RAÍCES DE MANGLAR

Matrimonio homoparental: el largo y sinuoso camino hacia la tolerancia

Matrimonio homoparental: el largo y sinuoso camino hacia la tolerancia

Foto Copyright: lfmopinion.com

La otra cara de la horfandad.

Partamos de un ejemplo banal, si quieren hasta pueril, pero que en su desmenuzamiento saca a la luz prejuicios no tan ocultos.


Hace algunos días salió a la venta a nivel global el esperado videojuego The Last of Us Part 2 de la empresa Naughty Dog, con sede en Virginia, Estados Unidos. Debido a la narrativa de este producto (un mundo destruido por una pandemia) se esperaba que la controversia lo envolviera de alguna forma, y en efecto así sucedió, solamente que la ámpula no la levantó una trama que rozaría susceptibilidades por la contingencia sanitaria, sino otra cosa completamente distinta: un relación lésbica.


Para contextualizar, el primer The Last of Us era un videojuego cargado de intenso sentido político y social, que lo mismo ponía al jugador a situaciones de pérdida humana que a enfrentar a un sistema policiaco y militar opresor en medio de una crisis que justificaba la ley marcial. El trabajo de producción detrás de este juego lo llevó a ser considerado por público y crítica como uno de los mejores de todos los tiempos, pues aunque la ambientación era lúgubre y deprimente, el equipo de trabajo también supo brindar momentos de belleza en medio del caos general.


Uno de los más recordados (y también polémico) sucede cuando Ellie, uno de los personajes centrales, en plena adolescencia descubre el amor y su orientación sexual lésbica. Al contrario de lo que pueda pensarse, los creadores de esta historia supieron dar un trasfondo orgánico, muy natural e incluso tierno a esta epifanía, lo cual al final terminó cuajando dentro del cuadro total del juego.


Sin embargo, con la salida de la secuela las cosas parecen haber cambiado, pues no tuvo ni un día de haber salido a la venta y el videojuego ya se rodeó de polémica con reseñas de personas furiosas asegurando que Naughty Dog pretende adoctrinar y forzar situaciones como las relaciones homosexuales en un producto que, según ellos, debería dejar de lado la "agenda progre” y centrarse en ser entretenido.


Con el Día Internacional del Orgullo LGBT a una semana de celebrarse y el Día del Padre aún fresco, esta controversia, me llevó a recordar uno de los episodios más bochornosos relacionados con la ultraderecha mexicana: aquella vez que hicieron todo lo posible por echar atrás una ley a favor del matrimonio homoparental a nivel nacional y, por consecuencia, su derecho a formar familias.


El 17 de mayo de 2016, el entonces presidente Enrique Peña Nieto anunció que propondría al Congreso de la Unión una iniciativa de reforma al artículo 4° constitucional para legalizar el matrimonio gay en todo México, lo cual causó gran revuelo, sobre todo en lo referente a la patria potestad y al terreno de lo familiar. Tal como se esperó, los primeros que pusieron el grito en el cielo fueron los sectores religiosos (apoyados por ciertos políticos conservadores de ultraderecha), y más específicamente, la Iglesia Católica y sus distintas ramas. Hubo de todo; desde chanclazos demagógicos por parte del órgano editorial del episcopado (llámese el semanario Desde la Fe) hasta pintorescas protestas multitudinarias como la denominada “Marcha por la Familia”, donde paradójicamente se utilizó un recurso ciudadano constitucional para exigir la agravación de otros preceptos constitucionales vitales de los individuos como el derecho de todos a formar una familia.


Al final la iniciativa fue desechada y actualmente México es el único país de América del Norte que no permite este tipo de uniones de manera homogénea en todo su territorio (a la fecha sólo 19 de los 32 estados que lo conforman lo permiten y algunos sin reformulación de su Código Civil). Con respecto, a la adopción y paternidad, el escenario es incluso más negativo partiendo de la opinión pública, pues de acuerdo a una encuesta de Parametría aplicada en 2013, del 62% de mexicanos que favorecían el matrimonio gay, sólo el 20% estaban de acuerdo con la adopción de niños y niñas.


