La denigración de la política
No hay quienes me sea más despreciables que El Cero Votos y la Jirafa Chávez, ambos voceros de Morena. En lo personal creo que sólo aportan vaciedad, rijosidad, ruido e irritación. Si ellos son lo mejor que tiene Morena qué mal está; si no, qué daño se autoinflige.
No solo me son deleznables por presuntuosos, sino principalmente por el desprestigio que hacen de lo político. En el fondo son unos rastacueras (vividores y advenedizos) no tan insoportables como tóxicos políticamente hablando.
Pero criticarlos sin ir más allá de su miseria humana ha ayudado a demeritar la ya de suyo desastrada conversación pública nacional. El nivel de nuestra deliberación política jamás había sido tan lamentable, crápula y demencial.
Así que voy pues a sustentar mi crítica a ellos y su hacer, para ello es menester plantear un piso de entendimiento que permita la comprensión de mis asertos.
Empecemos por señalar la importancia del discurso, hoy tan venido a menos. Para los griegos la política era discurso y acción, y por discurso debemos entender articulación. Cuando nos asalta un acontecimiento que como relámpago ilumina todo, se nos viene encima una comprensión instintiva que nos urge ser expresada, pues bien, el discurso es la articulación de lo comprendido. Y es de esa articulación de donde surge el lenguaje, no es que existan las palabras en una megabodega para aplicarlas a lo recién comprendido, es al revés, en tanto que hemos comprendido algo diverso tenemos que inventar, adaptar o forzar las palabras para nombrar y significar lo que antes no estaba en la existencia.
Habrá que decir que al nacer fuimos arrojados a un mundo ya de suyo lleno de comprensiones que hicimos acríticamente nuestras y que nos permiten, tanto articular un discurso, como articular en palabras nuevas comprensiones y lenguajes. Es esa articulación de palabras por la que podemos comunicarnos y dotar de significados y sentidos el lenguaje.
Hoy el discurso ha perdido no solo su importancia sino todas sus estructuras de compresión, mostración y compartición, hablamos por hablar sin atadura ni contenido alguno, la habladuría consiste en hablar sin que medie en ello ninguna substancia, por eso nuestro hablar carece de arraigo y por ende de profundidad, es superficial y barrido por el viento hoy de las redes; nuestra habla es mecánica y cacofónica a lo que nos llega y repetimos sin comprender, ya no hablamos para mostrar, explicar o compartir, hablamos por hablar y así sentirnos existir mostrándonos presentes ante otros que, sin embargo, no nos ven porque están ocupados también en hablar. Y es que el hablar por hablar no merece la escucha.
El discurso requiere la escucha, es tan importante saber discursar como saber escuchar, su existencia es simbiótica. Los humanos oímos sonidos y ruidos, el viento entre las hojas del árbol, el canto de las aves, el trueno en la noche; los ruidos muestran nuestro coestar en el mundo entre otros entes y que así lo y los comprendemos y nos comprendemos en él y con ellos. A diferencia de oír, escuchar solamente es posible con otro, no hablamos a las cosas, y aunque hablamos a ciertos animales domesticados, éstos nos oyen y reaccionan, pero ni nos escuchan ni los escuchamos, los oímos. Nuestro comprender del otro es por la comprensión de su discurso, nuestro acuerdo o desacuerdo con el otro por igual, la guerra empieza cuando el discurso y la escucha cesan, la paz se construye hablando, de ahí, entre otras cosas, la naturaleza política del discursar.
Nuestra comprensión de las cosas en el mundo es instrumental y circunscrita al uso que de ellas hagamos. Escuchar al otro es articular en nosotros la comprensión de su sí mismo, de su discurso y de su disposición afectiva, porque a la percepción meramente auditiva se suman los ritmos, tonalidades, pausas, silencios e intensidades de voz del discurso, pero también ademanes, miradas, expresiones faciales y lenguaje corporal como parte de nuestra compresibilidad. El ejemplo más socorrido es aquel que distingue: “vamos a comer, niños”, de “vamos a comer niños”.
Escuchar no es solo una disposición existencial constitutiva del discurso, sino también de su comprensión. Pero es a su vez una comprensión previa intramundana, propia del mundo en que vivimos, la que nos permite escuchar y poder descifrar su articulación, significados y sentidos.
