PARRESHÍA

¿Justicia?

¿Justicia?

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Un 18 de abril la asesinaron.

Nadie la acompañó en sus últimos momentos; hay más gabinete federal en la recepción de un miserable puñado de vacunas en simulacro, que ciudadanos hubo en sus exequias. Ninguna lápida marca su eterno reposo, ningún monumento su memoria.

La mató por memorándum.

Su artero crimen sigue impune; autoridad alguna persigue su exterminio, perpetrado a plena luz del día y en cobertura nacional.

Un ¡burocrático memorándum! “Nota que se envía por mano a una persona de la misma oficina o institución”; un vil recado. Un insignificante papelito pudo más que el Estado de Derecho, la Constitución, los poderes constituidos, la ciudadanía mexicana y el más elemental de los pudores juntos.

Un pinche memorándum y el poder sin brida.

“No es sólo un asunto legal; es un asunto político”, se confesó abiertamente. A partir de entonces los asuntos políticos nada tienen que ver con la ley: el Estado independizado del Derecho.

“… O sea, no es ni una iniciativa de ley ni un decreto ni un acuerdo, es un memorándum para propósitos internos, como he dado a conocer otros.” Un memorándum para efectos internos de aplicación pública que “pide” a las ¡autoridades! dejar sin efecto una ley ¡vigente!, la Ley de Educación Pública, hasta que el Constituyente Permanente resuelva una reforma constitucional. El “obedezcase pero no se cumpla” regresando desde la Colonia bajo el absurdo de suspender una vigencia mientras se reforma. ¡Vive Dios!

Toda reforma constitucional implica las mayorías calificadas del Congresos de la Unión y estatales. Formalismo que puede adelantarse con la autócrata certidumbre de un memorándum. Era para que la Corte, los hacedores de leyes, las barras de abogados y las escuelas de derecho se hubieran inmolado o levantado en armas. Callaron cual momias, según se dice hoy y se les recordara por siempre.

“Yo quise mandar este mensaje claro a los mexicanos y a los maestros y la verdad lo logré, porque como se está generando el debate, ya se sabe de qué se trata. Nada más lo único que pido es que se lea bien el texto para que no se saquen de contexto las cosas. Hice un compromiso, que se iba a cancelar la reforma educativa, y eso es lo que estoy cumpliendo”… con un memorándum.

También se protestó cumplir y hacer cumplir la Constitución; paparruchas frente a su alteza El Memorándum.

De entrada, el Congreso a chiflar a su Mauser, porque “La ley es para las mujeres y para los hombres, no los hombres y las mujeres para la ley. La justicia está por encima de todo, la justicia. Si hay que optar entre la ley y la justicia, no lo piensen mucho, decidan en favor de la justicia.”

La justicia por encima de todo y de todos, la Constitución por delante.

Si se observa bien, el único argumento esgrimido fue haber hecho un compromiso, como si hacerlo fuese causa eficiente de justicia. El compromiso, lo comprometido y los comprometidos deben ser sopezados en sus méritos para saber si son o no justos en su hacer y en su ser. Cuando comprometer se entiende por justicia, quien compromete se asume él mismo como “La Justicia” y entonces se ha llegado al último de los infiernos.

Aixa nos diría, como bien le increpó a su hijo Boabdil tras la caída de Granada. “No lloren como mujeres lo que no supieron defender como hombres”: legislación, fideicomisos, órganos autónomos, Corte de Justicia, ciudadanía, dignidad nacional, representación popular, soberanía, federalismo, verdad.

Alegar justicia para violar la ley, nos regresa a la discusión de fondo: si el fin justifica a los medios, qué justifica al fin.

La argumentación esgrimida disocia ley de justicia en galaxias distantes y antagónicas, cuando son medio y fin inseparables. La justicia debe ser y sólo lo puede ser bajo el imperio del “deber ser”; de la ley.

De allí que urge nos definan qué entienden por justicia para que ésta pueda ser sin ley y hasta -abierta, falaz y arteramente- en su contra.

Si el fin justifica a los medios, qué justifica al fin


El planteamiento busca extraviarnos: no es si los hombres y mujeres son para la ley o la ley para ellos. Su sola mención es sofisma y demagogia; un escupitajo galáctico a la razón: la ley es un producto humano, instrumento civilizado y civilizatorio de la convivencia, norma de conducta que responde a un fin valorado y perseguido por los propios hombres. Los hombres se sujetan a la ley por convicción y conveniencia, no por ciega sumisión o impotencia. No es la ley quien priva de libertades y derechos a los hombres y mancilla su humanidad; es el poder sin ley.

La justicia, por otro lado, como universal abstracto y absoluto, cual deidad adorable e inalcanzable, sin contexto y circunstancia de tiempo, modo y lugar, es el más terrible de los engaños. La justicia siempre es relativa a alguien concreto. La justicia por la justicia, o la justicia para hombres y mujeres en abstracto y en genérico, es simulacro de justicia.

La justicia desatada de hechos, datos y personas, o es prejuicio e ideología, o es patraña.

En el nombre de la justicia indefinida e inaprensible se han cometido y cometen los más aviesos crímenes. El de la ley, lo tenemos por bien visto.

La justicia en términos universales, la justicia de las sombras en la caverna de Platón, la justicia metafísica (más allá de lo físico), la del mundo de las ideas, es injusticia en el mundo real y concreto del hoy y el aquí, de hombres de carne y hueso, de niños con nombre y futuro condenados a la ignorancia, oscurantismo y postración. La lista se expande hasta los últimos confines de los beneficiarios de fideicomisos hurtados en versión de extinsión por una justicia etérea y una corrupción hecha argumento nomotético jamás acreditado en hechos concretos.

Esta justicia inasible, no busca dar a cada quien lo suyo, porque carece de un “quien” concreto. Responde más bien a un prejuicio moral de diente por diente y ojo por ojo; sin justiciables a la vista, sólo enemigos. No es justicia, es venganza; rencor empoderado; resentimiento.

No pretende dar a cada quien lo suyo, sino acabar con enemigos, reales o inventados, y así saciar odios primigenios y primitivos.

Cuando se impusó La Piedra en el hoy cadáver de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el argumento volvió a ser la justicia. “Se hizo justicia”, se dijo. ¿Justicia? ¿Justicia a base de nombramientos? ¿Justicia, a quién? ¿Justicia a la CNDH, a las víctimas de violaciones de derechos humanos, al Estado de Derecho, a la Nación? ¿O a La Piedra? O peor aún, ¿a la Sra. Ibarra en La Piedra?

Las instituciones públicas no son para vengar ofensas, legítimas o ilegítimas; reales o quiméricas. Cuando para ello se les usa sé es injusto para con ellas y para el pueblo que, entonces, las sufre en vez de ser su beneficiario.

La justicia así entendida, se emboza en una justicia-absoluto para saciar resentimientos universales, contra todo y contra todos, de hoy e históricos, reales e imaginarios. No es la justicia de “a cada quien lo suyo”, sino el resentimiento de “quién me la paga”.

De allí que sea inaplazable se nos defina de una vez por todas el concepto de justicia que hoy se maneja desde el poder, porque si es en su versión de venganza, su discurso habrá que entenderse así: “La venganza está por encima de todo, la venganza. Si hay que optar entre la ley y la venganza, no lo piensen mucho, decidan en favor de la venganza.”

Y si la justicia en universal, además de inasible, es injusticia; la venganza universal, es apocalípsis.


Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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