RAÍCES DE MANGLAR

Luciérnagas

Luciérnagas

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Tlahuelilpan es un infierno

Dignidad y solidaridad. Estas palabras son la ramificación de los caminos…

“¡Mijo! ¿Dónde estás?”, Camila, pensamientos en desorden. El fuerte olor a combustible le lástima la garganta, la marea, pero ve en el descontrolado géiser de gasolina una oportunidad para el porvenir, por lo menos de algunos días. Tlahuelilpan es una orgía.

“¡Ma! ¡Acá!”, contesta Mariano, eufórico. Lleva consigo un par de garrafones que le sirven como recipientes improvisados. Han perforado el ducto Tuxpan-Tula y cientos de personas se conglomeran en un festival de excesos grotescos. Es la oportunidad de muchos. Los recientes desabastecimientos de combustible ya han dejado parada la chamba de Mariano por demasiados días y es el mismo caso de varios vecinos de la zona.

Mariano y Camila, hijo y madre se sostienen por medio de una recaudería, pero estos días su local padece escasez. Pese a los inconvenientes, tienen ahorros para mantenerse por un par de semanas, pero la incertidumbre y las incontables y discordantes versiones de simpatizantes y detractores del gobierno los tienen con los nervios de punta. Por eso la noticia del ducto roto les cae como lluvia de mayo. “Ahora sí jefa, vamos aunque sea pa’ tener pa’ la semana”.

Se dirigen al lugar, un extenso llano cubierto de parcelas. El genterío es impresionante. La multitud se encuentra enloquecida. Hace unos momentos varios se enfrentaron a las fuerzas del orden, pero su impulso de masa los envalentonó. Superados en número, los militares optaron por la retirada. La mayoría se halla en una zanca enorme, de donde brota el letal líquido. El olor es insoportable, pero el movimiento de todo les anima.

“¡Ay! A ver si no se arma. ¿Qué tanto les decían los soldados, pues?”, Camila preocupada y temerosa. “Que nos retiremos, quesque no es seguro. ¿Me van a dar ellos pa’ tragar? No, ¿verdá?, que chinguen su madre pues. Total, nosotros venimos tiro por viaje. Nomás cargo estos y nos vamos ya. Péreme aquí ma”, Mariano ignorante, Mariano exacerbado. El calor de la multitud, sus desplantes de rebeldía. No es huachicolero, no de los de verdad, pero el sentimiento compartido con todos esos otros Marianos y Camilas que lo rodean, algunos serios, otros divertidos, en su cotorreo, bañados con gasolina, le motivan.

Camila empieza a inquietarse. Nunca se había sentido fuera de la ley. La presencia de militares la acongoja. Le pone seguro a la camioneta. Observa de reojo el ir y venir de los pobres. Mira de todo. Algunas caras como la suya, con vergüenza, se concentran en su andar para no cruzar la mirada con nadie. Otros caminan más seguros, incluso soberbios, como si la acción les llenara de un orgullo bronco. En sus desplantes gritan, silban y mientan madres mientras ríen. El cosquilleo en Camila aumenta. Sólo quiere que Mariano se apure, pero no lo distingue entre la multitud.

Han pasado ya un par de horas y Mariano no regresa. El anochecer cae como una cortina herrumbrosa. En un esfuerzo absurdo, Camila baja el vidrio para distinguir entre la oscuridad, pero el hedor activa su arrepentimiento. Camila desesperada, piensa seriamente en bajar y buscar a Mariano, pero le distraen las siluetas de los niños aburridos que corren por el llano, que esperan a sus papás, abuelos y hermanos. Mira sus pequeñas sombras, las mira hasta que se iluminan, rápidamente, brillantes por la gasolina. La chispa la enceguece.

Tlahuelilpan es la ramificación de los caminos…

“¡Mijo! ¿Dónde estás?”, Camila, pensamientos en desorden. El fuerte olor a combustible quemado le consume las fuerzas y la cortina de humo y fuego, más grande que la noche, más grande que su miedo. “¡Mariano! ¡Mariano! ¿Dónde estás, mijo? ¡Ay madrecita santa! ¡Ay, Dios mío!”, grita Camila. Luciérnagas enormes avanzan lentamente y caen al suelo. Son gente, cuerpos en llamas en un auténtico llano en llamas. Las historias rulfianas resultan baladíes frente a semejantes visiones. Tlahuelilpan es un infierno.

Los llantos de los niños sombra, los gritos de auxilio de los quemados, sus propios sollozos, todo le asfixia. No piensa en el delito ni en el castigo porque sabe que nadie merece esta ruina. Las llamas y el calor la mantienen a raya. Se acerca y se aleja. Chocan sus instintos de autoconservación y maternidad. El amor no le alcanza por momentos, pero entonces recuerda a Mariano y su promesa no cumplida. Sólo dos garrafones que no sabe si logró llenar o se consumieron vacíos, con nada y por nada, como la vida de su hijo.

A lo lejos se alcanza a ver el fuego. Treinta metros de altura. Los transeúntes, curiosos, miran a las luciérnagas humanas. El horror no los persuade: “Se lo ganaron, para que andan robando”, piensan algunos. Más lejos, en sus casas, los pobres no tan pobres miran en sus teléfonos y en sus pantallas y el horror no los persuade: “Qué bueno. Para que aprendan”, “No se puede sentir mucho por esa gente ratera”, “Sólo selección natural, amigos, selección natural”, “Superando la carnita asada de los 43”…

Tlahuelilpan es un camino que la tragedia ha dividido con saña. Un camino ramificado hacia la dignidad y la solidaridad. Lamentablemente para Camila, Mariano y para cientos más va a pasar mucho tiempo antes de que la dignidad y la solidaridad sea el común denominador de su sociedad dividida. Lamentablemente para México, para todos.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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