PARRESHÍA

Interlocución

Interlocución

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Silencio y soledad.

Fray Servando empieza sus memorias, según recuerdo, diciendo: “Ya no tengo enemigos con quien ensangrentarme”. Solo y sin quien combatir su causa, únicamente le quedaba el soliloquio al futuro. Escribir un monologo en solitario. Los que hoy lo leemos, también lo hacemos en solitario.

A diferencia de la lectura, la política implica interlocución; no es, ni puede ser, en solitario.

Los interlocutores podrán ser afines o adversos, gratos o incomodos, inteligentes o montaraces, pero siempre necesarios.

El inter-locutor convierte el soliloquio, con su inter-vención e inter-rupción, en conversación. Donde con-versar significa en latín (conversari) “frecuentar, tener relaciones sociales frecuente”, de con (con) y versari (estar ocupado, vivir). Destaco el vocablo “frecuencia”, cuyo significado original es “gran número, gran cantidad, abundancia, gentío, apiñamiento”. Se conversa entre varios que se ocupan de vivir. Propio de la conversación es el gentío, el apiñamiento. Dice Arendt que “no sólo estamos en el mundo, sino que formamos parte de él”, de allí que la acción, “sólo es política si va acompañada de la palabra (lexis)”. Ya lo hemos señalado, el mundo, a diferencia del planeta Tierra, tiene una dimensión humana que solo es posible construir, percibir y comprender mediante el habla. “El mundo es pues lo que está entre nosotros, lo que nos separa y nos une.” Me atrevería a decir lo que conversamos y actuamos colectivamente.

De allí que lo peor que le puede pasar a un político es perder el mundo. Vaciarse en aislamiento. Quedarse sin interlocución.

¿Qué destino tiene la palabra onanística?


No por nada la política sólo lo es entre varios. Ser entre otros: "inter-esse”. Cuando se pierde lo inter, muere la política; sé es solo, aislado, impotente; sin mundo.

Mi madre lo pondría así: para bailar tango se requieren dos.

Para hacer política menester es la inter-locución y la inter-actuación.

Suicida es el gobernante que se resta a la interlocución. Se condena al silencio y a la soledad.

Habrá quien diga que no hay silencio en el soliloquio, pero qué destino tiene la palabra onanística. Un gobernante no puede encapsularse en un diálogo al espejo.

Si se observa con detenimiento, un gobernante que se cierra a la interlocución, en el fondo no elude al mundo, lo aniquila en tanto obra humana para terminar como Fray Servando sin sentido en la vida, ni siquiera para ensangrentarse.

Hace algunos años un partido me invitó a unas mesas plurales para estructurar su plataforma electoral. A su alrededor había gente de todos los partidos y sin partido, de las más variadas asignaturas, las más ricas experiencias y de varias generaciones. Al hacérsenos el planteamiento un joven intervino exigiendo ser radical o levantarse de la mesa; sin entender el propósito central del ejercicio. Qué caso tenía hablar entre los que piensan igual y por sistema se cierran a cualquier posibilidad exógena.

La radicalidad aísla y empobrece. Podrá generar un espejismo de fortaleza y certeza capilla adentro, pero en el fondo debilita, aliena y a la larga mata.

De allí la riqueza de los Congresos, que deben ser crisol de contradicciones y no valladar de lo real. De allí los gabinetes, que permiten la transversalidad en el procesamiento de los problemas. De allí la necesidad de medios libérrimos, que expresen y cuestiones el acontecer. De allí las universidades, obligadas a la universalidad de todo conocimiento sin cortapisa.

Todo ello implica interlocución.

Nos adentramos hacia el 21. Que sea éste oportunidad y fruto de la interlocución.

Quizás nuestra tarea primigenia deba ser defender la interlocución como ingrediente sine qua non de nuestra sobrevivencia como Nación.

Qué no perdamos el mundo.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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