RAÍCES DE MANGLAR

Calles de domingo

Calles de domingo

Foto Copyright: lfmopinion.com

Cayó su toalla y Eugenia se miró como no lo había hecho desde hace años, frente al espejo y desnuda. Aún conservaba sus rasgos finos e infantiles y el tono rosado de su piel, pero se había marchitado su postura. Subió de peso y lucía encorvada. Estiró su espalda y sonrió como esperando que eso la rejuveneciera de golpe, pero sus ojos tristes e intensamente enrojecidos y pequeños la instalaron en la realidad.

Habían pasado ya algunas semanas desde la muerte de Juan José, “Juanjo”, su hijo de 22 años, y el dolor desesperado se había vuelto un tormento pausado, de intervalos intensos y llenos de culpa. Sin embargo, en sus horas más tranquilas se daba tiempo de contemplar y recordar sin ser interrumpida por la tristeza. Era una sensación extraña, podría incluso decirse que nueva para ella. No había tenido tiempo para sí misma desde la preparatoria, la cual dejó trunca por su embarazo precoz.

Le pareció chistoso no recordar a la primera a Alejandro, el papá de Juanjo. Tuvo que rascar entre otros nombres un par de veces hasta que la imagen de aquel muchacho vino a su mente. No era de extrañarse, pues habían pasado ya más de 20 años desde que lo vio. Además de Juanjo, Alejandro fue el primer y único hombre para el que tuvo tiempo y al que dedicó amor, pues la falta de oxigenación condenó al niño a una vida con parálisis cerebral. Ante la noticia de tener un hijo con un padecimiento de por vida, Alejandro optó por alejarse y desapareció de la vida de Eugenia como si se lo hubiese tragado la tierra.

Aquel hecho logró que Eugenia se empequeñeciera. Se sabía atractiva y conocía el alcance de su belleza, pero el primer año de su hijo le bastó para entender que debía renunciar a sus aspiraciones juveniles, a sus amigas y al porvenir misterioso y emocionante que tiene la adolescencia. Todos aquellos anhelos cancelados por su responsabilidad como madre joven y soltera. La vida con su hijo estuvo llena de frustración. La respuesta de su familia fue un apoyo sólo moral y efímero, pues en su base tradicional achacaban todo ello a un castigo que Eugenia debía de soportar, pese a sólo tener 17 años.

Eugenia intentaba aferrarse a su condición maternal y en su periplo amó con intensidad a su hijo. Dedicó todo su empeñó al cuidado especial que requería Juanjo, pese a sólo contar con lo más básico. Los empleadores que tuvo eran poco empáticos, así que tuvo que hacer lo posible para dividirse entre el trabajo y el niño. Al final, terminó laborando desde casa, con una prensa para abrir resortes. Trabajaba todo el día y por encargos, así que no había días de asueto y los domingos soleados sólo brillaban para ella en los ratos que debía hacer entregas, siempre con Juanjo a su lado.

En el exterior, la unión y el trabajo con el pequeño la obligó a madurar súbitamente, pero era en realidad una jovencita presa en una situación difícil e inescapable. El cansancio y la desesperación la hicieron maldecir su suerte. Había ocasiones en que desquitaba aquella ira con Juanjo. “Ya no te soporto, ojalá nunca hubieras nacido”, decía, sólo para regresar arrepentida y más pequeña por la culpa. Abrazaba a su hijo, lo quería de manera exacerbada y era su todo, pero era inevitable pensar qué sería de ella si no tuviese esa responsabilidad o si tan sólo fuese un niño sin enfermedad, sano y vigoroso. Confuso, Juanjo se limitaba a mirarla, extraviado en su dimensión de inocencia irreflexiva.

El abandono de Alejandro no hacía sino amargarla más. Veía a las parejas en las calles y todo le parecía vergonzoso. El amor era una mentira y un secreto guardado para ella. La actitud de los hombres, su irresponsabilidad y valemadrismo la enfurecían. Se acercaban a ella buscando su belleza, pero se alejaban con rapidez cuando veían la dureza de su situación. Eran todos iguales, no había en quien confiar.

