PARRESHÍA

La transvaloración de lo ciudadano

La transvaloración de lo ciudadano

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Sólo nosotros hemos creado el mundo que incumbe en algo al hombre.

Los nuestros son tiempos nihilistas. El nihilismo es una corriente filosófica que postula la nada, niega la existencia de significados, propósitos y, por ende, los valores que los hacen posibles y deseables, y por tanto también niega los fundamentos objetivos de la vida, de la moral y del conocimiento. Todo, pues, carece de un sentido por sí mismo, empezando por nuestra existencia.

Nuestro mundo y nuestros mundos de derrumban, la obra humana toda sobre la naturaleza y las particulares en multiplicidad de culturas y expresiones que los forman se hunden ante nuestra ceguera y juego de tronos: pocos supieron leer en la gran saga de George RR. Martin la crítica al poder actual y la advertencia de que el invierno que viene ya está aquí. Y las imágenes del hemisferio norte de este invierno, materialmente, no solo en política y poder, nos lo muestran

Todo ha perdido y sigue extraviando valor y sentido, lo poco que queda en pie es porque los locos empoderados aún no lo han destruido, aunque poco les falte.

Y nadie mejor que Nietzsche para adentrarnos en los azarosos afluentes del nihilismo. Friedrich no fue nihilista, pero lo vivió y estudió. Y nada mejor que abordar el tema por su gran obra, “Así habló Zaratustra”, donde en su prólogo nos da todas las pautas para seguirlo.

Zaratustra, un personaje que Nietzsche toma de Zoroastro, un profeta iraní convertido mito que fue el primero que habló de que el bien y el mal se corresponden como el día y la noche y como todo opuesto. Pues bien, el Zaratustra de Nietzsche al cumplir 30 años se retira a la soledad de las montañas donde vive por diez años acompañado sólo por animales, en especial por el águila y la serpiente, los opuestos del vuelo y repto, altura y profundidad, cielo y tierra, de lo etéreo (ideas) y lo concreto (realidad objetiva). Pero un buen día se dijo «quiero regresar a ser hombre» y un anciano que lo vio bajar observó que Zaratustra se ha transformado: «se volvió niño. Zaratustra ha despertado: ¿qué quieres ahora con los que están dormidos?», se preguntó el viejo viandante que seguía buscando a un Dios que ya había muerto. Ya llegaremos al porqué de estos enigmas.

Bajó pues Zaratustra a un pueblo cercano al bosque en día de mercado y, repletó éste, Zaratustra dijo: «el hombre es algo que debe ser superado (…) La vida es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre», entendiendo éste como el hombre superado por hacer más de sí mismo. Pero la vida es «una cuerda sobre un abismo, un peligroso ir más allá, un peligroso camino, un peligroso mirar atrás,
un peligroso escalofrió y peligroso quedarse quieto», en otras palabras, no hay camino a salvo ni confiable. «Yo amo a quienes no saben vivir más que pereciendo, pues ellos son quienes van más allá», todos rieron de él: «lo que es grande en el hombre es que es un puente y no una meta: Lo que puede ser amado en el hombre es que es un tránsito y un ocaso», más enigmas.

La gente se burlaba tirándolo a loco, Zaratustra se dio cuenta que: «No entienden: no soy boca para esos oídos». En eso salió por una ventana un funámbulo (trapecista), que empezó a caminar sobre una cuerda por sobre las cabezas vueltas hacia arriba en el ahora silenciado mercado, poco después, tras de él, salió un enano, un bufón, que empezó a brincar sobre la soga hasta que el funámbulo cayó a los pies de Zaratustra para morir en sus brazos. Tras de ello cayó la noche, el mercado se vació dejando a Zaratustra con el muerto, al que finalmente cargó muerto y se lo llevó del pueblo.

