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LA ZACATECANA

Foto: Alejandro Hernández

Sobre la antigua calle de la Flor Alta, se encuentra la Casa que en otros tiempos fuera habitada por una pareja procedente del mineral de Zacatecas, que llegó a la ciudad de Santiago de Querétaro a mediados del S.XIX. Los años pasaron dejando en el olvido los nombres de aquella pareja, pero heredaron en las voces de los habitantes de la ciudad, una historia que pronto se transformó en una leyenda, sobre la pena de la infidelidad de una mujer.

La ciudad de Querétaro, por su privilegiada ubicación, se convertiría en un sitio de paso obligado de las cargas de minerales extraídos en sitios ubicados en Guanajuato, Zacatecas y San Luis Potosí, por lo que no sería extraño que en esta levítica ciudad, llegarán viajeros con planes de convertirse en vecinos y adquirir alguna finca donde vivir, que los alejara de sus sitios de trabajo. Una pareja se asentó pronto en esta tierra, la gente los conocería como los zacatecanos, de quienes se dice entre ellos no había descendencia, pero muy cerca de ellos su fiel servidumbre que acompañaba a la pareja. Al principio se les vería juntos, asistiendo seguramente a celebraciones, bailes, reuniones, oficios de misa y el paseo por la Plaza, es de pensar que la pareja seguramente causó conmoción entre los habitantes, sobre todo por el hecho de haber adquirido la única casa sobre la calle la Flor Alta, con hermosos balcones, pero espaciosa para una pareja sin hijos, del cual se piensa que sería el principal deseo de la mujer, a la que se le veía salir de su balcón a observar los atardeceres queretanos. Pronto el hombre tendría que abandonar por largas temporadas su residencia en Querétaro, con lamentos la mujer no deseaba quedarse sola en la hermosa casa, que pronto se transformó en una jaula de oro. Llena con bienes materiales y riqueza, pero vacía en emociones y sensaciones, la gente se refería a ella como La Zacatecana.

Fueron largas las temporadas en que esta mujer vería pasar su vida encerrada, asistiendo a lo que socialmente estaba permitido para una mujer en su condición. El vulgo comenzaría a hablar, a etiquetarla, a transformarla. Eran muchas las habladurías que detrás de los rostros gentiles de sus vecinos, que ella podía escuchar. Llena de profundo rencor para quien entre promesas le había abandonado, ella juro vengarse.

El Zacatecano había ordenado a su mozo de confianza, que permaneciera atento ante las necesidades de la señora, durante su ausencia. Serían muchas las horas en las que mozo y señora, permanecerían juntos, lo que motivó a pensar un escabroso plan, darle muerte a su marido, el la había enterrado en vida en esa casa, ella lo enterraria literalmente.
Durante las jornadas a solas, la Zacatecana logró seducir al mozo, con tiernas palabras y con la promesa de que señora y riqueza serian para el, si daba muerte al Zacatecano. El mozo pronto se rindió ante la promesa, y figurando que al cometerse el crimen partirían juntos, acepto.

Entonces el zacatecano había vuelto, con la idea quizás de vivir en paz y tan solo quizás formar una familia, pero ya era tarde, la mujer que había abandonado, se transformó en un ser con sed de venganza, ciega y sorda ante lo que él pudiera decir. Entonces una discusión acalorada sería el móvil para que el mozo lo pudiera acechar entre la penumbra de la casa, entre reclamos los zacatecanos discutían, y de un momento a otro, el mozo logró apuñalar al señor, al Zacatecano, quien vencido murió en el patio de su casa. El cometido se había cumplido, era momento de huir, pero el mozo no sabría que detrás de la promesa se ocultaba un plan diferente, juntos no habrían de partir, la riqueza le fue colocada al mozo en sus manos, ahora llenas de sangre, pero tendría que partir solo.

Eran de clases diferentes, no había un “Juntos”, ante la insistencia del mozo, la Zacatecana tendría que actuar rápido, era un ser repugnante ante los ojos de la Señora, el reclamaría lo que creía suyo, tener a su señora. Entre forcejeos, la Zacatecana, buscaría la forma de liberarse, y la única forma que encontró fue matar al mozo, y así lo hizo, sin pensarlo, fría, había matado al fiel mozo y lo enterró junto a su marido. Sus manos se habían manchado de sangre, liberada salió a las calles, se mostraba sonriente, mientras en su casa la peste de dos cuerpos putrefactos le recordaba su realidad. Nadie se atrevía a preguntar, pero si hacían conjeturas. Las calles de Querétaro se habían comido al mozo y al Zacatecano, nadie cuestionaba. Una mañana en la antigua calle de Flor Alta, mirando a la plaza de las tamboras, apareció el cuerpo de una mujer. Era ella, La Zacatecana. Muerta a puñaladas, la gente la llevo a su domicilio en donde encontraron el motivo de la desaparición de aquellos hombres y entre consejas dieron culpa a la mujer, a quien muerta le dieron castigo colgándola desde su bello balcón, y le dejaron hasta consumirse por la luz del sol, como muestra a toda mujer, para que nadie intentara cometer los actos de infidelidad y asesinato.

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