Mañanera
La mañanera es un comenzar de nuevo todos los días, sin posibilidad de continuidad e historicidad, la mañanera es la antimemoria; igual que la infocracia, fragmenta y desconecta la información de lo real hasta vaciarla de contenidos o hacer imposible su comprensión, impide la narrativa; banaliza y satura.
La mañanera rompe la línea del tiempo y su trayectoria narrativa: la novedad del día obliga cotidianamente a prostituir y acomodar el pasado como profecía y preparación de un presente que, sin embargo, juguete de la histeria de las novedades y radicalismos termina siendo siempre igual; esta adaptación constante de pasados fragmenta y extravía a la memoria en la incomprensión y a nosotros en la no identidad; pero la mañanera también rompe la atención, al fraccionar la información descamina a las audiencias y hace imposible una visión de conjunto que ayude a entender y a entendernos. Su temporalidad narrativa no es lineal ni continua, es una sucesión de momentos disociados y puntuales (Heidegger); desatada de pasados y rehén de presentes intrascendentes y troceados, la mañanera carece de futuro, diseño, significado y destino. Cada día es comenzar y culminar en una fuga a la nada. Lo que tenemos, en palabras de Byung-Chul Han, es una disincronía que "no permite experimentar ningún tipo de duración", de historia.
La mañanera no discurre, no fluye, tampoco prioriza, ordena ni otorga coherencia, es un garapiñado sin sentido y sin destino, apila entre miel datos, rencores y mentiras, y termina siempre empalagando.
Pero ¡de eso se trata!, la fragmentación del discurso impide la narrativa, la multiplicidad desordenada de temas hace imposible el seguimiento y la atención del receptor; la mezcla de lo importante con lo insignificante, cuando no con lo patético, busca el sinsentido y niega cualquier puerto de destino; todo es un eterno flotar. Carece de compromiso con la verdad (Parreshía), lo que busca es el impacto mediático, no su veracidad y menos su comprensión; no informa, polariza, distrae, extravía y entretiene, todo a la vez; su metralla no apunta a ningún blanco, por eso hay tantas balas perdidas que se convierten en crisis innecesarias.
La mañanera es un espacio modelado para la presentación de las noticias en medios electrónicos, de suerte que el discurso coherente y razonado no le sirve, pero sí un champurrado desordenado y confuso de temas emocionalmente explotables, de escándalos, acusaciones y estigmatización aleatoria que desborde los espacios noticieros en prácticamente todos sus segmentos informativos, la simple cobertura de la diversidad de temas descuadernadamente abordados termina por no comunicar nada, pero deja la impresión de mucho trabajo, efectividad y presencia.
La mañanera no puede parar ni dejar espacio mediático sin ocupar, de allí las giras de fin de semana que, al igual que ella, cubren temas, regiones y audiencias diversos que replican el mismo modelo de fragmentación, desbordamiento, insubtancialidad y saturación.
La mañanera busca imposibilitar deliberación y comunalidad; si se observa a Arturo Ávila en sus omnipresentes intervenciones en noticieros y videos, apabullando con datos insulsos y no conexos con lo que se discute, cambiando las temáticas, estallando por los aires la conversación y envileciendo un trato que debiera ser civilizado, se entenderá de qué hablo cuando digo imposibilitar la deliberación y la formación de comunidad.
La mañanera, en su afán de fragmentar mensaje y atención, da paso a inserción de temas banales en detrimento de los asuntos importantes, esta falta de priorización y coherencia gravita en contra de la efectividad comunicacional de la presidente, quien termina siempre exhibida, al menos en las redes, como desconocedora, ignorante, mentirosa o resentida.
Para controlar las mañaneras las poblaron de personajes quiméricos y lamentables que terminaron por convertir a la titular del poder Ejecutivo Federal en su rehén y juguete.
Pero Usted sígale presidente, no la interrumpo ni distraigo.
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