PARRESHÍA

Recuperar la vida

Recuperar la vida

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No muere la vida, muere el mundo que la hace posible.

Hoy tenemos ruido y Babel: todo mundo habla, nadie escucha, pero tampoco nadie dice nada digno de ser escuchado; el patético barullo o es mañanera o son sus espejos y personajes.

Nuestras vidas se alienan y caducan tratando de seguir el estruendo del caos digital, al final terminamos más incomunicados, solos, vacíos, enfrentados y deprimidos que jamás. Se huye del silencio para no enfrentar el pensamiento; la simple adición y comparación de datos, por más veloces y voluminosos que sean, por más escandalosos y provocativos, tienen solo efecto biliar, efímero, emocional y, por ende, delirante.

Lo que esto nos dice es que hemos perdido el espacio público, compartido, comunal, humano; mientras más comunicados estamos, más extraviados y abandonados nos sentimos, el vivir se reduce a la mera supervivencia biológica, la nuda vida; de allí que la drog-adicción sea el mejor diagnóstico de una subsistencia de terror y fuga de un mundo en el que no sólo no se encuentra futuro, sino que simplemente nadie se halla, se reconoce, avizora cobijo, abraza prójimo, ni conoce compasión.

No muere la vida, ni la biológica (Zoé), ni la política (Eu Zen) (Ver Vida y vida ciudadana), sino el mundo que la hace posible. No hablo del final del planeta, tan cercano al dedo de poderes que jamás debieron llegar a existir, sino del ámbito público que hace posible la acción y convivencia humana, lo político.

A diferencia de la labor y el trabajo, sola la acción es impredecible, contingente, ilimitada en sus resultados, irreversible; se distingue en tanto inicio, principio de algo, sin duda, pero más aún de alguien, el actor.

En su impredecibilidad, al autor-iniciador le está impedido captar los resultados de su acción, ello corresponde a un futuro narrador desconocido una vez que aquélla termina y sea posible conocerla y relatárla como historia, no como gerundio por mientra se hace.

La acción humana tiene por esencia la libertad, no como privilegio del agente que la confecciona, sino como concerniente a la libertad de “estar entre los otros”: inter-esse (Arendt), es decir, algo propio de la comunalidad en tanto naturaleza humana. Somos gregarios para reproducirnos, pero por sobre todos para iniciar algo nuevo.

¡Comunalidad!, ¿que no es la política propio del hombre individuo? No, el hombre no es un ser político por naturaleza, por más que así lo haya asegurado Aristóteles, es más, ¡no lo puede ser! “La política se basa en la pluralidad (…) Se trata del estar juntos y los unos con los otros de los diversos. Los hombres se organizan políticamente según determinadas comunidades esenciales en un caos absoluto, o a partir de un caos absoluto de diferencias (…) El hombre es a-político. La política nace Entre-los-hombres, por lo tanto completamente fuera del hombre. De ahí que no haya ninguna substancia (ente) propiamente política. La política surge en el entre y se establece como relación” (Arendt).

Necesario es detenernos en este último aserto, toda vez que por más que se repite, permanece en la incomprensión de sus bastas honduras: No hay políticos natos paridos por el universo, ni profetizados históricamente, ni seres fabulosos, superdotados, geniales, maravillosos, mesiánicos; solo existen, raramente, personas capaces de leer, entender y procesar por un lapso determinado las relaciones de poder entre los seres humanos, por un lado, y vividores del poder que van desde el filósofo gobernante de Platón, hasta la chaira mexicana, por otro, y lo que nos falta aún por ver.

Ahora bien, la política en tanto relación es siempre plural, no podría ser de otra manera: la relación implica al menos a dos. Pluralidad que, en este caso, al concitar distingue y devela; la pluralidad no es una alteridad muda, muy al contrario, expresa las diferencias al individualizar a cada uno del conjunto, no fusiona ni pierde, diferencia y muestra lo único identitario que por medio del discurso y acción, de las palabras y las hazañas, ya no sólo los hace indivisibles, sino también únicos e irremplazables, la pluralidad los hace ver y oír entre todos; acción, además, por la que da inicio algo nuevo en el mundo, pero también, a ¡alguien! nuevo que, así, se inserta en él en tanto obra humana.