En su camino pensó: «Siniestra es la existencia humana y sin sentido aún: un bufón puede llegar a ser su perdición» y se decía «Aún estoy muy lejos de ellos y mi sentido no habla a sus sentidos. Para los hombres soy una mezcla de loco y de cadáver». Él había bajado a «a apartar a muchos del rebaño» y solo había pescado un cadáver, en el fondo buscaba creadores, «aquel que rompe sus tablas de valores, al quebrantador, al criminal» que «es, sin embargo, el creador», buscaba creadores, no cadáveres, tampoco rebaños, buscaba a «unos que escriban nuevos valores sobre nuevas tablas (…) a quien tenga oídos para lo que nunca ha oído». Finalmente, decidió seguir su camino y «así empezó el ocaso de Zaratustra».

Así concluye Nietzsche su “Prólogo de Zaratustra”. El libro empieza con “Los discursos de Zaratustra” y en su primera parte abre con un apartado que llam´p “De las tres transformaciones”, son transformaciones del espíritu. La primera fue en camello, un animal fuerte, manso, resistente, capaz de soportar grandes cargas. Con gusto se arrodilla para recibir su carga y cargado se apresura al desierto en soledad, pero allí tiene lugar la segunda transformación: el camello termina por darse cuenta de ser fuerte, esforzado y sacrificado, pero no libre, que está sujeto, que se le imponen deberes y cargas, y quiere libertad, entonces se transforma en león, un animal feroz, que lucha, desgarra y reina sobre «su propio desierto». El león debe pelear contra el dragón, en quien convergen valores milenarios, de suerte de poder imponer su narrativa que reza: «Todos los valores de las cosas brillan en mí», de ello se deriva que el espíritu hecho camello y león le llamen Señor y Dios, y mientras el dragón dice «Tú debes» el león aprendió a decir «yo quiero».

El dragón sabe que «que todo valor fue creado», por eso sostiene «Soy yo todo valor creado. ¡Verdaderamente, ningún “quiero” debería existir más!». Aquí es imposible no hacer dos asociaciones a nuestra circunstancia: todo valor soy yo es el discurso del obradorato, que se asume pueblo, nación, patria, luz y verdad. Y ningún otro quiero debería existir más fue lo que dijo Sheinbaum a unos alumnos de primaria en Ecatepec, Estado de México, a quienes urgió a la defensa de la 4T porque: «no pueden llegar nuevos gobernantes». Cierro digresión.

Pero el león se da cuenta que el «Yo quiero» no basta para poder hacer de su querer acto, que necesario le es crear nuevos valores y debe transformarse en creador, él solo puede conseguir la libertad para que de ella surja el creador, pero no basta querer para crear, y ello da lugar a la tercera transformación del espíritu en niño. «El niño es inocencia y olvido», es él mismo un nuevo comienzo, un primer movimiento; no carga rencores ni resentimientos, todo en él comienza: el aire en su piel, los sonidos en sus oídos, los colores y las formas a su vista, el frío, calor, contacto, cariño, compañía, mundo. «El niño es un nuevo comienzo» y eso es el creador. El dragón decía «Tú debes», el camello «Yo puedo», el león «Yo quiero», el niño dice «un santo sí», «un juego de creación»; quiere «Su voluntad.» «Quien se extravió del mundo conquista ahora su mundo». Por eso cuando Zaratustra quiso regresar a ser hombre se convirtió en niño.

En una nueva vertiente de nuestro planteamiento Zaratustra afirma que «Dios ha muerto», pero Nietzsche sabe perfectamente que Dios no puede morir, o es o no es, pero morir es propio de los humanos en devenir y de todo lo creado. Por eso, cuando hace decir a Zaratustra Dios ha muerto no habla del sujeto Dios, sino de la idea y presencia de Dios en los hombres, porque también el valor de Dios se ha perdido.

