PARRESHÍA

La barbarie morena

La barbarie morena

Foto Copyright: X

Desde el 2006 su Odoacro ordenó: “al diablo con sus instituciones” y lo consecuente es imponer el infierno y la nada.

Manuel Pereira rescata para la memoria en su novela “Insolación”, la primera mañana en la Habana de la Revolución Cubana, previo a la entrada triunfal de Castro. Temprano se escurrió bajo de la mesa de la cocina mientras la abuela leía en voz alta las noticias a la familia, no entendía muy bien lo que pasaba, pero sí que era algo grave, aunque promisorio. Más tarde, de la mano de la abuela, caminó por las calles del centro de la Habana en medio de un frenesí callejero que no lograba entender a su corta edad: la gente, al tiempo de festejar, descargaba, además que con alegría, con contagiada furia, una lucha sin tregua contra el mobiliario urbano destruyendo, arrancando y quemando lo que estuviera a su paso, algunos pequeños comercios eran vandalizados, alguien en el arroyo de la calle mantenía una guerra a muerte a patadas contra unos postes que señalaban áreas donde se prohibía estacionarse; él no hallaba explicación para esa alegría envilecida e infecunda, y aquella falaz muestra de valentía, como si matando señalizaciones, semáforos y para buses se cumpliera con una especie de cuota revolucionaría. Ya para entonces el dictador había huido, el régimen desmoronado y Castro se encontraba a unas horas de camino, qué ganaban devastando la ciudad. ¡Qué extraña manera de festejar!, se dijo Manuel.

Me viene a la mente aquél “Al diablo con sus instituciones” de López Obrador en el Zócalo de la Ciudad de México un 20 de noviembre cuarenta y siete años después (2006), que quizás nos ayude a encontrar la clave de aquella mañana del primero de enero de 1959 en la convulsionada Habana, extraviada entre el febril destrozo desatado y el tierno azoro de Pereira: tal vez los cubanos derribaron lo que consideraban la expresión urbana de una Cuba impropia e intrusa, en la que se sentían extraños, en cuyos reflejos no se hallaban, una Habana de y para otros, un territorio propio en el que, sin embargo, eran considerados bárbaros en las acepciones griega y romana de personas y pueblos ajenos a sus culturas. Aquellos cubanos, imposible negarlo, eran tan ajenos a la Cuba de Bautista, como los persas a Grecia, los germanos a Roma y como los cubanos de hoy a esta Cuba 67 años después.

Sea cual pueda ser la explicación profunda de ese comportamiento, es la acción misma y no sus motivaciones lo que nos interesa para este texto. Bárbaro originalmente se consideraba al extraño a una cultura propia, al mundo construido por un grupo de personas que se consideran copertenecientes. La ciudadanía en Atenas era autóctona, el mito cuenta que la diosa Atenea fue a la fragua de Hefesto para que le forjarse unas armas, aquél había perdido hacía poco el amor de Afrodita, otra diosa, que prefirió dejarlo a su suerte y éste de inmediato quedó prendado de Atenea a la que persiguió con soliviantado celo. Aquélla, sin embargo, era por definición casta: parthénos: virgen. Viéndose Hefesto doblemente rechazado, roció al paso de la diosa semen sobre su pierna, Atenea, asqueada, limpió la afrenta con una fibra de lana que arrojó al suelo, así la madre tierra, Gea, quedó preñada y dio a luz a Erictonio, cuya autoctonía reservaba para los nacidos en ese suelo (jus soli) la ciudadanía griega. Atenea, cuenta Homero, no obstante haberse negado a su original maternidad, crió a Erictonio “tras darle luz la feraz tierra”. Solo los nacidos en ella gozaban de la autoctonía de él y, por ende, se consideran propios, similares en derechos y señalados en linaje. La ciudadanía, según el mito, es algo que deviene de dónde naces y es un estatus que da pertenencia. Nosotros creemos que es mucho más que eso, pero no es el caso tratarlo aquí, quien quiera ahondar sobre el tema puede leer “El ciudadano. Una aproximación” (Farías, Luis, 2025, Ed. Bonsái, México). Lo importante es que, bajo tal concepción, todo aquel que no hubiese nacido en Atenas, era un bárbaro.