Quien no sabe escuchar es muy probable que no comprenda y seguramente tampoco sepa discursar. “Discurrir y escuchar se fundan en la comprensión” (Heidegger).
Ante la imposibilidad de discursar y escuchar, de comprender, solo nos queda el oír y el hacer ruidos, es decir, hablar por hablar en vorágines sin significados ni sentidos y, por tanto, sin posibilidad de comprensión. El puro oír por oír y hablar por hablar es una privación del comprender discursante y escuchante (Heidegger).
Pues bien, tal es el caso de los rastacueras en cuestión, Arturo Ávila y Andrea Chavéz, no hay en ellos discurso ni escucha recuperables.
Es público y notorio que no saben callar, que no les interesa comprender y por tanto lo suyo no es escuchar. No callan porque tengan algo que decir; callan para no escuchar, porque no podrían comprender lo que escucharan y para así no tener que contestar en mérito a ello, sino acorde al guion previamente memorizado y ensayado. En consecuencia, son incapaces de articular un discurso y hacer uso significante del lenguaje: no discursan, no dejan discursar; no callan, no escuchan, no dejan escuchar y hacen imposible y enfadosa toda deliberación.
Repiten siempre y en todo lugar y ocasión las mismas ofensas, descalificaciones y frases aprendidas, usan las cifras para confundir, no para explicar, lugares comunes, cantaletas, acusaciones, utilizan cartulinas como en el cine mudo, lo que acredita su nula capacidad discursiva, no razonan porque lo suyo no es razonar ni hacer razonar, sino encender, inflamar y explotar, no hablan a la razón, hablan a las bajas pasiones y malas entrañas. Siempre empiezan por el descontón, la descalificación, la acusación, el descrédito: mafiosos, vendepatrias, extrema derecha, conservadores, corruptos, comentócratas, traidores, mafiosos; siguen escupiendo un champurrado de cifras con mentiras y descalificaciones, jamás contestan nada en méritos, atropellan la discusión y al conversante reventando la deliberación en publicidad política degradante.
Lo suyo es manotear, alzar la voz, ofender, mentir y sobreactuar. Se creen chistocitos, pensantes y admirados. ¡Ilusos!
Lo que más se echa de menos, no nada más en estos dos enfermitos, sino en todo lance de todos los morenistas es la falta absoluta de respeto para con el otro. La coexistencia se refiere a una igualdad de ser y estar circunspectivamente, a un modo de existir reciproco, a un coexistir que demanda respeto y hasta indulgencia para con otro. Para con mi existencia no tengo que ser reciproco, pero sí para con mi coexistir. El coestar implica una comprensión del otro; aún antes de conocerlo existe en mí una comprensión originaria de que su estar en el mundo es un modo de ser que es en mi una aperturidad reciproca por el solo hecho de ser en el mundo. De hecho es en la coexistencia donde surge el uno impersonal, que no se refiere a uno o a algunos, o a la suma de todos, sino al concepto de quien "impersonal" que expresamos en "se": se dice, se sabe, se es. Es este coexistir el que nos impone el respeto reciproco, sin el cual posiblemente ya nos hubiésemos matado hace miles de años. Todo coexistir exige respeto entre los coexistentes, en la familia, en la comunidad, en la política. Pero el obradorato se cree eximido de respetar en su concepción de víctima universal acreedora a todo derecho, poder, respeto y sumisión, sin contraprestación alguna. En Morena la escuela del irrespeto para con el otro alcanza grados propios de la alienación, a Fernández Noroña lo ha llevado a grados de desquiciamiento cercanos a la camisa de fuerza. No muy atrás van estos dos avanzados alumnos.
Son todo presunción, pero no voceros: no representan, no comunican, no explican, no aclaran; son una versión lastimosa, purulenta y con fuero de merolicos de circo; no hacen política, la denigran; son un subproducto podrido de la espectacularización y escandalización de lo político, la expresión más acabada de la ordinariez e ignominia en la que se arrastra hoy México.
Y si alguien creyó que nuestra denigración a lo político no podía caer más bajo, que se abroche el cinturón de su asiento y el paracaídas.
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