Nietzsche en su obra “La gaya ciencia” nos regala un párrafo contundente acerca de un loco que llega a un pueblo buscando a Dios y lo que provoca son carcajadas:

¿Qué, se ha perdido?, decía uno. ¿Se ha extraviado como un niño?, decía otro. ¿O está escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado? Así exclamaban y reían todos a la vez. El hombre loco saltó en medio de ellos y los penetró con la mirada. “¿Adónde ha ido Dios?”, exclamó, “¡yo os lo diré! ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos unos asesinos! ¿Pero cómo hemos hecho esto? ¿Cómo hemos sido capaces de beber todo el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hemos hecho al desprender la tierra del sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos precipitamos permanentemente? ¿Y también hacia atrás, hacia adelante, hacia todos lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el hálito del espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No viene continuamente la noche más noche? ¿No es necesario encender linternas por la mañana? ¿No oímos aún nada de los enterradores que entierran a Dios? ¿No sentimos aún el olor de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos asesinos entre todos los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía el mundo hasta ahora se ha desangrado bajo nuestros cuchillos, ¿quién quitará de nosotros esta sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ceremonias expiatorias, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros? ¿No tendremos que volvernos nosotros mismos dioses para ser siquiera dignos de él? ¡No ha habido nunca un acto más grande, y todo el que nazca después de nosotros formará parte, por ese acto, de una historia superior a toda historia habida hasta ahora!”

Lo que vemos aquí es la mejor descripción de la profundidad del vacío nihilista, un errar a través de una oscuridad infinita, producto del asesinato de Dios en nosotros. Un homicidio no en términos religiosos o metafísicos, sino de valores creados por los hombres, lo que aquí hace Nietzsche es poner a Dios como un valor supremo para ejemplificar que hemos bebido el mar, borrado el horizonte y desprendido a la tierra de su órbita solar.

Así llegamos al tema de los valores, todo valor se crea, no valen por sí, sino por el valor que nosotros les concedemos, Zaratustra dice, les donamos: «Sólo nosotros hemos creado el mundo que incumbe en algo al hombre». En esta incumbencia encontramos conductas, costumbres, intuiciones, necesidades y apetitos, digamos una forma de vida u orden de convivencia que responden a «toda exigencia inspirada por el instinto de la vida», Nietzsche le llama «pulsión de autoconservación de vida, como pulsión cardinal de un ser orgánico. Antes que nada, algo vivo quiere descargar su fuerza —la vida misma es voluntad de poder—: la autoconservación es solo una de esas consecuencias indirectas y más habituales de esto» y por tanto nos importa; así nos es de valor comer, descansar, conservar la vida y el cuerpo, gozar de seguridad, cubrirnos del frío, sumar fuerzas ante acechanzas externas, accionar conjuntamente, mantener al interior del grupo un cierto acuerdo, cuidar a los menores y ancianos, también nos importa la compañía, el contacto, la risa, la procreación, y de allí las ficciones que en ideas creamos como las deidades, los mitos, la verdad, la belleza, el deber ser y valores metafísicos o creencias compartidas a los que les damos vida y una objetividad que no pasa de ser subjetiva. Como sea, nos importan e importar es en sí una valoración. De una u otra forma somos una especie valorativa.

Pero los valores se crean y por tanto también fenecen, y cuando mueren o caemos en la nada o es momento de transvalorar valores, de crear nuevos, de transformar el valor de los viejos, de trasvasarlos de significado. De un nuevo comienzo.

Recordemos que cuando Zaratustra abandona nuevamente a los hombres dice que sigue su camino y se adentra a su ocaso, también que el hombre no es una meta sino un puente, un tránsito y un ocaso, así como que ama a quienes solo saben vivir pereciendo porque sólo ellos van más allá. Por igual dijimos que el Zoroastro original hablaba de los opuestos. Pues bien, no puede haber aurora sin ocaso, luz sin oscuridad, resurrección sin sepulcros. Por eso el creador es aquel que rompe sus tablas de valores, el quebrantador, el criminal, esto último en el sentido de criminal de valores, porque la trasnvaloración es abandonar (asesinar) un valor para crear otro y toda creación de alguna manera destruye aquello sobre lo que construye lo nuevo.