Al imperio romano no le fue dable hacer suyo el mito de la ciudadanía autóctona y fue más plural, tan lo fue que tiene dos mitos fundacionales, el de Rómulo y el de Eneas. Rómulo y Remo fueron dos hermanos amamantados por una loba, no solamente no eran hijos de dioses, sino simples humanos, con el agravante de que en la vieja Roma también se designaba loba a la mujer de la calle. El origen, pues, es humano, humilde y abierto a los desprotegidos, humildes y perseguidos, como Rómulo y Remo. Contra ese origen, que bien podríamos llamar proletario, Augusto encargó a Virgilio un mito con alcurnia y aquél creó la odisea de Eneas, “La Eneida”. Eneas huye de Troya a su caída y vaga cual Odiseo (Ulises) por el Mare Nostrum hasta que, finalmente, tras miles de peligros, luchas y amores, funda Roma. Ambos mitos se dan la mano en una Roma abierta, una Roma refugio, por tanto, heterogénea, plural y diversa, tanto en pertenencia, como en creencias y religiones, costumbres y lenguas. Más que autoctonía, la Roma de Eneas es formada por extranjeros: “llegarán de fuera quienes han de ser tus hijos” (Virgilio, La Eneida). Fue esa tolerante apertura la que les permitió conquistar y gobernar el anchuroso territorio del Imperio Romano.

En Roma el extraño seguía siendo bárbaro hasta que lo dejaba de ser, muchos bárbaros extranjeros fueron aceptados como ciudadanos, otros, sin serlo, gozaron de muchos derechos romanos. Salvo algunas tribus indómitas, como las germanas, a quien Julio César, tras guerrear contra ellas, decidió mantenerlas como bárbaras y fuera de los dominios romanos y con un río de por medio. El vocablo bárbaro obtuvo así una acepción adicional, propia de la fuerza, no de la inteligencia, nos dice María Moliner: descortés, irrespetuoso, desconsiderado; pero por igual cruel, feroz, salvaje. No obstante, la multiasimilación no impidió la caída de Roma en 476 dC a manos del germano Odoacro, quien no dejó de hacer gala de su barbarie.

Pero el concepto no deja de ser resbaladizo, nos ostentamos como homos sapiens y civilizados, pero somos la especie más mortífera sobre la tierra en sus 4 mil millones de años (Harari, Sapiens, 2014), y cuando actuamos en calidad de rebaño desaparecen en nosotros todos los límites civilizatorios desarrollados a lo largo de 2.5 millones de años de homínidos sobre la tierra, por igual, cuando las guerras se desatan lo primero que pierde el hombre es su humanidad. Las guerras entre y contra el crimen organizado, tan cercanas a nosotros, no nos dejarán mentir. Todos llevamos dentro a nuestro salvaje y su barbarismo no conoce religiones, Estados, clases ni civilización que valgan.

Regresemos a Cuba aquella mañana —quizás próxima a repetirse en breve— donde la euforia por lo nuevo se daba la mano con el miedo a lo desconocido, sólo una certeza era incuestionable, a partir de ese primero de enero nada sería igual y todo sería fortuito. Desde entonces en aquel terruño gobierna la contingencia. Aquel día, unos por entusiasmo y otros por miedo, todos vivían tiempos inéditos y por tanto incognitos. Hubo quien por sobre lo indescifrable del momento sentía que tocaba el cielo, mejor aún, que el cielo lo abrazaba como escogido y, finalmente, le hacía justicia y en su honra y consecuencia gozaba de licencia para no dejar piedra sobre piedra del mundo previo que le fue tan injusto como sufrido. Hubo otros a los que el mañana les decía que todo lo que fueron y tuvieron había acabado. Los más, expectantes y pasmados, confiaban y recelaban, como Pereira.

A los bárbaros que tomaron Roma, sus monumentos, templos, plazas, edificios, casas, leyes, historia y cultura nada les decían ni entraban en sus categorías de valoración, al contrario, les recordaban al otro, al que hasta días antes era dueño de ese mundo que los marginó desde siempre. Pues bien, lo mismo nos dijo López aquel 20 de noviembre de 2006, si lo vemos a la distancia, su “al diablo con SUS instituciones” es igual a que no quede piedra sobre piedra. La clave está en el excluyente “SUS”. A diferencia de otros gobiernos, ellos no llegaron con la mente ocupada en resolver problemas, satisfacer necesidades o mejorar las condiciones de vida de los mexicanos, tampoco fue su horizonte el de una pluralidad y las contradicciones propias de una democracia liberal, lo suyo era y es una tarea trascendental, exclusiva y excluyente, apostólica, propia de la lucha universal entre el bien y el mal, cuyos tiempos no son de este mundo y el mañana a construir no existe o, al menos, no es su responsabilidad; su misión cósmica es mantener eternamente a raya al mal, sus profetas, fieles e iglesia, exterminar el pasado y su memoria, salvar al mundo del ayer. Para ellos pasado e injusticia son lo mismo, luego entonces, las leyes, instituciones, valores, principios y personeros del ayer objetivizan lo injusto y la maldad, por ende, deben ser exterminados.

