RAÍCES DE MANGLAR

La vida; amor mediocre

La vida; amor mediocre

Foto Copyright: lfmopinon.com

A nuestro lado y en contrasentido pasan los coches, fríos bólidos de ojos espectrales, rompiendo el surco de la niebla en la carretera, iluminando cual breves espasmos de luz sus ojos tristes y atemorizados. Por mera circunstancia mi brazo roza el suyo y lo sé, lo entiendo. Su calidez me empequeñece y en mi pecho se acumula el dejo incómodo y asfixiante de la desesperación.

Inmóvil, la mirada fija en la oscuridad, oculta tras el asiento del conductor. Sus pensamientos a mil por hora, ignorante del deseo y del amor tullido que la asecha: “Nada es como quisiera”, pensativa; “nada es para siempre”, resignada; “si tan solo, si acaso”, derrotada.

En el cariz abominable de los sucesos, se deprime y se adueña del fracaso. La tristeza perturba su alma y corroe los espacios de infancia interrumpida e inocencia vejada. El drama juvenil comienza a cansarla. Comprendo, porque al igual que ella a veces quisiera que todo callara y cayera. Porque entiendo a los disminuidos, a los sobrevivientes del sacrilegio y la culpa.

Ya no podemos hablar de los inconclusos, de aquellos seres a los que se les perdió la esperanza. Esos a los que la piel los abandona y quienes, temblorosos, pepenan caricias. Las personas de ayer y de hoy lo entienden, pero últimamente hay un desprecio abierto por todo lo que huela a experiencia de vida; hemos dado paso a una época de execrable temor por los sentimientos y las pasiones, donde todo es especulación e incertidumbre. Flores secas.

Mi cabeza da vueltas, persigue en sus fotos el ansia, pero cada vez es más difícil. Las miro y recaen en mí mis descalabros. Me doy cuenta que lo único que el buen y el mal amor han dejado en mí es inercia y parálisis.

Quién pudiera abrazarla, pedirle perdón en nombre de la humanidad misma. Quién para decirle que el mundo le pertenece a su belleza, a su lozanía, para que se dé cuenta y lo coja entre sus pálidas manos y haga de él capricho suyo; insostenible en la realidad, inamovible en la dimensión de los sueños.

Del iris de sus ojos vuela, mujer de labios delgados, una estela de averiada ternura, desesperante ternura. Una armonía tétrica y apacible, de nuevo el oxímoron maldito, arañando las puertas de este poeta fracasado, de este peón humilde, de un sindiós acobardado y falsario. Y es eso, la ternura, el último bastión al que aspiran los viejos como yo.

Será agridulce conversación entre mi gente. Mis amigos sabrán de su impaciencia, compartirán conmigo los detalles de un hubiera improvisado, de un deseo apaciguado e interrumpido. Mis ocultas aspiraciones como sombras tenues. Porque con quién si no con los amigos se transita por el derrotero del autodesprecio. Los quiero porque son animales de nobleza extrema que se llevarán a la tumba mis secretos.

¿Mis secretos?

Mi yo verdadero es mentiroso. Mi alma y cuerpo desguazados; mis barbas todavía oscuras, poco a poco se tiñen de tiempo; mis ojos con nubes y marcas de agua; mis manos, cabello y labios resecos; mi pecho de obsidiana cruda.

Ha llegado el momento de apagar las luces del faro, que en este puerto herrumbroso no queda sino desesperación, miedo a la soledad y crustáceos muertos. Hace bien en percibir mi aura y despreciarme, pues soy como otros tantos: ínfimo, cobarde, viejo, al borde de la anulación.

Amarme sería el desagravio final, pues todo corrompo. Soy eso que llaman “un ser dañino” y reconozco que un hombre como yo valdría más tres metros bajo tierra que respirando al lado de los creyentes del mejor amor, del que dicen es eterno.

Tienen razón aquellos que miran al vacío y no enloquecen. En esta vida pocas opciones son válidas ante la revelación de un amor mediocre, inservible, que emana de un ser lastimero y cansado. Porque así siento mi palpitar, cada vez más pausado, mi libido en vestigios, sólo que sin la sabiduría socrática, sin la fuerza creadora.

Al final sólo quedan las ganas atoradas en mi pecho de obsidiana cruda. Las ganas de verla y decirle que ella es la metáfora de las lechuzas blancas, el remolino de suaves plumas que mi maestro relató, que pasa el tiempo y mi existencia se apaga y que en este relato austero, casi bochornoso por su urgencia, es ella a quien sueño. La vida.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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