Pues bien, Zaratustra no pescó a ningún creador ni rescató a nadie del rebaño, así que se enmontó acompañado del águila y la serpiente, pero hasta él llegaron algunos que se decían vivos y que buscaban ser creadores, al final cada uno de ellos no lo fue, todos buscaban conservar al hombre, no superarlo. Llegó el adivino del gran cansancio, un «suspirante saco de aflicciones», subieron también dos reyes, quienes decían preferir «mejor vivir entre eremitas y cabreros que con nuestra dorada, falsa, acicalada plebe, por mucho que se llame “buena sociedad”, por mucho que se llame nobleza (…) Incluso nosotros, los reyes, nos volvimos falsos, cubiertos y disfrazados». Dijeron buscar al superhombre para que reinara como «señor supremo de la tierra» y Zaratustra les contestó «No ha y desdicha más dura en todo el destino humano que cuando los más poderosos en la tierra son también los primeros hombres. Entonces es cuando todo se vuelve falso y torcido y monstruoso».

También hasta las montañas acudió la sanguijuela, «el único animal que vive de la sangre», se llamó el concienzudo del espíritu, cuya conciencia solo quiere que sepa una cosa y no sepa nada de lo demás, «donde termina mi honestidad, estoy ciego y quiero estar ciego». Imposible no hacer aquí otra asociación con el obradorato y su Mesías.

En las desiertas veredas apareció un mago, «pavo real entre los pavos reales, mar de vanidad», haciendo su teatro, representando su papel de encantador de todos: «has cosechado la náusea como tu única verdad», le dijo Zaratustra cuando quiso engañarlo de buscar a «un hombre de total honestidad, una vasija de sabiduría, un santo del conocimiento, ¡un gran hombre!». El sacerdote jubilado también probó suerte en la montaña en busca del «último hombre piadoso», dijo ser el último papa, que como «un buen servidor lo sabe todo, incluso algunas cosas que su señor se oculta a sí mismo», el jubilado, además era tuerto. En un apartado del bosque, como reino de la muerte, Zaratustra encontró al más feos de los hombres, quien le preguntó: «¿Cuál es la venganza contra el testigo?», Zaratustra entendió entonces que estaba frente al asesino de Dios, «no soportabas a Aquel que te veía». El hombre más feo confesó: «tenía que morir: miraba con ojos que todo lo veían, veía las profundidades y las honduras del hombre, toda la infamia y fealdad oculta en este. Su compasión no conocía pudor alguno. Se arrastraba hasta los rincones más sucios de mí mismo. Este curioso, súper indiscreto, súper compasivo tenía que morir». El hombre no soporta un testigo semejante, concluyó.

Entre un hato de vacas Zaratustra encontró al mendigo voluntario que buscaba la felicidad en la tierra y quería aprenderlo de las vacas. Tiempo ha se desprendió de su gran riqueza, pero los hombres no quisieron aceptársela, por eso acudía a las vacas, a lo que Zaratustra le dijo que había aprendido que «dar el bien es más difícil que quitar el bien». Más tarde Zaratustra se topó con su sombra, «un caminante que hace mucho va tras tus pasos. Siempre por el camino, pero sin meta ni hogar tampoco (…) ¿Cómo puedo tener placer en algo? ¿Acaso tengo todavía meta? ¿Un puerto hacia el cual dirigir mis velas? ¿Un buen viento? Ay, solo quien sabe adónde se dirige, sabe también qué viento les es bueno y favorable».

