Epifanías

La ceguera de Adán

La ceguera de Adán

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¡Me adoran y temen!

El fuelle, mientras más se infla, más vacío se encuentra. Adán Augusto festeja y presume su derrota en toda la línea, hace de su muerte política ocasión y pompa; magnánimo perdona a quienes nunca supieron valorarlo, reparte gobernaturas y ostenta inocencias plenipotenciarias:

-¡Vida, nada te debo!

Su descarrilamiento es peor que el del interoceánico: es ruina y ruin, es escarnio, befa, merecimiento, exhibición, calvario. Pero para él es laurel, guirnaldas, embeleso.

-¡Me adoran y temen!

Y no, no es pose, no actúa ni finge, está convencido que triunfó y que le aguarda un futuro de maná.

El hermanito es la prueba más clara de que los dioses ciegan a quienes quieren perder, aunque los hay quienes solos se sacan los ojos.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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