PARRESHÍA

Revolución

Revolución

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Violencia.

Hasta donde se sabía, las revoluciones se hacen para llegar al poder; no para proclamarlas desde él.

Con independencia a las discrepancias teóricas y prácticas entre guerra y revolución, Arendt destaca en su libro “Sobre la Revolución” que ambas comparten el denominador común de la violencia: “allí donde la violencia es señora absoluta (…) no sólo callan las leyes –les lois se taisent, (…) sino que todo y todos deben de guardar silencio.”

La violencia empieza por el silencio; silencio que niega la política que es palabra y es acción.

La Polis (pluralidad) por sí sola y en automático no produce convivencia (política). En el siglo XVII se ideó teóricamente un estado prepolítico llamado de naturaleza -de imposible comprobación histórica. Lo que sí es acreditable y acreditado es que la convivencia hay que forjarla, cultivarla y asegurarla en un “plebiscito de todos los días” (Renán), y que ésta es solo posible mediante el entendimiento, vía el discurso; y la voluntad, expresada en hechos (acción). No en balde San Juan inicia su evangelio con: “En el principio fue el Verbo”, porque sin él no habría humano devenir.

Pues bien, cuando el verbo calla, la política muere.

Regresemos a la violencia. Aunque ésta sea consubstancial a la revolución, Arendt distingue una de la otra: no basta la violencia para que un movimiento sea verdaderamente revolucionario; distinción que ha perdido a tantas generaciones en las calenturas revolucionarias de la violencia estéril. Dice Hannah: “ni la violencia ni el cambio pueden servir para describir el fenómeno de la revolución; solo cuando el cambio se produce en sentido de un nuevo origen, cuando la violencia es utilizada para construir una forma completamente diferente de gobierno, para dar lugar a la formación de un cuerpo político nuevo, cuando la liberación de la opresión conduce, al menos, a la constitución de la libertad, solo entonces podemos hablar de revolución.” La violencia es un medio, nunca un para qué.

La revolución a la que hoy urge un ideólogo del poder, es propia de su acepción restauradora de los siglos XVII y XVIII. Tanto la revolución francesa como norteamericana, en sus inicios, estuvieron dirigidas “por hombres que estaban firmemente convencidos de que su papel se limitaba a restaurar un antiguo orden de cosas que había sido perturbado y violado por el despotismo de la monarquía absoluta o por los abusos del gobierno colonial.” Suplante monarquía por conservadores y abuso colonial por neoliberales y mi aserto quedará acreditado.

No obstante, ambas revoluciones mostraron que los hombres podían “constituir fenómenos políticos” de fuerza “irresistible” con su acción consciente. Pero eso, sostiene Arendt, solo se sabe al final del camino, cuando el fenómeno ha llegado a su fin, “de tal modo que puede pensarse que solo al espectador, y no al agente, le cabe la esperanza de comprender lo que realmente ocurrió en una cadena dada de hechos y acontecimientos.” Pensar lo contrario, es pretender despertar el alba levantándose más temprano y someter los acontecimientos a golpe de anteponerles apelativos. La libertad como primigenia categoría de la política jamás podrá ser substituida por el imaginario épico revolucionario.

La experiencia demuestra, por encima de la novela, que las revoluciones nunca han sido iniciadas por la masa ni por la sedición; son puestas en marcha por hombres que se “limitan a tomar el poder de un régimen en plena desintegración; en realidad, son las consecuencias, no las causas, de la ruina de la autoridad política.” De allí que Cuarta Transformación y Revolución resulten conceptos tan antónimos como el alba del anochecer. O se procesa una transformación o se avanza una desintegración.

Igual razonamiento prevalece en la confusión de quienes confunden revolución con liberación y no con la fundación institucionalizada de la libertad. En otras palabras, acentúan el impulso destructor por sobre el constitutivo.

Arendt destaca que “teóricamente, el error que cometieron los hombres de la Revolución francesa, fue creer, de modo casi automático y acrítico, que el poder y el Derecho tenían su origen en la misma fuente.” Cuando, la asunción del poder no otorga derechos, solo obligaciones. Un poder que confunde su carácter de mandatario con el de mandante y sus atribuciones delegadas con facultades soberanas, corre en extravío. Potestas in populo, sostenían los romanos; auctoritas in Senatu; de suerte que el gobierno se componga del poder originario e inmanente en el pueblo, y la autoridad derivada y normada en el gobierno.

El riesgo de confundir poder y autoridad llevó a los revolucionarios franceses a enmarañar violencia con poder e inaugurar con ello el régimen de terror, que no constituyó Estado, sino que regresó a Francia a estadios prepolíticos de turbas enardecidas sedientas de sangre. Alejandro Rousselin llegó a sostener que “la venganza es la única fuente de la libertad, la única diosa a la que debemos rendir sacrificios”, y los rindieron al píe de la guillotina, por la que terminaron pasando a sus propios dioses, semidioses y titanes. La política, enseña la historia, “es el polo opuesto a la violencia natural de la prepolítica.”

No hay justificación, ni teórica ni práctica, de naturaleza política, social, económica, jurídica o ética, para que desde un poder democráticamente constituido se urja a la revolución.

La urgencia, de la que ya hemos hablado, más que reafirmar consistencia de convicción delata desasosiego y duda; Arendt le llamó “la fuerza de la rabia delirante (…) forma de actividad de la impotencia cuando alcanza su última etapa de desesperación final”: En discurso del 17 de noviembre de 1793, Robespierre llamó a “realizar en pocos años el trabajo de varios siglos”; terminaron por arrasarlo todo. Hasta con ellos mismos.





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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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