Todos buscaban aquello de lo que renegaban, conservar al hombre no superarlo, Zaratustra encontró entonces que «la ilusión miente más bellamente en aquellas cosas que son más similares; pues el abismo más pequeño es el más difícil de saltar» y recordó que una vez vio a ambos desnudos; «al hombre más grande y al más pequeño: demasiado parecidos el uno al otro, ¡demasiado humano incluso el más grande de ellos! ¡demasiado pequeño el más grande! ¡Este es mi hastío del hombre!» y así comprendió que incluso con el superhombre «¡El hombre más pequeño regresa eternamente!», como el enano bufón, como el pulgón, porque no hay aurora sin ocaso ni bien sin mal, ni superhombre sin hombre pequeño. Zaratustra supo que todos los que hasta él llegaron no eran adecuados compañeros para su viaje, «aún me faltan los hombres adecuados».

Suficiente de introducción. Regresemos al nihilismo y náusea de nuestros tiempos. El mundo y dentro de él los mundos, los Estados, el lenguaje, sus significados, los valores, los paradigmas, las fes, la paz, la economía, la seguridad, el medio ambiente, las ciudades, la convivencia, la civilidad, la humanidad misma y sus valores están en un marasmo universal, en caos, pero el caos es un océano de posibilidades, una de ellas es la transvaloración de los valores, la creación de nuevos valores y significados. Tenemos que transformarnos en niños y empezar un nuevo comienzo, para ello debemos liberar nuestra libertad de los dragones que nos dicen que ellos son los únicos valores y que nadie puede querer más valor que el suyo.

Centrémonos en México donde la caída y pudrición son más profundas. No es que viviéramos en un México perfecto y justo, pero al menos era de todos y nos esforzábamos por hacer más de México y de nosotros mismos. Por supuesto que las condiciones de vida digna llegaron a ser mejores hace ya mucho tiempo comparadas con las de ahora, hoy somos una sociedad enfrentada, dividida, en su mayoría ignorante, sin sistemas de salud ni de seguridad social, en quiebra económica y moral, adicta a las mentiras del poder que endulzan nuestras estupideces y postraciones; muchos desconfiamos del gobierno y estamos desilusionados de los partidos, hastiados de la política y de los políticos. Una inmensa mayoría depende de dadivas de mascota clientelarizada, de control y sometimiento político, del terror de vivir pensando que les pueden quitar el apoyo asistencial y, peor, que los recursos se le terminen por agotar al Estado. Entonces sólo quedara el totalitarismo para impedir que se eche al basurero de la historia al obradorato y sus demencias.

En Estados Unidos un bufón naranja se cree dueño de América toda y mandamás del mundo, con un ojo en las redes sociales y otro en el botón atómico.

Desconfiamos, celamos, tememos o vivimos del Estado, una creación humana que, sin embargo muere a pasos agigantados. Pero ya vimos que la humanidad requiere de un cierto orden de convivencia, de una forma de vida, de un marco de referencia donde pueda desarrollar las actividades que se permitan la superación de cada uno y de todos en conjunto. Ese orden requiere una expresión organizacional, institucionalizada, jurídica y civilizada. El Estado por un tiempo hizo las veces, ya no más.

Y aquí vamos a dar un salto mortal de Nietzsche a Francisco Primero. Zaratustra se dijo «Cuando fui por primera vez a los hombres, hice la tontería propia de los eremitas, la gran tontería, me presenté en el mercado. Y cuando hablaba, no hablaba a nadie (…) qué me importan los grandes mercados y la plebe y el ruido de la plebe y las grandes orejas de la plebe», no en balde Jesús sacó a patadas a los mercaderes del templo.

Bergoglio vivió lo mismo, cuando hablaba a todos veía que hablaba a nadie, que las palabras a ninguno decían ya nada, que habían perdido su significado y valor comunicativo. Que la feligresía menguaba junto con la fe y aún los fieles se alejaban cada vez más de los ritos y de la iglesia. Los sacerdotes poco ayudaban con sus riquezas, excesos, poderes y pederastias. La evangelización, la catequesis, los sermones, suplicas y hasta regaños perdían por horas su eficacia. Una iglesia universal, lo sabía muy bien Bergoglio, que venía de una iglesia de las periferias de uno de tantos países del macizo iberoamericano, se compone de muchas iglesias, imposible un solo mensaje a semejante enjambre de pluralidades. Por eso como Sumo Pontífice segmentó sus narrativas y sus audiencias, hasta que encontró nichos por los cuales pudo llegar, si no a todos, si a una comunidad ecuménica (Ver “El loco de Dios en el fin del mundo”, Javier Cercas).

