PARRESHÍA

La fábula científica

La fábula científica

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Ficción.

“Los hombres no están contentos con su suerte, sostiene Vargas Llosa en ‘La verdad de las mentiras’, y casi todos -ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar -tramposamente- ese apetito nacieron las ficciones.”

Vargas Llosa aborda el tema de la ficción en defensa de la novela. Para él, ésta no se escribe “para contar una vida sino para transformarla, añadiéndole algo”. Siempre hay un residuo biográfico en toda novela, pero “no es la anécdota la que decide la verdad o la mentira en la ficción. Sino que ella sea escrita, no vivida, que esté hecha de palabras, no de experiencias concretas (porque) la ficción traiciona la vida, encapsulándola en una trama de palabras que la reducen de escala y la ponen al alcance del lector (…) Toda novela dice la verdad y toda novela miente. Porque ‘decir la verdad’ para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y ‘mentir’ ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o más bien, de una ética sui géneris, para la cual verdad y mentira son conceptos exclusivamente estéticos.”

“La ficción, pues, nos completa, a nosotros seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los apetitos y las fantasías de desear mil.” Por eso las mentiras en las novelas no documentan las vidas de sus autores, “sino los demonios que las soliviantaron, los sueños en que se embriagaban para que la vida que vivían fuera más llevadera.”

“La ficción, concluye Vargas Llosa, es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos.”

Sin decirlo, Vargas Llosa sigue a Nietzsche. Pero para el filosofo no era el mito, ni la fantasía poética, ni la novela el gran problema de la ficción, sino el hombre conscientemente decidido a seguir concepciones falsas por comodidad, interés o miedo.

No es la ficción en la novela, sino en la política, en la ciencia y en la filosofía a la que teme Friedrich, porque en ellas la ficción mata.

En un mundo en evanescente devenir se establece la fantasía del “ser”, en interés de su comprensión y aceptación; este “ser” se nos presenta perfecto, completo, lineal, redondo, justo, bello, verdadero, comprensible. El mito acompaña al hombre desde sus orígenes, hay un “primitivo anhelo de ilusión” que aplaca nuestros demonios y alcanza su punto culminante en el Arte de Fingir: “aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.”

Por ello, para Nietzsche el hombre va, “en la indiferencia de su ignorancia, montado en sueños, por así decirlo, sobre los lomos de un tigre.”

Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal


¿Hasta dónde, se pregunta, partimos de un “creer” para arribar al “saber”? ¿Hasta dónde acomodamos el conocimiento a nuestras expectativas y agrados? El ómnibus dubitandum (dudar de todas las cosas), pocas veces se da en el hombre: “¡O sancta simplicitas!” ¡Oh, santa cobardía! “¡Cómo hemos sabido dar a nuestros sentidos un pase libre para todo lo superficial, y a nuestro pensar, un divino deseo de saltos y paralogismos traviesos!, - ¡cómo hemos sabido desde un principio mantener nuestra ignorancia, a fin de disfrutar una libertad, una despreocupación, una imprevisión, una intrepidez, una jovialidad apenas comprensibles de la vida, a fin de disfrutar la vida! A la ciencia, hasta ahora, le ha sido lícito levantarse únicamente sobre este fundamento de ignorancia, que ahora ya es firme y granítico; a la voluntad de saber sólo le ha sido lícito levantarse sobre el fundamento de una voluntad mucho más fuerte, ¡la voluntad de no-saber, de incertidumbre, de no-verdad! No como antítesis, sino - ¡como su refinamiento!”, porque la mejor ciencia es “precisamente la que más quiere retenernos dentro de este mundo simplificado, completamente artificial, fingido, falseado, porque ella ama, queriéndolo sin quererlo, el error, porque ella, la viviente, - ¡ama la vida!” a costa de nuestras propias vidas.

Ante la crisis del saber más importante de nuestras generaciones, hemos optado por creer antes que dudar. Corrimos sobre los lomos del tigre a confinarnos, a dejarnos de tocar, a quebrar nuestras economías, nuestras familias, nuestras relaciones; a adorar al “bufón carente de pudor o (al) sátiro científico” en los que a la “náusea se mezcla la fascinación.”

Por sobre la vida, por sobre nuestro mundo, la fe ciega en una ciencia que todos los días acredita que sólo sabe que nada sabe. Salvar al sistema de salud del descrédito, antes que la vida de mexicanos. Acreditar las profecías de un médico lector de estadísticas de difuntos por sobre la mortandad hecha vacío y paisaje. Imponer la necedad de no usar cubre-bocas como significante de poder.

Aterrizar en una nada llamada en auto-alabanza "el mejor aeropuerto del mundo", sólo para acreditar que el delirio vuela.

Desesperados ante la falta de los resultados una y otra vez prometidos y anunciados, hacemos procesión y profesión de fe a la Meca de la Sagrada Vacuna. Peor aún: a la Meca del simulacro de la simulación del anuncio de la bienvenida de la posibilidad de las negociaciones de las compras anunciadas hasta el infinito de vacunas innúmeras, cual maná del cielo. Pero sin fechas ni certidumbre. Eso sí, con puntual registro de nuestro anhelo de ficción de vacunas sin vacunas.

“En algún apartado rincón del universo centellante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que los animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la ‘Historia Universal’: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante, pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza.” (La fábula científica del mundo, Nietzsche)






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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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