PARRESHÍA

Citlalli

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Sus partidos llenan estadios uniformados guindas, poblados de fritangas y observados por la psiquiatría mundial

Citlalli aquella mañana decidió jugar vólibol de playa en el equipo olímpico mexicano. Nada puede nada contra la la revolución de las consciencias.

Por supuesto que su conjunto de capacidades y cualidades de origen orgánico y motriz, digamos, eran las menos que adecuadas para hacerlo, pero contra llegó pateando las puertas y en éxodo desde Iztapalapa, con un grupo numeroso de energúmenos denunciando racismo, clasismo, discriminación, tentativa de feminicidio y violencia política de género; así que desde chingada madre sabe Dios dónde salió la orden de incluirla en el equipo como ¡capitana!, que para eso tenemos mayoría calificada.

El problema fue que no existía en el mercado mundial modelo de bikini de su tamaño, sin demérito de que su estatura, peso, condición física, incapacidad motriz, desconocimiento del juego y empatía deportiva no le ayudaban en nada; pero la instrucción fulminante y flamígera fue: inclúuyasele por derecho: “Mi derecho, mi lugar”, ¿o cómo era?

Pronto el rendimiento y espíritu de cuerpo del equipo nacional se vino abajo, no importaba cuánto se esforzasen sus compañeras, los derechos de igualdad desigual reclamados por Citlalli prevalecían por sobre el desempeño grupal e individual.

En el primer partido amistoso, en una de las jugadas Citlalli pisó su propia agujeta y cayó sobre el mástil izquierdo que sostenía a red dejándolo inservible, el partido se suspendió por causas de fuerza mayor, habida cuenta que entre los dos equipos resultó imposible levantarla. Citlalli, por supuesto denunció al prianismo infiltrado e ultraderecha cósmica, mentó hasta cansarse a García Luna y a Calderón, a los organizadores, contrarios y árbitros, y pidió la intervención de la CNDH de la piedra Piedra. Al segundo partido no fue más que el equipo, ningún familiar, ni aficionado tuvo los arrestos para ir a aplaudir los colores patrios, pero al tercer encuentro las graderías estuvieron a reventar y miles de gentes se quedaron sin acceso; la mayoría portaba chaleco y gorras guindas y banderines de Morena, no gritaban por México ni por el equipo, todas las porras eran para Citlalli: “Sí se pudo, sí se pudo”, "este puño sí se ve". La mañana siguiente la mitad de las jugadoras renunciaron y hoy están sujetas a juicio bajo la ponencia de Lenia Batres. Días después el entrenador del equipo se suicidó, prefirió la justicia divina a la del acordeón.

Citlalli los culpó indiscriminadamente de contrarios al Movimiento, clasistas, racistas, misóginos y machistas; alguien se le hizo ver que sus compañeras eran del género femenino, pero lo negó: “Que presenten pruebas”.

“¿Llegamos todas?”, fue lo que le increpó a la presidente cuando comedidamente aquella le solicitó con el mayor de los respetos, valorar la posibilidad de concentrar sus ansias toreras un poco más en sus tareas políticas. Pero Sheinbaum reculó cuando un ayudante militar, de esos del Estado Mayor que ya no existe, le pasó una tarjeta informándole que Noroña, el Cero Votos y el Dato Protegido venían en camino, con más camarógrafos que curiosos, a instalar un plantón y huelga de hambre indefinidos en pro del Vólibol y de Clitalli, a quien, por cierto, la huelga de hambre le hubiese sido más que recomendable

Aquella noche, en su soledad y silencio Claudia comprendió que si a los deportistas se les exige un determinado rendimiento y desempeño, cuantimás debiera requerírseles a quienes ocupan un cargo de “responsabilidad pública”, pero se dio cuenta que su situación caía en el supuesto.

Hoy Clitalli Aguilar Alcántara, originaria de Papantla, Veracruz, de 24 años de edad, cabello castaño y peso sobrado, no es solamente la entrenadora de la selección mexicana de vólibol, es seleccionada, presidenta de la asociación femenil de vólibol de playa del Tercer Mundo, diputada federal, presidente de la Comisión de Deporte de la Cámara de Diputados y aspirante a defensora de la verdad, la justicia, la belleza y la cuarta transformación en Veracruz. Citlalli ha logrado bajar su peso a 138.5 kilógramos y es prueba viva que en la ivT solo hay discriminación inversa.

Hoy todas sus compañeras de selección portan chaleco guinda y rondan su peso y sus partidos llenan estadios uniformados guindas, poblados de fritangas y observados por la psiquiatría mundial.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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