Bergoglio abordó temas como el de la mujer y nombró mujeres en altos puestos del Vaticano, hasta entonces un feudo varonil, donde las monjas estaban de servicios domésticos; incluso abrió a discusión el sacerdocio femenil. No estaba el mundo, o quizás solo la iglesia católica, preparado para ello, pero dejó la pica en Flandes. Habló con insistencia del fenómeno del siglo, los migrantes y su condición de parias, expatriados, desterrado de su tierra y en la tierra, sin protección jurídica, civil, económica, de salud, social y laboral. Y cuando habló de estos temas fue escuchado.

Como pocos y con maestría hizo propio del catolicismo moderno el tema del medio ambiente y nuestra responsabilidad con las generaciones del futuro. Humanizó la homosexualidad cobijándolos religiosamente como hijos de Dios, exploró regresar los sacramentos a los divorciados, orientó a su iglesia hacia los pobres y necesitados, lejos de los fastos y las riquezas, jamás se sintió bien en el Vaticano de los palacios, vivió en un hostal para curas en tránsito dentro de él. Viajó más a países periféricos que a las grandes potencias, a los países con pocos católicos que a los fuertemente probados y consolidados, tendió puentes con todas las religiones y promovió su multiculturalidad buscando las coincidencias y sinergia en lugar de la distancia y la sordera; impulsó el sínodo como forma colectiva de trabajo, invitando a ellos y escuchando incluso a no católicos y hasta personas abiertamente anticlericales. El mismo fue contrario al clericarismo, entendida la cleriquecia en tanto el sacerdocio como poder y superioridad para con los feligreses, a quienes se debe respetar en lugar de abusar, escuchar, no sermonear, entender y enseñarles con el ejemplo, no con lecciones, sermones e imposiciones que nadie entienden, un sacerdocio que viva con su grey, como verdaderos misioneros, que abandones sus grandes casas, comodidades y palacios.

Bergoglio abandonó pues el sermón tradicional, las catequesis pasadas de moda, los ritos innecesarios, en fin, el orden propio de la iglesia, su forma annquilosada de vida, su modo de ser. Al menos lo intentó, en algunas cosas tuvo suerte, en muchas no. Pero allí quedan como un nuevo inicio que alguien pronto podrá recuperar.

Bergoglio también fue prudente, sabía que los cambios rudos son autoritarios y de corto aliento. En Italia hay un dicho muy socorrido: «Chi va piano, va sano e va lontano» (quien va despacio, va sano y lejos) y Francisco, no sin tormentas, logró ir lejos.

Veamos nuestras reformas, las estructurales de Peña duraron lo que su sexenio, nada queda de ellas hoy, la de Reyes Heroles y López Portillo del 77 fue destruida por Bratlett en el 86, llevando al sistema político a la crisis del 88 y que feneció con la reforma de Salinas en 90, ajustada en 94 y modificada en 96, desde entonces no ha habido sexenio sin reformas políticas, las más de las veces por chantajes y cobros postelectorales. Hoy todos esos sueños de verano democráticos están por convertirse en pesadilla por un buen tiempo.