No buscan crear nada nuevo, porfían en conservar inmune al mundo de todo lo que antes fue, no quieren algo diferente, ni siquiera lo imaginan ni es su cometido definirlo: simplemente no quieren lo que ven, aunque les signifique el suicidio en tanto ser ellos parte de ese mundo. Toda creación implica destrucción, al crear algo nuevo se destruye, abandona o cambia lo anterior, Nietzsche habla de la filosofía del martillo, para no entrar a honduras nietzschianas válganos recordar que no hay aurora sin ocaso, ni resurrección sin sepulcro. Con una salvedad, el creador destruye para crear, el bárbaro destruye por destruir, destruye para que nada retoñe, no quiere cambiar al mundo, busca exterminarlo tal y como es sin importarle lo que pueda resultar. Hace algunos años fuimos invitados por una organización de vecinos de una unidad habitacional del INFONAVIT en Tijuana para conocer su caso y oferta de representación jurídica, lo que nos plantearon fue meter a la cárcel al que había sido delegado de la institución cuando su unidad se construyó, hacía ya de ello muchos años. Las construcciones se sostenían en pie de milagro, las fisuras en las paredes permitían ver la casa del vecino, en la sala, alcoba y baño, los pisos mostraban cuarteaduras graves, las instalaciones, los acabados, los materiales, todo era un desastre. Les hicimos ver que, sin menoscabo de sancionar penalmente a quien resultase responsable, lo importante era resolver sus condiciones de vivienda y resarcirles por el daño, su respuesta fue que no les importaba seguir viviendo en esas condiciones, lo único que querían era meter a la cárcel al exdelegado, su odio no les permitía ver más allá de castigar al culpable, aun sin resolver el problema de fondo: querían cadalso y verdugo, sangre, no resolver a su situación.

Devastar no es para el bárbaro un medio, es El Fin en sí mismo, su razón de ser, no se le puede exigir nada diferente, porque lo suyo es una tarea trascendental, salvífica, punitiva; un ajuste de cuentas, un cobro de afrentas infinitas que le impulsan a acabar con el mal existente y resistente, son por tantos cruzados y apóstoles, mártires y héroes, sacerdotes y guerreros; no les interesa y menos importa qué resulte, lo suyo es volar por los aires todo lo que hay, antes de que pueda proyectarse en el futuro o resurgir, lo suyo no es el surco sino la tierra quemada. No temen al presente, tiemblan ante un futuro que resucite el ayer. Ante la civilización que asesinan reafirman su condición de ajeno y de diferente… de bárbaro.

López Obrador nunca buscó un nuevo aeropuerto ni combatir su corrupción, igual que los cubanos aquella mañana del 59, quería mostrar el talante barbárico de su triunfo, el tono, ritmo yleiv motiv de la contraobra “al diablo con SUS instituciones”; nunca fue que el aeropuerto fuese a inundarse o que su construcción respondiese a un gran desfalco y corrupción, fue que no era de él, de su autoría, de su mundo; que le era ajeno y de un tiempo diverso que debía de morir con la cancelación de todo pasado que fuera ese plural e indefinido “SUS”: sus ayeres, mundos, valores, dioses, instituciones. Como aquellos vecinos de Tijuana, no quería una mejor vivienda, ni resolver su situación, quería ver correr la sangre desde la otredad de “SUS” venas; gozar SU temor, SU consternación, SU horror. Lo mismo fue con el sistema de salud, de educación, con el poder judicial, con los libros de texto; todo tenía que morir, no importaba qué, no importa cómo, no importaban los costos, no importa el futuro: la muerte del ayer todo lo vale, hasta la inmolación.

Llevemos su barbarismo a la reforma electoral donde el evangelio democrático de Pablo Gómez reza que toda la historia de la democracia en México, incluida aquella que desde las catacumbas combatieron a muerte desde el Partido Comunista, antes de optar a regañadientes por la ruta civilizada, fue solo para que ellos llegaran al poder, y ya en él, toda democracia sale sobrando y pierde razón de ser porque, de otra suerte, algún día el pueblo bueno y sabio podría caer nuevamente en manos de otro loquito y terminar por lanzarlos al mismo basurero al que ellos han enviado a todos SUS enemigos y todos SUS pasados.

Encontramos así que al barbarismo por ajeno y extraño, se suma el de la furia desmandada del febril destructor. En “Mi Lucha” Hitler escribe: “¡Para ser libre hay que ser orgulloso, poseer voluntad, obstinación, odio y siempre odio!”. El bárbaro no sólo debe ser fiero e indomable, debe odiar aquello que destruye, aunque no lo entienda ni valore.