Con un discurso homofóbico disfrazado de libertad de expresión, la Iglesia Católica ha sabido difundir entre sus feligreses su postura reaccionaria. Uno de los episodios de mayor coherencia, de entre todo ese pandemónium de declaraciones fue el expresado por el exobispo de San Cristobal de las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel, quien con inusitada templanza aseguró que las protestas antes mencionadas no fueron una diatriba directa contra la comunidad gay ni mucho menos un mensaje de odio, sino más bien una apelación de la sociedad católica contra algo que les parece tan concerniente por su naturaleza misma como lo es el matrimonio.


Según el obispo, la lucha de la comunidad religiosa no va en contra de las garantías individuales de los homosexuales ni contra su derecho a cohabitar con quien ellos gusten, pues en sus propias palabras, “siempre lo han podido hacer, con leyes o sin leyes”, sino contra la denominación legal de dicha unión. Sin embargo, a pesar del lenguaje respetuoso de su retórica, el religioso cayó en varias incongruencias pues su pilar argumentativo se basó en etimologías y nociones sobre el matrimonio como si de una entidad natural se tratase, cuando en realidad siempre ha sido un constructo cultural. Apeló a la semántica de la palabra y a su relación con la maternidad; según él es una cualidad “biológicamente imposible en esas uniones”. Pero lo más destacado de la declaración es que apeló a la construcción cultural del término y, por lo tanto, a la histórica.


Para comenzar con el desmantelamiento de su tesis, la palabra cultura desde una perspectiva freudiana, es todo aquello que representa el paso de la humanidad en la naturaleza, es decir, desde objetos concretos y tangibles como las herramientas, hasta abstracciones como las leyes y las normas. En su búsqueda por definir como natural el matrimonio heterosexual (recurriendo al acto reproductivo como la finalidad de dicha unión), Arizmendi olvidó que poco o nada hay de natural en una convención como lo es el matrimonio, pues aunque le pese, ni es una práctica necesaria para la reproducción, como lo confirman la incontable cantidad de parejas que viven en unión libre, ni es un acto natural si nos apegamos a su recurso etimológico. Se pretende hacer hincapié en la cultura del matrimonio y se deja de lado que, como todo acto cultural, esta propenso al cambio histórico dependiendo de sus factores contextuales. Dicho a grosso modo, no es posible apelar a la esencia natural y a la cultural como si se tratasen de lo mismo, cuando en realidad son lo contrario.


Se quiere hacer efectiva la voz de millones de personas que por sus prejuicios, prefieren dejar que miles de niños huérfanos padezcan una infancia de abandono y miseria, a permitir que una pareja del mismo sexo les ofrezca una dignidad emocional y económica que pocas duplas heterosexuales pueden presumir. Para empezar, la adopción de un infante sería una decisión a consciencia dadas las circunstancias y condiciones institucionales que se requieran para efectuarla. A la Iglesia se le olvida que la existencia de esa infancia abandonada es el producto de la irresponsabilidad de la unión “natural” de los gametos, es decir, de la biología que tanto presumen. En su defensa por la “verdad absoluta”, también olvidan que el ejercicio familiar que pregonan siempre ha sido un ideal más que una realidad, pues muchísimas familias mexicanas se reducen a madres solteras y a abuelos que se encargan de los nietos. La visión carece de perspectiva, ignora la contundente retrospectiva y difícilmente propone una prospectiva.


El asunto de la patria potestad se complica aún más cuando descubrimos que esa falta de visión no es exclusiva de los religiosos, lo peor es que incluso la misma gente que ha alzado la voz para, supuestamente, defender el derecho de la homosexualidad a la paternidad y a la maternidad, es la que al final termina en franca contradicción con sus premisas. Al parecer, este frente pseudo progresista y de supuesta vanguardia social demuestra su amplio apoyo otorgándoles el “beneficio de la duda”. Los religiosos aseguran que la familia gay propiciará la preferencia directa hacia la homosexualidad en los niños como si esto representará un acto de corrupción en sí mismo y la opinión de los activistas de sofá es que, si las parejas gay logran evitarlo, si consiguen que un niño crezca “normal”, entonces habrá sido un éxito el proyecto. Si en cambio, no logran llevar a un infante por el camino de la rectitud sexual, esto evidenciará su fracaso. ¿Un caso de doble moral? Evidentemente lo es.


Uno de los asuntos más evocados por los detractores de la unión homoparental es la acusación (infundada en la mayoría de los casos) de que esta comunidad tiende hacia la inmoralidad. Considerados no por pocos como degenerados y enfermos, los homosexuales han padecido infamias de toda índole, destacando las de las parafilias. Es menester para ellos defender a la infancia de ese “peligro” latente que es la pederastia. No es de sorprender que se mantengan lastres conceptuales, dado que la clasificación de la homosexualidad misma dejó de pertenecer a las filas de las patologías apenas hace un par de décadas, lo que sí es objeto de crítica, ironía y sarcasmo, es que sea la misma Iglesia Católica la que pretenda evocar semejante sermón. Un poquito de decoro no les caería mal. Por otra parte, es necesario sacar los trapitos al sol al mencionar el alto índice de abusos sexuales cometidos por los padres y hermanos (de ambos sexos) dentro de los matrimonios denominados “naturales” y necesario sería también denunciar los que se han callado si esto fuera posible.


Las partes más reaccionarias se basan en el ritmo de vida promiscuo de una pequeña parte de la comunidad gay, como la vista frecuentemente en la vida nocturna, para generalizar juicios de valor; no obstante, pierden de vista los factores que lo propician. Ese acelerado ritmo de vida no es más que el efecto de la marginación social causado por el rechazo y malestar que siente la sociedad cuando ve a una pareja del mismo sexo tomados de la mano en espacios públicos o expresando conductas afectivas que, en el caso de la heterosexualidad, pasarían desapercibidas. Por miedo al rechazo, a la agresión verbal o física o simplemente por una injustificada vergüenza, la comunidad gay se ha visto obligada a recurrir a espacios propios de convivencia que, por su naturaleza prohibida y nocturna, propicia una serie de comportamientos y costumbres (como el consumo de alcohol y estupefacientes), que facilita catalogarlos como "parias". A grandes rasgos, no son el mal sino un síntoma. Lo más grave es que estos comportamientos son llevados a cabo también por personas heterosexuales sin la consecuencia del escrutinio.


Pocas cosas queman tanto en el alma de un ser humano como la marginación. Una especie de ostracismo fatal exclusivo de las minorías. Algunas de estas se han acostumbrado tanto al rechazo que suelen inventar maneras para evadir la realidad a los que las masas las someten. Los homosexuales, como la minoría que son, han podido incluirse en la vida social mediante complacencias como el uso peyorativo del lenguaje. Pocos son los que se ofenden cuando alguien les llama “jotos”; pocos son los que se atreven a protestar abiertamente contra quienes los llaman “maricas”, con toda la connotación implícita en esa palabra. Por temor a ser más rechazados por la sociedad, e incluso por su propia familia, aceptan el uso corriente de ofensas y otros comportamientos en su contra con tal de no ser marginados. Vejada su dignidad humana, es necesario preguntarle a la sociedad cuánto más deben padecer estas personas hasta dejar de ser vistas como ciudadanos de segunda.


Afortunadamente hemos sido testigos de un cambio gradual de consciencia. Al menos en los medios de comunicación el tema ya comenzó a tocarse con pinzas. Aquellos estereotipos que ridiculizaban a la comunidad LGBT han desaparecido casi por completo del espectro del entretenimiento y los que persisten no tardan en ser evidenciados por las redes sociales. Como sea, estos prejuicios aún permanecen instalados en el colectivo y deben ser evidenciados como lo que son: un lastre para el progreso y un paso atrás en el sendero hacia una sociedad más justa y tolerante.


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