PARRESHÍA

La vulgaridad erigida en derecho

La vulgaridad erigida en derecho

Foto Copyright: X

La masa es mucho más que la simple multitud; antes que nada es un estado mental, una forma de existir en el mundo sin deseo de distinguirse de los demás ni de ser mejor; conforme y cómodo, diluido en lo indiferenciable.

Mi dilecto amigo Pepe Newman ha sostenido una y otra vez que La Chaira no va a cambiar porque no tiene incentivo ni necesidad de hacerlo, antes al contrario, está de plácemes y en jauja: ya llegó al poder, goza de él, en él se solaza y no tiene intención alguna de dejarlo y menos de cederlo: ni democráticamente ni por cualquiera otra vía. Además, nos dice todos los días: “somos mayoría y qué”. Y cuando a la presidente y gobernadores les empiezan a temblar las corvas, basta con una concentración y un par de porras destempladas para difuminarse una vez más en el panteísmo moreno.

A Ortega y Gasset también le preguntaron si El hombre masa podría verse como tal y respondió que no, toda vez que carece de la distancia crítica para poderse percibir y analizar, de la capacidad de dudar, del valor para autoconfrontarse y menos para arriesgarse a ser fuera y diferente de la masa. El hombre masa, como La Chaira, se ubica fervientemente del lado correcto de la historia, recipiendaria de la justicia histórica y merecedora del paraíso prometido. Finalmente, ambos, Chaira y hombre masa, son incapaces de poder dudar de su fuerza numérica.

Tengo amigos y conocidos que festinaron estar con López Hernández y porfiaban todo su futuro a él, hoy guardan sepulcral silencio, pero se adhieren a “movimiento”, más claudistas que Claudia misma y, en todo caso, alegan su mayoría calificada haiga sido como haiga sido.

Empecemos por afirmar que el hombre masa de Ortega y Gasset no es una categoría política ni sociológica para entender al hombre, sino un estado anímico, propio del hombre moderno que goza de todos los adelantos, libertades y derechos sin valorarlos ni hacerse responsable de ellos, que huye de la individuación y diferenciación frente a los otros, que rehúsa hacerse ver y oír en la multiplicidad numérica de la masa, que si bien no lo distingue sí lo diluye, y, además, tampoco le exige ser solidario con nadie en la masa, donde no hay alguienes sino algos.

Necesario es decir que para Ortega y Gasset la masa es mucho más que la simple multitud; antes que nada es un estado mental, una forma de existir en el mundo sin deseo de distinguirse de los demás ni de ser mejor; le basta estar conforme y cómodo consigo mismo, diluido en lo indiferenciable. El hombre masa, pues, es aquel que ha dejado de exigirse ser sí mismo y de hacer más de sí, no arriesga, no se responsabiliza; su solidad no va más allá de sí, solo entre muchos, incomunicable e incomunicado: algo, no alguien.

Pero agreguemos, antes que nos lo aleguen, el estado anímico del hombre masa no tiene nada que ver con clasísmo alguno: se da entre ricos, preparados, pobres, ignorantes, creyentes, agnósticos, militantes o abstencionista; es un estado anímico, no una clase social, tampoco admite razas ni colores partidistas.

En el hombre masa hay un miedo de ser sí mismo, a hallarse a la intemperie, a tener que hacer frente a los demás, a sostener una opinión y a arrostrar las consecuencias. El mundo digital, por cierto, ha resuelto todos estos inconvenientes: a través de las redes todo mundo puede ser quién quiera ser, no necesariamente él mismo, decir lo que le plazca y cuando mucho, si le va bien, recibir algunos comentarios intrascendentes; sin embrago, creyendo ser él no se percata que es una aparición, un velo, un producto en el mercado de la producción de los sí mismo que así se niegan.

El hombre masa en el fondo no quiere pensar, quiere que le digan qué pensar; para qué complicarse la vida si siguiendo a la masa jamás podrá fallará y, si falla, no será su responsabilidad.

Sin embargo, el parecer de muchos únicamente tiene a su favor el número, no necesariamente la razón, ni la idoneidad en sus consecuencias. Y es en ello que radica el problema: la razón y lo idóneo demandan la capacidad de poner en duda nuestras certezas y prejuicios, nuestras creencias y seguridades, de pensar, deliberar y acordar algo que es dinámico y pronto será sujeto a nueva revisión, finalmente, nos exige a salir al frente, asumir su paternidad y defensa, y a pagar, en su caso, las consecuencias.

Sheinbaum, por ejemplo, quiere el reflector, más no las mentadas, por eso siempre dice no saber, que ya vendrá alguien a informar, que hay un complot universal en su contra, pero no hay poder sin rebeldía. ¡A quién no le guste el calor que no se meta a la cocina!

El tema no es menor, con independencia de Sheinbaum, la democracia se sustenta sobre la libertad y la participación política, pero, cómo llamar democrático a un régimen donde la mayoría no se conforma sobre ninguna libertad (elecciones judiciales), y la participación ciudadana se halla domesticada por la necesidad e ignorancia clientizadas desde el poder.

Ortega lo vio antes que nadie en el siglo pasado, cuando se diseñó una modernidad prendada de sí misma, pero se les olvidó el hombre y sus circunstancia. Aquí mismo en México, por ejemplo, a finales de siglo pasado legislamos una democracia desde arriba que arrobó hasta el éxtasis a las élites, pero nada dijo ni cambió para con las grandes mayorías. Ortega ya no le tocó ver nuestra democracia sin calificativos (ascéptica), aunque si alcanzó a ver la modernidad expresada en la Segunda Guerra Mundial y parte de la Guerra Fría -murió en 1955-, de forma de advertir que ser informado no crea en automático capacidades para decodificar las informaciones y menos los intereses ocultos del emisor, que el derecho a votar tampoco produce ciudadanía ni es garantía de democracia, finalmente, que el libre acceso a ésta de sus peores enemigos es un peligro mayor del que se pretende exorcizar.

Bien visto, el hombre masa es una especie de vividor de la modernidad, como aquellos herederos o nuevos ricos que no saben ni pueden valorar lo que tienen, que lo gozan con desprecio y displicencia, que lo ostentan como vulgar superioridad. El hombre masa no asume responsabilidad ni solidaridad alguna, carece de sensibilidad para la verdad y emoción para la bello. El hombre masa asume al poder como propio, merecido y justiciero, por qué razón o mérito podría concebirse ya sin él.

El hombre masa se diluye entre los otros, pero nunca los ama ni respeta, antes bien los desprecia, los usa como escudo y máscara; se difumina en la masa, se mimetiza, igual que el líquido, toma la forma de su recipiente (Bauman).

Lo que caracteriza al hombre masa, dice Ortega, es su hermetismo frente a la razón y la crítica, pero no porque valgan por sí, sino porque en su circunspección goza de lo indiferenciado e inasible del número. Ortega le llamó la vulgaridad erigida en derecho. Pues bien, hoy en México con Morena todo argumento se reduce a su mayoría de votos, como si ganar una elección fuese garantía suficiente e idónea para gozar de razón, eficacia, honestidad y virtud.

Lo anterior, por cierto, será lo primero que deberemos de reponer a nuestra democracia, habida cuenta que nos la vendieron como La Solución a todo cuanto es, cuando es sólo una forma de decidir en un momento dado, nada más y nada menos. Hicimos de la democracia dogma y no instrumento ciudadano; fin, no medio.

El hombre masa lleva a una tiranía de la mediocridad, dado que se impone no por méritos sino por número, ello libera a la humanidad de tener que hacerse cargos de sí misma, de pensar, de responder, de convencer, de acordar, de esforzarse, de corregir. Nada de ello es ya necesario, basta con ganar elecciones cómo sea.

Así el hombre masa renunció a su libertad por la mayoría.

Aquí nos vendieron en los noventas que habíamos alcanzado finalmente y para siempre la democracia, y que bastaban un puñado de héroes en el Consejo del IFE-INE para desentendernos de la política, pero cuando los verdaderos enemigos de ella la sitiaron, creyeron que con sus Camelots de telenovela del Canal 2 bastaba para defenderla y ni las placas anotaron cuando les pasaron por encima, ocupados como estaban en su imagen y feudo.

Lo más grave, sin embargo, es que el hombre masa es, otra vez dice Ortega, producto de la cultura: de la aritmética atontada de la democracia, de la tiranía aturdida de la opinión y, sobre todo, de la doctrina del perezoso que es la creencia triunfante del progreso (Baudelaire).

Habrá que apuntar que Ortega no era enemigo de la democracia, pero exigía en ella pensamiento crítico y en la libertad responsabilidad. Ambos ausentes en nuestra democracia y más aún en Morena.

Por cierto, Ortega advirtió que quien lleva al poder a incapaces, firma su propia sentencia. ¡Que ni qué!

Ortega llamó una nueva barbarie a ésta del hombre educado que, sin embargo, deja de pensar por sí mismo, por ello sostengo que las encuestas le han hecho un grave daño a nuestra ciudadanía; éstas están bien para los que mercan bienes y servicios, y para los partidos, a efecto de que tomen decisiones a la luz de ciertos indicadores, si es que los saben interpretar correctamente, pero no para que los ciudadanos tomen la decisión del sentido de su voto, asumiendo como bueno lo que le dicen piensa la mayoría, cuando seguramente la respuesta que la mayoría haya dado ni siquiera haya respondido a un verdadero pensar, pero ese no es el caso, sino que el verdadero ciudadano debiera ser formado para tomar su propia decisión sin importar lo que piense, opine o diga la susodicha mayoría. Más aún cuando esa mayoría responde al negocio multimillonario de las propias encuestas.

Las elecciones son una forma de decidir, no de atinarle al bueno, tampoco son concursos de popularidad y menos de la idiotez publicitaria que ha reducido lo político a la mayor degradación posible. Limpiemos de demoscopía, analistas de televisión, publicistas y mercachifles partidistas la democracia, si es que queremos recuperarla.

Ortega y Gasset se salvó de ver a esta sociedad de la posverdad, del mundo de la información y de la IA, pero la previó antes y mejor que nadie.

Lo que jamás pudo imaginar, ni aún en la peor de sus pesadillas, es a la fauna de Morena.


#LFMopinion
#Parreshia
#OrtegaYGasset
#HombreMasa
#Libertad
#Democracia
#Sheinbaum
#Morena
#LaChaira


Comentarios



Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

Sigueme en: