PARRESHÍA

Privado y Público

Privado y Público

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Diferencia e imbricación.

Lo privado y lo público han roto fronteras. Las crisis en política y representación terminaron por desbancar de su centralidad a los intereses públicos que aglutinaban, para ser substituidos por agendas de género, derechos humanos, identidad, raza, nación, religión y medio ambiente.

Lo privado, de alguna manera, se impuso a lo público.

Las redes han influido mucho en ello. Facebook inició la develación de lo privado en público: qué desayunas, dónde vacacionas, quiénes son tus amigos, cuándo es tu cumpleaños, qué te gusta. El producto en venta son los propios internautas.

Los reality shows hicieron de los pleitos familiares, infidelidades y autoflagelaciones primetime; se encamaron en alcobas, enjabonaron en regaderas y dejaron correr sus entrópicos orgasmos por las más oscuras cañerías.

Hoy en Titok los jóvenes -y no tan jóvenes- muestran sus cuerpos en prendas y formas que dejan, sin mojigaterías que valgan, a las vitrinas de Ámsterdam cual pastilla de clorato.

Pero quizás la mayor confusión entre lo privado y lo público se dé en el ámbito por esencia público: la política.

La democracia masiva desvirtuó la deliberación pública en publicidad de jabones y la lucha política en guerra de despensas y monederos electrónicos. Política y democracia quedaron así rehenes de los medios en todas sus expresiones y, si “el medio es el mensaje” y éste es en sí el pantano, el mensaje no puede más que llevar mácula en su plumaje. La guerra negra tomó así carta de naturalización y derechos de conquista; la propuesta fue substituida por el morbo, la ideología por las entre sábanas y el espacio de entendimiento por la lucha libre y el lavadero.

De la verdad ya nadie se acuerda ni a nadie importa, lo que cuenta es el escándalo nuestro de cada día. La justicia mediática, si se le puede llamar así al medro, como los dioses antiguos, se alimenta de sangre. Huitzilopochtli y Tezcatlipoca siguen reinando, en su altar la obsidiana se embebe en la sangre de sus víctimas propiciatorias. Y qué puede ser más privado que las entrañas aún palpitantes expuestas a la masa enardecida.

De allí la gran confusión que hoy tenemos entre lo público y lo privado. Si mostramos nuestra alcoba y ropa interior en Titok, o nuestra vida en Facebook, por qué el ente público por naturaleza no habría de meterse en nuestra vida privada, honra y renombre.

Y allí empieza el gran problema que tenemos que desentrañar, porque la autoridad, a diferencia del individuo, sólo puede hacer aquello que la ley expresamente le mandata, en tanto que aquél puede hacer todo lo que la ley no le prohíbe. En otras palabras, el individuo puede publicitar su vida privada si así le place, siempre y cuando no ofenda a terceros ni disturbe el orden público. En tanto que la autoridad no lo puede hacer porque lo suyo nunca es privado. Por otro lado, en manos del gobierno la información privada no adquiere, por ese simple hecho, carácter público.

Puede que el pecho del individuo Andrés Manuel López Obrador no sea bodega, pero el del presidente de los Estados Unidos Mexicanos debe ser caja fuerte. Puede que el ciudadano López Obrador tenga derecho a decir lo que le plazca, pero no el jefe del Ejecutivo Federal, porque la información que maneja y la función pública en razón de la cual la maneja, no es de su propiedad privada ni disposición personal, sino que tiene un carácter público regulado por ley.

Para que lo privado pueda ser, lo público tiene que funcionar


Toda autoridad está obligada a la secrecía de los asuntos que trata, porque no son suyos en lo personal, sino que tiene acceso a esa información en ejercicio de una función pública. Si un juez devela información de un juicio a su cargo, o Hacienda aquella sujeta al secreto bancario, o Salud la de un paciente, o cualquier autoridad da a conocer datos personales de los ciudadanos que acuden a ella en atención a su función pública, violan la ley y deben ser sometidos a castigo.