Pero no podemos dejar de soñar, tampoco de actuar. Tiempo es de transvalorar nuestros valores, empezando por el de la ciudadanía, menester es cambiar su paradigma, su entendimiento, sus relaciones, hasta su denominación. Necesitamos una nueva forma de relación interdependiente y mediada entre las personas más horizontal que permita una deliberación fluida y respetuosa, la construcción de acuerdos entre ellos y su acción conjunta y concertada, todo ello mucho antes que la simple y pobre relación entre el ciudadano y el Estado. El Estado es posterior y producto de la convivencia humana, es ella la que fue civilizando, organizando, institucionalizando, regulando, supervisando y, en su caso, premiando o castigando a gobiernos y políticos. La ciudadanía siempre es previa del Estado, sin embargo, hoy ha sido reducida a un estatus jurídico político que el Estado otorga, protege y casi monopoliza, recortando cada vez más las relaciones interciudadanas, previas y constitutivas de él. Con el hoy inconveniente que cada vez los Estados se ven más incapacitados para hacerlo efectivo y garantizar el estatus de su ciudadano, terminan por provocar éxodos de proscritos a quienes en casi ningún lado les reconoce, cobija y garantizan derechos ni libertad alguna.

En otras palabras, sí a una ciudadanía dentro de un orden estable político y jurídico, quizás ya no estatal tal y como hasta ahora lo conocemos, pero con amplios espacios de relaciones interciudadanas al margen de la intromisión del poder y protegidas por ellas mismas, incluso con sistemas de control al poder público para cuando éste se desmanda. Por supuesto necesitamos nuevas formas de asociación, organización y participación política. Los partidos terminaron por causarle un gran daño a México al convertirse en enclaves privados y jugosos negocios.

Otra transvaloración que tenemos que hacer es la de los significados y hasta los términos, o logramos resignificar los viejos nombres que utilizamos en el argot político, o tendremos que inventar nuevos. Debemos que estudiar el fenómeno comunicacional de Bergoglio para recuperar el oído ciudadano. No somos voz para sus oídos.

Finalmente, antes que nada, debemos liberar a las personas de sus condiciones de vida de mascotas del poder, de la pobreza, la insalubridad, la ignorancia, la inseguridad, la falta de oportunidades y solidaridades, lograr un piso mínimo de dignidad de vida. Mientras no lo hagamos jamás podremos construir ciudadanía.

Es cierto, son tiempos de derrumbes, también de creadores, que hagan surgir del caos poesía, que trasnvaloren todo lo desvalorado a nuevos estadios, que creen un nuevo mundo. Como Zaratustra habrá que porfiar en encontrar las mujeres y los hombres adecuados.

Regresando un momento a Nietzsche, él nos dice que no hay valor sin parásitos, en nuestro caso, los parasitismos que sufrimos son el Estado, los partidos y la perversión de la comunicación política. Cada uno a su manera restan al valor todo valor, toda su importancia, expropiándolos para sí en exclusiva. Se apropian de ellos, los regulan, administran, pervierten, explotan. Han asumido el papel de creadores únicos de valores y sancionadores de su pureza y sacralización. En otras palabras, nuestros valores requieren el otorgamiento de valor por parte de ellos, lo que en los hechos significa que el que puede otorgar puede retirar, de allí también mi oposición a la ciudadanía solo como un estatuto que el Estado Nación otorga. Estos parasitismos no solo desvaloran nuestros valores ciudadanos, ampliándolos o reduciéndolos a su interés y discreción, cuando éstos responden a espacios y relaciones propias y primigenias de nuestras libertades y derechos como personas en convivencia y formas de vida, no como estatus estatal. Por ejemplo, se nos dice que podemos votar y ser votado, pero para votar se requiere estar inscrito en el padrón, contar con credencial para votar y aparecer en la Lista Nominal de Electores de la casilla que nos corresponde, y eso si luego los partidos no la impugnan por desórdenes que ellos mismos provocan y se anulan nuestros votos a resultas de conductas ajenas a nosotros. De igual manera, se puede ser votado, ¡Ah, pero solo los partidos pueden registrar candidatos y la figura de los independientes es prácticamente letra muerta, salvo en circunscripciones electorales de muy poca población! Cuando se analiza el Capítulo constitucional de derechos y obligaciones ciudadanas encontramos que, salvo el de asociación ciudadana, casi todos los demás conceptos responden a relaciones entre el ciudadano y el Estado Mexicano, no entra las interrelaciones entre ciudadanos.

