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SUSTENTABILIDAD INDIVIDUAL

SOBREVIVENCIA EN EL CORAZÓN I
Hoy hace 22 años, exactamente 22, quizá unas horas de más, era cuando por primera vez ascendía a la cumbre del Everest, una de las montañas más asombrosas del mundo, como el Iztaccíhuatl, ambas mi casa por siempre. El montañismo se puede prestar para contrastes inexplicables, por un lado generador de egos, de héroes falsos, de atletas excepcionales que en la realidad no existen; pero también procreador de personas y seres humanos, en toda la extensión de la palabra, apegados a lo místico, emparentados con los Sherpas, promotores de una filosofía de vida que respeta antes que nada a la naturaleza y al universo, por ser los dos, la fuente de la vida y la esencia de ésta.

Fue el 23 de mayo de 1997 cuando a las 2.30 PM llegaba a la cima de la montaña más alta del mundo. La vivencia fue especial, única, no repetible. No solamente por estar en un sitio en el que las nubes se convierten en el piso de tu existencia, y porque las estrellas se observan por las noches a la altura de tus pasos, sino además porque unas horas más tarde, estaría literalmente transitando entre la vida y la muerte. La muerte mundana y material, que no la espiritual.

-“Ahí estaba, en la cumbre del Everest, en la cima del mundo, en el punto más alto del planeta y seguramente el más cercano a Dios, el más cercano a mi familia, a quienes me habían apoyado y creído en mí, el más cercano a mi país. Alrededor, picos nevados por todas partes, muy a lo lejos más picos y montañas, las nubes como alfombra, el viento la vitalidad. Hacia arriba, ya no muy alto, una bóveda celestial que al mirarla daba vueltas al compás de tus esperanzas, el aire ligero, en extremo fino, el sol dando fe, iluminando al piso más elevado y alumbrando la existencia humana, mientras que todo el orbe hablaba por sí mismo. La cima: sitio de real cercanía al espacio sideral, sumergida en el firmamento. El Sagarmatha ni se inmutaba, la cordillera era su corte, respetando la actitud y benevolencia de “La Más Sublime Divinidad.” Qué privilegio ver lo que el Everest observa siempre, qué diferente es la visión del mundo. Vaya condescendencia. ¿Qué más podía pedir a Dios? ¿Acaso permanecer ahí, o de lo contrario, volver? ¿Cómo agradecerle a la montaña? Extendí la Bandera Mexicana, pequeña en tamaño pero enorme en significado: “México en la Cima del Mundo.” Estaba totalmente realizado, mi euforia era única, pero también estaba exhausto. Logré mi objetivo, sin imaginar que horas después me encontraría en una situación de sobrevivencia extrema”.- (Fragmento del libro “Un Sobreviviente del Everest” de Hugo Rodríguez Barroso).

Hacia las 3:30 PM me encontré imposibilitado de regresar al Campamento IV, de lograr el descenso para “sobrevivir”. Y cuando nunca debes dormir en altitud extrema, porque nunca despiertas, debido a que los signos vitales decaen drásticamente, quedé repentinamente inmóvil como resultado de haber ascendido con temperatura e infección en la garganta, y pronto, caí en un sueño profundo. A tan solo 50 metros del punto más alto del planeta, sin importar que el tiempo apremiaba y que el mal tiempo me rodearía sin deferencias.

A las dos horas y por alguna razón que ni hoy logró entender del todo, desperté, sin saber en dónde me encontraba, sin energía suficiente para realizar el descenso completo. El campamento por más cercano, estaría a unas cinco horas de distancia, en condiciones de plena energía corporal y mental. Así que hubo que bajar unos 150 metros más para pasar la noche alejado de las inmediaciones de la cumbre, en tormenta, a la intemperie, sin oxígeno, sin tienda, sin “sleeping bag”, a menos 45 grados, con una pared de 2,200 metros de caída al costado derecho y de 4,000 al izquierdo. En una pequeña pero cómoda repisa de nieve y hielo, que con un promontorio de rocas se convirtieron en mi única posibilidad para sobrevivir.

Sin ambición alguna y de ningún tipo, busqué la armonía con la montaña, con la naturaleza, con Dios. Y que se presentó no solo para salvar mi vida, sino para cambiarme la vida.

Lo recuerdo cada año, lo celebro en vez de mi cumpleaños. Porque fue algo espontáneo, nunca estudiado, algo que simplemente emergió y me permitió entender la vida diferente. Me volví más exigente, en algunos temas, menos tolerante en otros. Exigente conmigo mismo, implacablemente exigente conmigo mismo, y mucho más que con los demás, luego de constatar que un error te cuesta la vida y hasta la de los demás; menos tolerante con la mediocridad, la injusticia, el abuso, la corrupción, con los que las practican a costa de la desgracia del prójimo, sin importar de qué lado de la mesa se acostumbren a sentar. Muy intolerante con los apátridas y depredadores del planeta. Con esos entes mezquinos que promueven la falsedad, la opacidad, la simulación, la negligencia, el egoísmo, la traición, la parálisis: los verdaderos pecadores de la modernidad, a esos, a los que se les debe hablar fuerte, directo, sin tapujos, con severidad, porque le han negado un buen futuro a millones de mexicanos y seres humanos del mundo.

Sin comprenderlo, sin importarme, me convertía en el primer ser humano en sobrevivir a esa altitud y en tales condiciones por arriba de los 8,600 metros de altitud – lo manifiesto aquí no por ego, sino para enmarcar su sentido -. Una vez a salvo y al día siguiente de ese 23 de mayo, luego de más de 34 horas en altitud extrema en el Everest y habiendo regresado al Campamento IV, me pregunté, dándole cara a mi montaña, ¿qué debía hacer por ella y qué debía hacer por mi país? No lo supe de inmediato por supuesto. Me tomó tiempo entenderlo.

-“Hoy, a la distancia, me doy cuenta que soy un sobreviviente del Everest, de ello agradezco a Dios y a mi montaña. Valoro mucho la educación y el cariño de toda la vida en el seno de mi familia; la disciplina forjada en las aulas de las escuelas y universidades por nobles maestros; el apoyo de amistades y compañeros que me distinguieron con su confianza; la inagotable fuerza de mis jefes que han predicado con el ejemplo; y al espíritu indomable de nuestro país que nos ha enseñado a luchar y ser humildes en la victoria.”- (Fragmento del epílogo del libro “Un Sobreviviente del Everest” de Hugo Rodríguez Barroso).

“Cuando creas que todo está perdido, recuerda que todavía nos queda el futuro.”

- B. G. –



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