PARRESHÍA

El tigre y el águila

El tigre y el águila

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El símbolo.

Los dioses hablan en símbolos. Los hombres con palabras.

En las civilizaciones primigenias, los dioses se expresaban silbando vientos entre el follaje de árboles sagrados. Seguramente lo siguen haciendo, pero hemos perdido la capacidad de escucharlos.

“Cuando algo indefinido y poderoso sacude la mente y las fibras, hace temblar la jaula de los huesos, cuando la misma persona, un instante antes torpe y agnóstica, se siente alterada por la risa y por la locura homicida o por el deliro amoroso o por la alucinación de la forma, o se descubre invadida por el llanto, entonces (…) reconoce que no está solo. Hay alguien a su lado, y es un dios.” (Calasso)

La tragedia griega aspiraba a traducir los símbolos divinos y sus enseñanzas; no eran el entretenimiento y la distracción propias del pan y circo romano. Su naturaleza era sacra y su fin pedagógico.

La Ilíada no es novela, ni siquiera historia; es canto sagrado: “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquileo.”

Los hombres solían comunicarse con las deidades a través de la festividad. Ésta era un tiempo de y para los dioses. Su celebración, sostiene Chul-Han, se opone al transcurso propio del tiempo: “el tiempo de la fiesta es imperecedero”, sublime. Y el único lenguaje propicio para hablar con los dioses en la festividad era el arte. Arte y fiesta, para Gadamer, comparten un tiempo atemporal: “La esencia de la experiencia temporal del arte es que aprendemos a demorarnos. Esa es quizás la correspondencia de nuestra medida de lo que llamamos eternidad”. “¿Cuándo terminarás?”, preguntaba Julio II a Miguel Ángel; “cuando acabe” contestaba aquél, sabedor que la creación se rige por tiempos diferentes a los de la labor, el trabajo, la acción y hasta del papado.

Arte y fiesta se concitan también en lo primigenio, ese aliento forastero y luminoso que retrotrae todo a su origen para dar paso un nuevo comienzo; a lo distinto, a la creación: “La fiesta, dice Paz, es una Revuelta, en el sentido literal de la palabra. (En su confusión) la sociedad se disuelve y se ahoga (en sí misma), en su caos o libertad original. Todo se comunica; se mezcla el bien y el mal, el día y la noche, lo santo y lo maldito. Todo cohabita, pierde su forma, singularidad y vuelve al amasijo primordial. La fiesta es la operación cósmica: la experiencia del desorden, la reunión de los elementos y principios contrarios para provocar el renacimiento de la vida.”

“Hoy el noble y el villano
El prohombre y el gusano
Bailan y se dan la mano
Sin importarles la facha.”
(Serrat)



La fiesta es tiempo y lugar sagrado. Feriae es “el tiempo reservado para actos religiosos y de culto”. Fanum es “lugar sagrado, consagrado a la divinidad”. Así, la festividad empieza cuando termina el tiempo cotidiano y pro-fano, lo que queda delante (fuera) del recinto sagrado. (Chul-Han)

Pero fiesta y arte no solo se concitan en tiempo y espacios sagrados, también participan de lo bello. Incapaces los humanos de emular la belleza divina, la buscan intuitivamente en el arte que en sus orígenes tuvo una función de culto, de ofrenda. Hoy el arte, reducido a mercancía, “ha perdido toda referencia a lo divino, a lo santo, al misterio, a lo infinito, a lo superior, a lo sublime.” (Chul-Han)

Luego del viento, los dioses se sirvieron de los oráculos para hablar con los hombres. Lo hicieron a través de imágenes oscuras: adivinanzas, símbolos, enigmas. Nadie mejor que Edipo sabe que la solución del enigma es un enigma aún mayor. Por eso en el mito griego las figuras “viven muchas vidas y muchas muertes”, a diferencia de la novela que los condena a un solo gesto y ocasión. (Kitto)

Mientras los dioses hablaban en símbolos, los hombres se bastaban, para comunicarse entre sí, con algo más prosaico: la opinión, esa “voz móvil y asesina, que cada día serpentea por el Ágora” (Calasso). Y así, llegaron a creer que la lengua, pequeño instrumento de comunicación, y la seducción que con ella intercambian eran propicias y suficientes para con los dioses, olvidando que “seducir”, en griego, significa “destruir” (phthreírein).

Si entre los hombres la “Parreshía” -el compromiso con la verdad- llegó a significar nada, qué podía valer ante los dioses la palabra simulada. Desde entonces nos abandonaron al olvido: “déjenlos en y con su palabra vana, en su laberinto de opiniones, en su fango fatuo”, dijeron al irse, condenándonos al extravío de las palabras seductoras por días sin fin.

Creímos haber construido un Olimpo y lo que tenemos es una Babel


El tiempo perdió desde entonces su faceta sacra y sublime, todo espacio se volvió profano y el arte derivó en mercancía. El viento silbando entre las ramas fue condenado al ostracismo junto con el resto de la naturaleza, expulsada de nuestras ciudades de arrogancia y locura.

No satisfechos con la palabra, los hombres, soñándonos Prometeo, creímos haberles robado a los dioses los símbolos y sometido a nuestra seducción.

Si con la palabra y la lengua hemos mostrado ser incapaces de conducirnos con verdad y arte, cuál no será nuestra hybris al sentirnos dueños y señores de los símbolos.

Creemos haber construido un Olimpo y lo que tenemos es una Babel.

Prostituir la palabra en instrumento de mentira y engaño es una falta humana. Jugar con símbolos es subrogarse en Dios, robar su palabra de rayo, usurpar su voluntad, hurtar el fuego de su mensaje.

Las Musas cantan a nuestro oído sus artes y conocimientos, pero jamás símbolos porque son de naturaleza deífica. Por eso Shakespeare inicia su Enrique V clamando: “¡Ay, quién tuviera una musa de fuego!”, no tanto como deseo sino como admonición. Los símbolos tocan fibras que nos son inéditas, levantan en nosotros muertos que habitan nuestra ignorancia, despiertan fuerzas telúricas y sanguinarias, razones más allá de toda razón, horizontes ajenos, ira divina.

Hoy, se hace de los símbolos cuentas de vidrio verde, monedas de cambio, lengua que repta en el cieno, ruido, publicidad bellaca; burla y escarnio. ¡Cuidado!, corremos el riesgo de ser encadenados a una roca y que un águila devore nuestras vísceras por la infinita eternidad.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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