Los partidos han atrofiado nuestra ciudadanía, apenas somos capaces para reunirnos en condiciones de emergencia política de forma másiva pero efímera y precaria, sin más consecuencia que el performance, algunas pérdidas líneas ágata y ruido de red entre ruidos incomunicacionales. De nuestras inquietudes desamprendimos a hacer causa común, pluralidad, sinergia, organización, movilización, exigencia, rebelión. No interpelamos, no reñimos, no nos imponemos al poder, le mostramos nuestra oposición, pero en los hechos nos sometemos a. sus designios. Nos pueden robar 19 puntos porcentuales de nuestra representación política y asesinar constitucionalmente al poder Judicial y no pasamos de twittear y ver las mismas mesas de análisis y analistas mediáticos de toda la vida. Nuestra comunicación política es todo menos comunicación: embrutecimiento masivo, crispación emocional, manipulación, abierta mentira, distracción, entropía. Hemos perdido el discurso y la deliberación, nos hemos convertido en seres digitales encadenados a pantallas que suplantan la realidad y el trato humano, somos movilizados por rencores, odios, banalidades, mentiras, distracciones, montajes y espectáculos. Perdimos nuestra capacidad de ser y hacer comunidad, comunicación y acción política, desvaloramos y nos desvaloraron la ciudadanía.

Nuestros parasitismos, además, asumen para sí un estatus superior, señalando el bien y castigando el mal, separando el trigo de la cizaña, imponiendo pecados, exclusiones y hasta presidio. Hoy en México vivimos una sociedad absurdamente política donde la gran mayoría de los mexicanos no somos considerados como pueblo, sino como traidores a la patria por no comulgar con las ruedas de molino del parasitismo del obradorato. Ciudadanos de nombre, no de facto.

Recordemos una última vez al dragón que sostiene que todo valor ya fue creado y que ningún otro “yo quiero” debiera ser; en el fondo lo que pide es parar el universo, detener el devenir. Algo parecido escuchamos en estos días de voz de quien cobra como secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, aún en su versión camello: «La confianza del pueblo es sagrada», es decir, ya todo está dicho, «y nuestra lealtad es absoluta, no tenemos derecho a fallar», ergo no hay libertades, ni derechos, ni quiero, ni nuevos comienzos posibles. Frente a ello Nietzsche, en otra de sus obras, contesta: «todo lo que está fijo mata», por eso la «meta pasa por llevarse a casa la cosecha más rica y más completa que sea posible de las épocas que experimento y de la mala experiencia. Por tanto, lo que ahora no hay que impedir es, sobre todo, seguir experimentando, la persistencia del fluido de los valores, el examinar, escoger, hacer crítica de los valores ad infinitum (hasta el infinito)»

Nota final. En mis discusiones con mi dilecto amigo José Newman regresamos una y otra vez al conflicto del mundo de las ficciones, creencias, ideas y deberes universales con el mundo de la ciencia y el método, el rigor y la sistematización comprobable y verificable del conocimiento eptistemológico. Ambos venimos de formaciones y deformaciones contrarias y, como la burra tira al monte, hoy he vuelto a zurcir sobre el tema de los valores, específicamente los del ciudadano y la ciudadanía, y mi discurso y argumentos han sido, fieles a mi formación-deformación (toda formación deforma) del mundo de las ideas, que es el más socorrido, y en eso concuerdo con Pepe, porque la densidad, sistematicidad y nuevamente rigor científico no han sido implantados debidamente aún en la humanidad. Esa es otra valoración pendiente. Quizás algún día ya no necesitemos ficciones e ideas para comunicarnos y el lenguaje sea uno de fórmulas matemáticas y conocimientos verificables, pero por lo pronto, y a mis posibilidades plasmo aquí lo que me permite dar mi naturaleza y deformaciones.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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