde Scherer no pierde oportunidad para hacerse presente en cada momento como un actor primordial y confidente, como tampoco la desperdicia para lanzar loas al adorado prohombre y protestar su más incondicional lealtad a él, a Beatriz y a Claudia. Ya entrado en la narrativa del gobierno, Scherer no cesa en sobredimensionar las virtudes casi divinas de aquél, enderezar merecidas críticas a los funcionarios del sexenio con los obviamente no congenió ("Adán Augusto no hizo nada por tratar de solucionarlo", "Bartlett fue otro personaje muy destacado en el gobierno y perjudicó muchísimo al presidente"), así como justificar, ponderar o menospreciar los errores del presidente imposibles de esconder bajo la alfombra, pero sí de deslavar como cosas menores. López no administraba, no coordinaba, no atendía ni entendía los problemas, no escuchaba, pero su amor y entrega al pueblo eran inconmensurables. Y así por el estilo

Así llega el libro a un apartado de los villanos, con una destacada obsesión contra Jesús Ramírez, donde la edición no permite saber si es Scherer quien habla, si se cita algún documento o investigación, o si responde a la pluma de Fernández Menéndez, pero su filo y acidez traicionan la supuesta línea narrativa de un recuento de eventos de un sexenio y los anexos que acompaña no lo dejan mentir.

El otro gran villano de Scherer es Gertz Manero, cuya salida de la fiscalía general de la República explica los tiempos de publicación del libro.

“Ni venganza ni perdón”, continua con un apartado farragoso en el que el Scherer contesta una a una las acusaciones de que ha sido objeto, entre otros, por las obras de Hernán Gómez Bruera, en ejercicio de su legítimo derecho a defenderse, pero que, si bien a él le importa mucho aclarar, no necesariamente le interese al lector enterarse y así, los que sufrimos la lectura de Bruera, hoy somos doblemente castigados por Scherer.

El libro cierra con un farragoso acto de fe y gratitud obradorista de quien ha hecho de “la amistad auténtica, en política, un acto de valentía”, soportando los ataques de quienes rodearon a su adorado líder en busca de “adueñarse de su oído y excluir a quienes le éramos cercanos por lealtad y no por conveniencia”. Lo que da paso al autor de listar a los principales: Gertz, Ramírez Cuevas, Sánchez Cordero, Javier Corral y algunos otros…

“Y así, concluye, queda este testimonio, no como una defensa personal (ni Dios lo quiera, ¡Ave María Purísima!), sino como una confirmación de lealtad” (violines).

Ahora, si usted me permite una recomendación, no pierda ni su tiempo ni su dinero, el libro no trae nada más que lo que su publicidad ya publicó.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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