¿Qué es lo público, sino la suma de lo privado? Para que cada quien pueda dedicarse a lo suyo (privado), delega en terceros el cuidado de todos: la seguridad, la salud, las obras de infraestructura, la educación, la justicia. O todos nos dedicamos a proteger nuestra casas, o encargamos de ello al Estado. O castigamos y cuidamos a quien por haber violado nuestros derechos purga prisión, o lo hace el Estado. O todos construimos la presa y el camino y guardamos las aduanas y fronteras, o lo hace el Estado. Luego el Estado surge para permitir lo privado y por delegación de los particulares.

Para que lo privado pueda ser, lo público tiene que funcionar. La función pública otorga las condiciones, circunstancias y clima político para que lo privado, que es lo de cada quien, pueda darse. Un Estado que sólo ve por los intereses gubernamentales y no por los de los privados, carece de razón de ser. Sería un gobierno sin gobernados.

Yerra, pues, el presidente cuando dice que él sólo se “debe” a las empresas públicas y no a las privadas, porque al hacerlo les da a las primeras, precisamente, el carácter de privadas y asume el papel de dueño y no de funcionario público. Aún más, en estricto sentido, el Estado no tendría porqué hacerle de empresario. Pero ése es otro cantar. Lo importante es que él desempeña una función, tarea encomendada, de carácter público, del interés de todos, donde todos son particulares y sus intereses son, por privados, de interés público.

El Estado debe proveer a todos, no sólo a “sus” empresas, seguridad y certeza jurídicas, infraestructura, protección económica, sanitaria y física, libertades, orden público, paz social, armonía política, espacio de entendimiento, ámbitos de acuerdo, respeto, tribunales para hacer cumplir la ley y cárcel para los violadores de derechos.

¿No es acaso público garantizar el libre y seguro tránsito por calles y carreteras? ¿Y a quién se debe garantizar ese derecho, sólo a las empresas del Estado, o a toda persona? ¿Los derechos públicos son exclusivos para entes públicos o son para todos individuos y figuras del derecho privado?

Dice el presidente que a él no le pagan las empresas privadas y se equivoca, a él le pagan todos los entes productivos del país, incluso las empresas extranjeras radicadas en México, y le pagan para cumplir la función pública de hacer posible lo privado, de protegerlo, de impulsarlo y de sancionar a todo aquel que atente contra sus derechos y bienes.

Existe por tanto una diferencia entre lo público y lo privado, al menos en tratándose de la función pública, relativa a todos. La Re-Pública es la cosa de todos y el Estado no puede eximir ni excluir a nadie. El presidente es el mandatario de todos; debe atender, responder y proteger a todos, empezando por el individuo en su ámbito privado y personal, en toda la esfera de sus derechos, públicos y privados, políticos y económicos.

Incluso los derechos sociales, como los laborales y agrarios, solo se perfeccionan en su naturaleza colectiva en la efectividad de la esfera privada de sus integrantes.

Pensar que el Estado exclusivamente debe atender al sector público es el mayor contrasentido que puede haber entre lo qué es y para lo qué es lo público, desconociendo su aplicación en los ámbitos privados. Alegar que sólo tiene obligaciones en lo social es darle a la entelequia sociedad vida sin individuos. Por supuesto que la comunidad tiene derechos y que el individuo sin ella está más desprotegido que en grupo, pero el grupo sólo se explica si sus beneficios llegan al nivel individual con justicia y equidad.

Lo mismo puede argumentarse entre el poder federal (todo) y las entidades federadas (partes). Un poder federal que se niega a dialogar con los integrantes de la federación se niega a sí mismo.

Finalmente, seguridad pública que no se plasma en el espacio privado de cada individuo; en su vida, casa, familia y bienes, no es seguridad. ¿Y a quién corresponde ésta? A las fuerzas del orden “público”, entendiendo por público lo de todos y para todos, no solo para funcionarios y empresas del Estado. Lo mismo es válido para la seguridad y certeza jurídica, económica y social. La función pública sólo lo es cuando se plasma en lo privado. Cuando llega hasta el individuo. A final de cuenta la persona moral es solo una entelequia jurídica formada en los hechos por individuos de carne y hueso.

Luego entonces, ¿qué hay que garantizar, empresas públicas o a los mexicanos y su futuro?



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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