PARRESHÍA

Peligro al timón

Peligro al timón

Foto Copyright: lfmopinion.com

La Chingada.

“Si pierdo me voy a La Chingada”, decía sin tapujos y hasta con orgullo en campaña, refiriéndose al rancho de su propiedad en Palenque, Chiapas.

Hoy matiza expresión y ánimo: “si pierdo el apoyo del pueblo… a Palenque.”

¡Pobre Palenque!

La chingada es lo execrable, lo descompuesto, lo maldito, lo lejano, lo obscuro, lo humillado. Es lo rajado y penetrado con violencia y jactancia; lo infamado e infamante; lo abusado, lo arrinconado en la nada. Es la antípoda de lo chingón y el efecto de chingar: pasividad, ultraje, culpa, martirio.

¿Qué llevaría a alguien a llamar La Chingada a su única propiedad y destino de retiro? A donde se recluye a retomar energías.

Será que ese lugar, aún así, sea para él mejor que cualquier otro. Que sólo allí se sienta más libre, más protegido, más fuerte; mejor que en ninguno otro. Que fuera de allí todo le sea adverso y desfavorable; que sus instintos más enérgicos “mézclanse pronto con los afectos depresivos, con la sospecha, con el miedo, el deshonor”. Como si todo peligro, persecución y calamidad le acecharan puertas afuera. Como si desde su fuero interno nos gritara: “sí, La Chingada, pero mi chingada; donde el único que chinga soy yo.”

La perspectiva desde la chingada no puede ser más que pasiva, doliente e irresponsable. Es la perspectiva de la víctima y victimización. “Todo el que sufre busca instintivamente, en efecto, una causa de su padecer; o dicho con más precisión, un causante, o, expresado con mayor exactitud, un causante responsable, susceptible de sufrir, -en una palabra, algo vivo sobre lo que poder desahogar, con cualquier pretexto, en la realidad o en effigie (efigie), sus afectos: pues el desahogo de los afectos es el máximo intento de alivio, es decir de aturdimiento del que sufre, su involuntariamente anhelado narcoticum contra tormentos de toda índole.” (Nietzsche)

Así, desde la chingada, toda injuria y rencor están justificados por “bella indignación” y producen “una pequeña embriaguez de poder. Ya la queja, el quejarse, puede otorgar un encanto a la vida, por razón del cual se soporta: en toda queja hay una sutil dosis de venganza, a los que son de otro modo se les reprocha, como una injusticia, como un privilegio ilícito, el malestar, incluso la mala condición de uno mismo.” (Nietzsche)

Aquiles, que algo sabía de las mieles de la venganza, imploraba: “Ojalá pereciera la discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que encruelece hasta al hombre sensato cuando más dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo.” Agón (lucha) y agonía comparten etimología: vivir agonalmente de y en la venganza es hacer de la vida agonía.

"La soledad que se devora a sí misma y devora lo que toca"


La venganza y el resentimiento no conocen la acción espontánea, genuina, afirmativa y creadora que nace de uno mismo, sólo la reacción que surge desde afuera y desde otro: del "no yo". Ésta es una acción que niega al sujeto porque responde a un odio y a un otro. Por eso nunca es una acción franca, entregada, honesta; está llena de escondrijos, de caminos tortuosos, de puertas falsas, de adversarios aviesos, de no verdad y de verdades alternativas, de agonía.

“La Chingada, dice Paz, es la madre que ha sufrido, metafórica o realmente, la acción corrosiva e infamante implícita en el verbo que le da nombre (...) Esta pasividad abierta al exterior la lleva a perder su identidad: es la Chin-gada. Pierde su nombre -como aquella Tos-tada de ‘Nosotros los Pobres’, película de Pedro Infante-, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada.” Y así, continua Paz, el hijo “se vuelve hijo de la nada. Él empieza en sí mismo.” En la orfandad absoluta.

Y nada más injusto que la orfandad que nos sitúa en el laberinto de nuestra soledad sin poder culpar sin dolor a sus causantes y sin el listón de Ariadna. Desde ese laberinto el resentimiento se hace carácter de naturaleza impersonal, inasible y universal; no responde a algo o alguien en concreto, sino a la vida, a la suerte, al destino, a los otros que ¡Oh, paradoja y espejo! llamamos hijos de la chingada. Por eso el resentimiento infiltra y carcome el alma entera, se denuncia en cada acción y se imputa a todos y a todo. No hay alguien que nos las pague por ello, o algún obstáculo que podamos remontar para apagarlo, porque es omnipresente siempre y en toda circunstancia. Al re-sentir, la orfandad “queda presa en el fondo de la conciencia, acaso inadvertida; allí dentro, incuba y fermenta su acritud; se infiltra en todo nuestro ser; y acaba siendo la rectora de nuestra conducta y de nuestras menores reacciones.” (Marañón). Por ello, tercia Paz, el resentido “no es el fundador de un pueblo; no es el patriarca que ejerce la patria potestas; no es el rey, juez, jefe de clan. Es el poder, aislado en su misma potencia, sin relación ni compromiso con el mundo exterior. Es la incomunicación pura, la soledad que se devora a sí misma y devora lo que toca. No pertenece a nuestro mundo; no es de nuestra ciudad; no vive en nuestro barrio. Viene de lejos, está lejos siempre. Es el Extraño.” Y se puede ser extraño y estar lejos, aislado e incomunicado desde el monopolio unidireccional de la cháchara.

Pero la chingada, bien lo dice Paz, no es ningún lugar, al menos no fuera de nosotros. Se ubica en el inconsciente nacional y personal de cada mexicano: "el entero mundo-gueto del alma". Se puede estar en la cima del mundo y hacer de ella una chingada, porque la chingada es el lugar en el que anidamos nuestro resentimiento. El psicoanálisis enseña que cada quien lucha con su chingada; unos con mayor éxito, otros sin querer salir de ella.

La chingada, finalmente, es la moral del esclavo, del resentimiento; del "instinto del rebaño". Del que sufre de sí mismo, del miserable, del atormentado. Moral de las “profecías mesiánicas” del “príncipe con instintos militares y religiosos”, del Mesías. La del mando con desprecio y del obedecer humillado.

El tema de La Chingada es digno de especialistas, pero no deja de ser preocupante: Quien tiene a la chingada por destino es un peligro al timón.

Ahora sí que, con el perdón de ustedes: “está de la chingada”.



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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