PARRESHÍA

Momento de no olvidar

Momento de no olvidar

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¿Quiénes integraban con derecho a voto ese Consejo?

Hace unos días escribí sobre López y los milagros, pero omití uno que deviene necesario recuperar para la memoria y el juicio.

Si bien Zedillo impulsó y operó a distancia la elección de López en la Ciudad de México en ya aquel lejano 2000, hubo autoridades directa y materialmente responsables de la legalidad de su registro y candidatura que el tiempo amenaza con borrarlas del juicio de la historia.

Es tiempo de recordar.

A quien por ley correspondió revisar el cumplimiento del requisito de residencia efectiva de López Obrador en la Ciudad de México para poder registrarse como candidato a la jefatura de gobierno en aquel ya lejano año 2000, fue al Instituto Electoral del Distrito Federal. López ni siquiera hizo el intento de cambiar su credencial, presentó para su registro como candidato una credencial para votar domiciliada en Macuspana, Tabasco.

¡Cuál no habrá sido su certeza que apostó a semejante bravata y descaro!: “No me vengan con que la ley es la ley”.

Por su lado, los Chuchos, Ortega y Zambrano, gestionaron una constancia de residencia en Coyoacán tan falsa como inservible.

Con esa documental pública (credencial de elector) que hace prueba plena en tanto no se desvirtué jurídicamente hablando, el Consejo General de ese Instituto debió negarle el registro lisa y llanamente, de hecho, debió desechar su solicitud de registro sin darle procedencia ni trámite alguno.

¿Quiénes integraban con derecho a voto ese Consejo? Siete personas: Javier Santiago (presidente), Rosa María Mirón, Eduardo Huchim, Emilio Álvarez Icaza, Leonardo Valdés, Rodrigo Morales y Rubén Lara. Afortunadamente éste último propuso que la votación fuese nominal, de suerte que hoy podemos saber cómo votó cada uno de ellos: Santiago, Huchim y ¡Álvarez Icaza!, votaron a favor del registro sin residencia de López Obrador; Valdés, Morales y Lara en contra, quedaba Mirón a quien correspondió la carga del desempate.

Rosa María Mirón llegó al Consejo propuesta por el PRI, su hermano, sin embargo, era entonces un perredista destacado y, creo, jamás pensó verse en aquella tesitura. Visiblemente apanicada solicitó un receso, lo que era abiertamente improcedente corriendo una votación, pero Santiago, viendo una ventana de oportunidad, lo puso a votación y se le concedió: ¡una votación en medio de otra!

Mirón se encerró a fuego y sangre en su oficina, seguramente para consultar a sus mandones.

Ya para entonces, ¡quién lo fuera a pensar! el PRD marchaban a tomar la sede del Instituto.

Mirón salió finalmente de su encierro con cara de espanto para votar en favor del registro de candidato de López.

El Tribunal Electoral del entonces DF, como el federal actual, estaba cooptado por el PRD, la mayoría de magistrados ratificó el registro, salvo Rodolfo Terrazas, un abogado especializado en materia electoral de lo mejor calificado que allí perdió toda su carrera. Estoy cierto que a la fecha no debe arrepentirse de haber resuelto conforme el derecho.

Lo demás ya lo conté, el recurso de revisión para la Sala Superior, trabajado con esmero por un grupo de abogados bajo mi coordinación, nos fue retirado por instrucciones de Dulce María Sauri y substituido por otro anodino que dejó al Tribunal revisor sin elementos, argumentos ni probanzas.

El hubiera es un tiempo perdido, pero qué hubiese sucedido si las autoridades electorales locales hubiesen cumplido y hecho cumplir la ley, cuántos mexicanos no hubiesen muerto por violencia, por falta de medicinas, por negligencia en el manejo de la pandemia, cuántos no hubiesen desaparecido, cuál sería la situación de la hacienda pública, de la educación, de la infraestructura, de la concordia nacional.

Cuatro consejeros le dieron el pase a una candidatura espuria por donde se le quiera ver, aún hoy 26 años después; violando abiertamente un dispositivo expreso y contundente: Javier Santiago, Rosa María Mirón, Eduardo Huchim y ¡Emilio Álvarez Icaza! Y solo un magistrado del tribunal local resolvió apegado a derecho en contra del proyecto que confirmó su registro: Rodolfo Terrazas.

Es momento de no olvidar.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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