PARRESHÍA

Mundo y política

Mundo y política

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El mundo en que nacimos venía con Estado, nación, república, democracia, ciudadanía, partidos, división de poderes, etc., y los asumimos en sus términos, irracional y acríticamente, pero la sociedad y el mundo han cambiado diametralmente.

Vivimos en un mundo, nacemos en él y lo asumimos con todas las cosas que lo forman, sus referencias, significados y sentidos. Utilizo la acepción de mundo de Heidegger en tanto la totalidad de instrumentos del hombre.

El mundo es siempre referencial; si todo instrumento es para algo, tiene una función y está sujeto a una finalidad, por ende, está referido a ellas. No obstante, primero asumimos irreflexiva y acríticamente el mundo en que nacemos, uno ya formado, con historia, valoraciones y prejuicios, antes de cuestionarnos sobre las funciones y finalidades específicas de algún instrumento en concreto (computadora, silla, Estado). Para cuando empezamos a tomar consciencia de nuestro ser ya nos hallamos metidos de lleno en un mundo que simplemente hicimos nuestro.

Y aún cuestionándonos sobre alguna particularidad del mundo, siempre lo hacemos desde su interpretación total cotidiana y prevalente: toda comprensión, interpretación y comunicación que hagamos la hacemos desde y en ella, desde su significatividad, porque no solo estamos inmersos en un mundo expresado en cosas, sino, y principalmente, estamos familiarizados con sus significados. Mundanidad y significatividad se dan la mano.

El mundo nos presenta opciones de formas o modos de ser, todos condicionados por la mundanidad y significatividad a que estamos sujetos, de allí que nos sea necesaria su comprensión. Pero asumir el mundo y sus significados no es comprenderlos, estar en el mundo no es necesariamente usarlo ni usarlo bien.

Si nos atenemos al concepto de conocimiento de Heidegger, éste no es la relación de un sujeto cognoscente y un objeto cognoscible, sino el modo de cómo se articula la comprensión del mundo. En ese tenor, la asunción de la totalidad del mundo cuando nacemos es una comprensión preliminar, surgida de otros, preexistente, prevalorada y prejuiciada, pero no una verdadera comprensión, porque ni es directa ni es personal, deviene de lo que Heidegger llama “lo uno impersonal” que, siendo anónimo, pasado y genérico no puede constituir proyecto alguno. Expliquemos esto del proyecto, si nos entendemos a nosotros como un proyecto a desarrollar, la comprensión preliminar de un mundo preexistente, plasmada en el anonimato no puede aportarnos un proyecto y menos acorde a nuestras necesidades y deseos. Por tanto, para aperturarnos a las posibilidades de un proyecto propio, tenemos que ir más allá de la comprensión del mundo de lo uno impersonal y entrar en relación directa, personal y comprendida con instrumentos concretos del mundo para estar en condición de usarlos para sus fines y funciones, y en favor de nuestro proyecto de ser. En otras palabras, el instrumental del mundo no está allí como simple presencia y solo nos abre posibilidades cuando ejerce su funcionalidad, significación y sentido.

El automóvil es un instrumento en el mundo que, a su vez, está compuesto por un sinfín de otros instrumentos, de allí que la comprensión del mundo se dé en la interdependencia de instrumentos, funciones y significados. Tal es el caso de la política, instrumento genérico de la convivencia humana que, sin embargo, se compone de una infinidad de instrumentos asociados como democracia, derecho, Estado, ciudadanía, etc.

Para Heidegger la angustia, que distingue del miedo por su imposibilidad de explicarla y referirla a un peligro presente o probable, es un temor a la nada que se expresa, entre otras cosas, cuando la totalidad instrumental del mundo ha perdido su funcionalidad, significado y sentido.

El mundo en que nacimos venía con Estado, nación, república, democracia, ciudadanía, nacionalidad, partidos, división de poderes, etc., y los asumimos en sus términos, irracional y acríticamente, pero la sociedad y el mundo han cambiado diametralmente desde entonces, la revolución tecnológica y de la información han trastocado -y siguen haciéndolo- la vida humana en todas sus expresiones y su relación y comprensión con el mundo. Nuestro instrumental político vigente responde a otras épocas y a sociedades más sencillas y previas a la globalización. No obstante, nos aferramos a los únicos instrumentos políticos que conocemos y nos negamos a aceptar que su funcionalidad y significatividad ya no son acordes a nuestra vida ni a los demás instrumentos mundanos.

De allí el desprecio actual por la política y la inoperancia y reducción de ella a imponer la barbarie y la chusma como gobierno; por eso la disfuncionalidad e incomprensión de lo político. Nos obstinamos por reiterar nuestra apuesta por una nueva opción, imagen o candidato, pero todo nuestro instrumental político está podrido y no admite ya más zurcidos, requiere un rediseño de cirugía mayor.

El ejemplo más claro es el del ciudadano, reducido a una identificación y a sufragar de vez en cuando, si es de los que acuden a votar. Como parte de paradigma humano del mundo, el ciudadano solía tener mayor centralidad y peso tanto para el gobierno, como para la sociedad en su conjunto, como para los individuos en sus personas. Hoy ni la persona ni el ciudadano, y tampoco su organización y acciones tienen valor alguno para los detentadores del poder. Los migrantes en el mundo entero acreditan la nulidad de los derechos del hombre y del ciudadano fuera de su Estado de origen.

Nuestra mundanidad política, en cuanto conjunto de instrumentos para la convivencia humana en la tierra, requiere de un perfilamiento acorde a la humanidad de hoy, a lo complejo de su organización, interdependencias y retos, resiliente a los riesgos que nos presenta la tecnología, la información y la IA, y vacunada para resistir y repeler las barbaries populistas.

Frente a los avances tecnológicos y sus impactos en lo humano, nuestras organizaciones, conductas y participación ciudadanas siguen respondiendo a un modelaje propio del siglo XVIII. Y luego nos sorprendemos del desdén juvenil por lo político; de los energúmenos que gobiernan y sus limitaciones, de la crisis estructural del Estado Nación, de los espejismos y vividores de las democracias.

No es parte de nuestro tema, pero para Heidegger la nada existe, y la nada es lo que tenemos hoy por política.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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