Su razón de destruirlo todo es que cualquier vestigio, cualquier pulsación, cualquier aliento que pudiesen resurgir de entre las cenizas como Ave Fénix haría renacer el mal y reeditar, una vez más, su perdición y la injusticia. Por eso en la cabeza de Marx Arriaga y falanges a las que pertenece se pintan de guerra la cara: el pasado no ha terminado de morir y resucita queriendo revisar ¡los libros de textos! y hacer a un lado a su autor universal. Su mayor temor es que el SUS ajeno pudiera convertirlos en un a ellos en el nuevo SUS y que otros en un mañana difuso puedan mandarlos también al diablo, por ello el tiempo tiene que detenerse aquí.

Por eso su existir es destruir, no crear, su perspectiva solo tiene ojos para con el ayer nefando, no con el aterrador e indefinido futuro. Su apostolado es acabar con el pasado hecho mal y con su orden de injusticia. Su cometido no les permite distraer su acción en sueños de mañana ni en la suerte de los mexicanos, así se mueran 800 mil por pandemia, resurja el sarampión y los niños se mueran como moscas por falta de medicinas, o bien las madres dejen enterradas sus uñas rasgando las rocas en busca de sus desaparecidos.

No sé si en todo bárbaro, pero al menos en el hoy nuestro hay mucho de huida y de miedo a conocerse, no sólo no acepta al mundo ni su circunstancia, no acepta al otro ni se acepta a sí mismo, no se gusta, no está a conforme de sí, rehúsa a conocerse, prefiere ser otro y siempre en lucha con su villano enemigo. Su definición radica en no ser como el otro. “No somos iguales”, dicen reduciéndose a su relatividad con el que no quieren ser, sin poder definirse por méritos propios, auténticos, exclusivos y definidos, sólo pueden ser en el espejo negro de su otredad.

No deja de ser curioso que Uranga hable del activista como alguien que “surge apenado como su más extremo límite. Para no ver se remueve, se agita y con ello pretende distraer su mirada”, nuestros tiempos son tiempos de activistas y de movimientos por el movimiento mismo, incesantes hasta el delirio, pero incapaces de verse y de reflexionar. Uranga criticaba a aquellos que sostenían que lo importante no es conocernos sino transformarnos, “que la tarea reside en alterar nuestro modo de ser y no en iluminarlo mediante la reflexión. Se quiere el cambio a ciegas, el placer en la oscuridad”. A ellos les contestaba: “lo que a ciegas cambia no cambia, sino sigue siendo la misma opacidad que precedió al incentivo. Muchos quisieran vernos transformados sin que nuestra conciencia tomará registro alguno de esa metamorfosis. Cómplices de una mística activista y oscura rechazan el análisis y esperan que, una vez operada la mutación, otros puedan decir que no somos ya los mismos. Apelan a una extraña criatura que les absuelva y los declare diferentes (“no somos iguales”), por fin librados de la vieja larva y convertidos en mariposas (...) Pero la empresa no es componerse para hacer una bella figura, no es aprender un papel que no avergüence ante extraños, sino asumir sin pena lo que somos”. Señala que “asistimos a una pugna mal planteada entre el valor de aceptarse y el afán de huir”, porque “no se trata de que nos avergoncemos, sino que nos reconozcamos en la miseria y nos identifiquemos con ella para construir sobre ella” (Uranga Emilio, “La exquisita dolencia”, Bonilla Artigas Editores, 2021). Pero por sobre negarse iguales e identificarse diferentes a lo que tanto odian, ya vimos que nada quieren construir. Nada pueden crear.

Desde el 2006 su Odoacro ordenó: “al diablo con sus instituciones” y lo consecuente es imponer el infierno y la nada.

La suya, finalmente, es una barbarie mística, dogmática, sagrada, trascendente, justiciera; no es que sean ajenos, crueles, fieros e implacables, es que tienen que serlo dada la conflictividad y magnitud de su apostolado, pero más que nada por su miedo: el lenguaraz de Noroña lo ha confesado: “si regresan nos encarcelan y harían pedazos”, tal es el único futuro que alcanza a poblar su pensamiento y pesadillas, ¡por algo será! Cualquier resquicio de humanidad y conmiseración en ellos podría ser su eterna perdición, preferible destruir el mundo a que él los destruya antes.

#LFMOpinion
#Parreshia
#Barbarie
#Morena


Comentarios



Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

Sigueme en: