PARRESHÍA

El hombre roto

El hombre roto

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El instrumento que más rápido pierde su capacidad de uso y puede ser desechado o abandonado cual juguete viejo e inservible somos nosotros, el género humano.

La resurrección de la carne no fue solo uno de los grandes temas de los teólogos del medioevo, sino que, como nos narra Javier Cercas en El loco de Dios en el fin del mundo, también lo es hoy.

Allá en el medioevo el cuerpo de los resucitados en el paraíso fue un problema tan grave como el de la desnudez de Adán y Eva antes de ser expulsados del paraíso y que se resolvió con la “vestimenta metafísica” de la gracia que los cubría cual ¡hábito glorioso y de luz! La vestimenta, pues, es producto del pecado que avergonzó a los primogénitos de sus cuerpos y que, antes de sus paños, se hallaban revestidos solamente de la gloria divina. “El hombre fue creado sin vestidos, pero fue creado en ausencia de vestidos para ser recubierto por el hábito sobrenatural de la gloria” (Petersen Erik en cita de Agamben).

Pero la desnudez de Adán y Eva fue juego de niños frente a las inmarcesibles honduras teológicas de la resurrección de la carne. Por siglos se discutió la edad en que regresarían los resurrectos, ¿revivían con sus enfermedades y amputaciones?, y si Adán reencarnaba con la costilla de la que salió Eva, ¿de dónde reencarnaría ésta? Y ya entrados en gastos se atrevieron a temas de mayor envergadura: ¿para qué necesitaría el cuerpo renacido en el paraíso su aparato digestivo, defecaría ese cuerpo, le crecerían las uñas y los cabellos, qué uso tendrían el pene y la vagina, cuál el del útero?

Mientras eso se discutía en las universidades y conventos, la Santa Inquisición achicharraba vivo a Giordano Bruno por sostener que con unos cristales pulidos había podido observar manchas en el sol, y si bien apoyaba la necedad de Copérnico de la tierra girando alrededor del sol, su problema fue que los diletantes del pene resurrecto sostenían que el sol, en tanto obra de Dios, es sin mácula y afirmar lo contrario es apostasía y blasfemia, y Giordanito ardió.

Agamben recupera el tema de la resurrección de la carne para traer al presente los instrumentos que pierden su uso, como el pene y la vagina resurrectos en el paraíso. Pero no es broma, Heidegger desarrolló el tema en Ser y tiempo, poniendo de ejemplo el martillo roto e inoperoso, que pasa de estar a la mano para un determinado uso, a estar presente fuera de todo uso. Sohn-Rethel fue más allá y desarrolló la filosofía de lo roto en una especie de salvación técnica por la cual el hombre es capaz de oponerse al automatismo de las máquinas e inventar nuevos usos a lo desechado, más aún hoy en la sociedad consumista del desperdicio de la que nos habló Bauman.

Y todo esto suena a las mangas del chaleco hasta que nos damos cuenta que el instrumento que más rápido pierde su capacidad de uso y puede ser desechado o abandonado cual juguete viejo e inservible somos nosotros, el género humano por parte de la tecnología, el mundo de la información, la informática, la IA y el algoritmo.

Una vez completados de uniformar -no de atavío, sino de forma- en burbujas algorítmicas en las que hayan leído todo lo de nuestras afinidades y bajo el control absoluto de nuestras conductas, para entonces programadas, seremos, como el martillo roto e inoperoso de Heidegger, y no creo que las máquinas vayan a perder ni tiempo ni rendimiento discutiendo una filosofía del hombre roto.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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