PARRESHÍA

La costumbre del horror

La costumbre del horror

Foto Copyright: The New York Times

Por décadas en México nos hemos venido acostumbrando a horrores y locuras.

En los campos de exterminio nazis había unos prisioneros llamados los Sonderkommando, encargados de llevar desnudos a los prisioneros a las cámaras de gas, sacar de ellas sus cadáveres, despojarlos de cabellos, dientes de oro y objetos ocultos en sus orificios, incinerar sus cuerpos y finalmente disponer de sus cenizas. Su figura es de un horror inconmensurable porque en ella la víctima se convierte en verdugo, en esa zona gris de la que hablaba Primo Levi. Ellos mismos contaron que “en este trabajo o uno enloquece desde el primer día o se acostumbra”.

Y por décadas en México hemos venido, a un tiempo, enloqueciendo y acostumbrando a horrores y locuras, no importa cuán monstruosa sea la afrenta, qué tan diabólica la violencia o aberrante la desmesura, terminamos siempre por normalizar lo anormal hasta que la norma es la anomia misma.

Difícil ya distinguir entre la víctima y el victimario, más aún cuando la segunda reparte juguetes el día del niño, levanta templos, entrega despensas e impone justicia al tiempo que asesina sin piedad, viola con sevicia, envenena al futuro, masacra, secuestra y extorsiona; pero también cuando la primera lo protege, oculta, canta, idolatra y lo hace su modelo. O como cuando el empresario, ídolo o héroe se hacen uno y lo mismo con el peor de los criminales, o como cuando gobierno, Fiscal y Ministros institucionalizan al crimen organizado como dependencia de Estado. Así, en esa zona gris, el policía y el delincuente se difuminan como en Adán Bermúdez Requena y sus jefes, el juez y la negación de la justicia se confunden, como con Lenia Batres; el derecho y la ignorancia, como con Estela Díaz; el poder y la locura, como con López Obrador; el poder y la mentira inepta, como con Sheinbaum, y la libertad con la sumisión hecha costumbre y locura en todos nosotros.

Ya nada nos sorprende, hace mucho extraviamos la capacidad de distinguir el bien del mal, la verdad de la mentira; la salvación que condena son una y la misma cosa, hasta la vida misma es una especie de muerte con infierno incluido.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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