PARRESHÍA

La Juana de Arco de Rocha Moya

La Juana de Arco de Rocha Moya

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A Sheinbaum se le aprecia en un constante e idéntico presente, no importa qué día, qué lugar, qué vestuario, qué discurso, todo es igual e indiferenciable.

“Solo es posible actuar dentro de un entramado de sentidos, si se rompe ese entramado ya solo queda hacer cosas sin sentido o actuar a ciegas” (Biung-Chul Han). Ese es el problema de Claudia Sheinbaum.

Ayer lo reconfirmamos.

Por encima sus múltiples limitaciones enfrenta el desmoronamiento de un contexto vital que le permita, siquiera, entender la profundidad del abismo en el que cae carente de referentes para saber si avanza o retrocede, si cae o asciende, si es o aparenta, si acciona o reacciona, si gobierna o gesticula, si hace campaña o el ridículo.

López obrador no solo destruyó la cimentación social, la viabilidad económica, la virtud del derecho y la razón de la convivencia entre los mexicanos, acabó con el mundo en que, mal que bien, nos entendíamos y confiábamos unos a otros; rompió todos los significados y hoy no logramos siquiera entendernos; puso por delante el miedo y el rencor y con ello nos condenó a un mañana sin futuro.

El mayor crimen de López no es su narco pacto con el crimen organizado ni sus enjuagues con dictaduras corruptas, es haber escindido nuestro nosotros y masacrado toda esperanza, ésta es tanto aspiración de futuro como confianza, visión y estado de ánimo, una pasión que mueve a la acción, una espera contra lo imposible, la seguridad del advenimiento de un comienzo. Todo eso lo destruyó.

Hay en su caricatura de determinismo histórico de mesías esperado una condena del fin de la historia, una especie de “y vivieron felices para siempre después”, ese su triunfal final cercena todo mañana de sueños, esperanzas, impredecibilidad y revocación en México. Y por eso a Sheinbaum se le aprecia en un constante e idéntico presente, no importa qué día, qué lugar, qué vestuario, qué discurso, todo es igual e indiferenciable, no hay en ella una narrativa que presente una línea de tiempo que distinga al ayer del hoy o del año pasado, hasta sus pifias son un eterno retorno lo mismo.

Sheinbaum está presa en la mazmorra más oscura y profunda del infierno de la eternidad obradorista, sin margen de movimiento, sin capacidad de decisión, sin esperanza posible, repitiendo eternamente el mismo escenario, discurso y público. Por eso sus nuevos nombramientos resultan gatopardismo: cambia para nada cambiar, a nadie entusiasman. Su presidencia no tiene destino, porque está vedada al acontecimiento, a la diferencia, al quiebre, a lo imprevisible: a la libertad, carece de opción y de salida.

El suyo es un vacío de sentido, lo suyo es un sin sentido, camina a ciegas sin rumbo ni destino.

Ayer apostó por el aplauso fácil y placero con las mentiras de siempre y un patrioterismo esquizoide, supuestamente valiente y soberano, pero abyectamente buenaondita. Lo peor fue su veta electorera y partidaria tan interesada como inadmisible y emética. No distingue entre el timonel (gobernalle) y la arenga, e ignora que no hay buen viento para quien no sabe a dónde se dirige.

En vía de mientras se irguió en la Juana de Arco de Rocha Moya e Inzunza, en el fondo de López Obrador. México, por más vivas que le soflame, no está en el horizonte de su perspectiva presidencial, solo tiene ojos para la iv-T y para movilizarla toda vez que, como la bicicleta, sin movimiento se cae.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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