Arendt derrumba otro gran edificio: la política NO “es una necesidad ineludible y de que (haya) habido siempre y por doquier”, no solo los políticos no son predestinados ni siempre necesarios, lo político tampoco es algo natural, presente como el aire, ni persistente como el ocaso y la aurora. Es más, lo verdaderamente político a lo largo del tiempo es excepcionalmente raro. No es cierto que sea como la salud, que sólo se siente cuando falla; más bien es lo contrario, sólo si percibe cuando excepcionalmente se presenta. Y en México podemos afirmar que no se ha presentado por décadas, sino es que jamás. Y tan no lo ha sido que, para Arendt, lo político: “sólo empieza donde acaba el reino de las necesidades materiales y la violencia física”, y muere donde se sacrifican las libertades al poder, es decir, imposible en la realidad e historia nacionales. Ergo, se podrá tener remedos de democracia y de políticos, incluso con blasones, pero no política y menos políticos.

Lo político es en el mundo en tanto obra y ámbito humano propio de lo distinto. Y aquí empieza el problema, porque para Byung-Chul Han, “los tiempos en que existía el otro se han ido”. El otro y su pluralidad sólo pueden ser en el mundo en tanto obra y ámbito humanos, supraestructura por sobre el planeta y demás seres biológicos: la ameba o el cáncer no pueden hacer, aún, uso de mi auto, la estufa, o la literatura. ¡Aún!, subrayo. Pero hemos perdido el espacio público y, con él, al otro en su pluralidad y lo político en tanto potencia.

El mundo de hoy es un mundo construido y poblado por datos y rendimientos; datos con los que el algoritmo nos igualan en una realidad y relaciones espejo, donde todos pensamos igual, y rendimiento hasta la alienación y el cansancio, sin espacios para lo lúdico, el silencio, el pensamiento, la narración, lo ritual, lo bello y, principalmente, el otro.

El pensamiento siempre es hijo de una herida, una dislocación, un dolor; lo cómodo jamás ha sido creativo, lo igual, el like, no me interpelan. El mundo del rendimiento es uno sin aristas, sin negatividad, sin baches, sin dolor; el universo de la información es inodoro, indoloro, transparente, artificial; plano y táctil, sin rostro ni mirada, sin otredad; no suda, no se acongoja, no rie, no duele, no conmueve, no revoluciona, no narra; en él las masacres se suceden al lado de la minifalda del reporte del clima o del último escándalo de alcoba o distractor mañanero.

Hemos extirpado del mundo el acontecimiento, porque, también, no puede haberlo sin espacio público, sin la imprevisibilidad humana propia de él, sin lo contingente del discurso y de la acción y, si me lo permiten, de la locura, tan propia y extendida.

Decíamos que solo el narrador conoce la historia completa de la acción una vez que ha terminado, pues bien, Arendt nos dice que “el acontecimiento ilumina su propio pasado y jamás puede ser deducido de él”, en otras palabras, el acontecimiento irrumpe como herida, sobreviene sin aviso, quiebra el tiempo fuera de toda lógica de causa efecto, porque es hijo de la libertad o de la locura, como se quiera, pero acontece contra todo pronóstico. El determinismo histórico abdica de la libertad y se refugia en la necesidad de la historia, pero la propia historia lo desmiente, más aún cuando condena a todo futuro incierto a la misma e inamovible necesidad.

Vayamos cerrando. Morena carece de otredad y de mundo, no es hija de un acontecimiento, es un subproducto de un forzado historicismo ramplón; habla solo consigo mismo y su mundo relacional es endogámico, ¿quién nombraría a Citlalli si tuviese a más? Morena se ha cerrado a la otredad y a lo plural, no tiene herida dialéctica, ni el dolor de las aristas filosas de la vida real, lo suyo es un cuento de brujas en aquelarre por mientras dure; una bacanal de poder, el betún putrefacto del festín quinceañero de nuevo rico, una lacerante trajinera sin destino. Un onanismo condenado a la impotencia, sin trascender, bueno, ni siquiera entender, a cavar cada vez más profundo, como Noroña, como Andrea Chávez, como Sheinbaum.

Pero el problema no es Morena, el problema somos nosotros que nos obstinamos en la próxima elección, en el nuevo partido, en el o la candidata providencial. Con Arendt y Agamben tenemos que aceptar que tenemos que abandonar todos los conceptos políticos, occidentales u orientales hasta hoy creados, si aún queremos vida humana sobre la tierra.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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