Por su parte, las mujeres que conocía le parecían burdas con sus preocupaciones banales y sus problemas mediocres. Le era inevitable compararse con ellas y en el fondo eso le acarreaba enojo y un dejo de envidia. Su suerte abominable hacía que pensara en Dios como en un ser funesto. Sin importar lo que dijese su familia, no había espacio en su corazón para el Dios virtuoso y benevolente. Si existía o no, para ella era un ente apático y voluble. Cuántas veces había visto a la gente, con la ligereza que dan los problemas ajenos, acercarse y decirle “fue porque Dios lo quiso”. ¿Y lo que ella quería y necesitaba? ¿Qué culpa tuvo ella si en sus aspiraciones infantiles sólo quería amar y ser amada? ¿Dónde estaba Alejandro, tan tranquilo por haberse liberado de ellos, mientras a ella se le cansaba la vista por el trabajo? ¿Y Juanjo? ¿Qué culpa tenía su hijo, condenado a arrastrar los pies, babeando y sin poder articular palabras? En el gran escenario de la vida, eran sólo dos seres pequeños y tristes, llenos de desdicha y limitaciones. Para ellos no había ni habría nunca espacio para un ser omnipresente, omnisciente y todo poderoso.

Así pasaron 20 años. Eugenia se refugió finalmente en el mito de la madre abnegada. A pesar de su pobreza, dio a Juanjo la mejor calidad de vida que sus medios le permitieron. Hizo sonreír innumerables veces a un niño y a un joven atrapado en el tiempo. Supo lidiar con sus arranques de ira y pánico y compensar todos los males con cariño. Los pensamientos inevitables se fueron atenuando, sin llegar a desaparecer. Se debatía entre el amor y la culpa; entre el enojo y la voluntad. Así vivió hasta que Juanjo dejó de hacerlo. El golpe fue severo.

En sus peores momentos, Eugenia imaginaba este escenario. La entristecía, la hacía sentir “una mala madre” e intentaba reprimir estos pensamientos, pero en el fondo de su alma le eran reales e inescapables. Fueron sentimientos que guardó en sus entrañas y ahí los dejó, para que la consumieran mientras cumplía con su responsabilidad. Ahora regresaban como duros zarpazos. Ver a su hijo en el mismo cuarto donde siempre lo tenía viendo televisión, pero en rigor mortis, con la boca cosida y sin aquel gesto de inocencia perenne que tienen todos los que padecen parálisis cerebral, la sacó de su propio cuerpo. Compartió universo con las ánimas, entumecida, flotó en un limbo etéreo, en lo que llaman “infierno terrenal”.

La embarga una euforia repentina y unas ganas intensas de reír, pero aunque está sola las reprime. Lo ha hecho tanto que ya es involuntario. Era su situación una especie de baluarte contra la hostilidad del mundo, un ladrillo desde el cual podía contemplar el significado de la vida y reprocharle a todos su buena estrella, su suerte por no ser consciente del verdadero dolor. Eugenia se levanta, gime, sufre, se vuelve a recostar, le duelen los huesos, lucha para conciliar el sueño. Padece el reflejo de la cotidianidad, le llaman los horarios y las atenciones para Juanjo, pero sólo encuentra la cama vacía, un espacio doloroso, sin nada ni nadie que la consuele y comparta su pérdida.

Así pasa sus horas y días, entre la desesperación y la parsimonia y de pronto se da cuenta que, paradójicamente, la muerte de su hijo le regresó su vida. Por más de dos décadas no había tenido tiempo para ella y no sabía qué hacer. Tenía ahora 39 años y era como mirar fijamente a un precipicio. Se sentía cansada y sucia, con los ojos pegajosos por el llanto continuo. Decidió darse un baño y así lo hizo.

Eugenia mira su desnudez y se desconoce. La impresión la obliga a tocar su cuerpo para verificar si es real aquel envejecimiento. Se siente los brazos y las piernas, con una mano estira su frente y sus párpados. Contrasta esta visión con la chica de 16 años que alguna vez rosó la felicidad. Se viste y va en busca de su álbum de fotos. Con memoria muscular abre el álbum y evita de tajo todas las páginas dedicadas a Juanjo. Va directo a sus recuerdos escolares. Observa con detenimiento cada imagen y le llama la atención una foto en particular donde sale en uniforme, abrazada con dos de sus amigas y riendo a carcajadas. Es una foto especial, de un tiempo anterior a Alejandro y a Juanjo. La vida misma por delante.

De pronto su cuerpo le recuerda que está viva. Necesita comer, así que toma dinero y sale directo al mercado. Mientras camina siente el vacío en su mano izquierda, la misma mano que le daba a Juanjo. Avanza a una velocidad que le parece trepidante. Se siente ligera y libre. La gente la mira y les parece extraña la figura de aquella mujer-niña, sin el hijo eterno tropezando y arrastrando los pies. Eugenia sigue caminando y llega a su destino, pero no se detiene, continúa avanzando con los ojos llenos de lágrimas hasta que su pequeña silueta se pierde en el sol de aquellas calles de domingo.

#LFMOpinión
#RaícesDeManglar
#CallesDeDomingo
#Letras

Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

Sigueme en: