PARRESHÍA

Invitación envenenada

Invitación envenenada

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La ostentación de invitar.

Hay preguntas que se descalifican en juicio por llevar afirmaciones implícitas: “¿Sigue robando borrachas?” Si contestas que no, aceptas que las robabas, pero ya no lo haces; si contestas que sí, admites que lo hacías y lo sigues haciendo.

De igual manera, hay invitaciones perversas que debieran desecharse de plano, como aquellas que concitan a portarse bien, cuidar a los ancianos, no golpear mujeres, dar de comer al pobre, defender a la patria, no maltratar niños. Son invitaciones tramposas, que abusan de la buena fe, de las circunstancias y de los invitados.

Llamar a un pacto para cumplir lo que la ley ya obliga es abusar de la ley, de la invitación y de los concitados. Quien invita sabe bien que nadie podría rehusarse porque sería tanto como hacer una apología del delito, pero esconde que la invitación se agota en la invitación misma y no vale ni el precio del papel en que va impresa, porque no tiene más cometido que la ostentación de invitar.

Llamar a un pacto para ¡alcanzar! una “auténtica democracia”, implica que no hay democracia en México y que lo que se tiene es algo inauténtico. De no aceptar el llamado, así se alegue su engaño, se corre el riesgo de ser acusado de antidemocrático; si se acepta se consiente que no tenemos auténtica democracia en México y, además, que ésta sólo se alcanzará bajo el liderazgo de quien convoca y encabeza. Si éste, además, es el líder moral de un partido en medio de una justa electoral, se acredita lo perverso del proceder.

Tal es la manzana envenenada de la invitación del presidente a los gobernadores y Jefa de Gobierno en torno a la democracia.

La ostentación de invitar


Nadie parece parar mientes en la contradicción de su planteamiento, al negar con su invitación el origen democrático de su mandato: ¿Si no hay una auténtica democracia en México, cómo es que llegó al poder y con qué legitimidad lo ejerce?

En estricto derecho, debiera ser el INE quien, en un primer momento, calificara la viabilidad y buena fe de la invitación presidencial, y en un segundo, y en su caso, su instrumentación y procesamiento. A mi juicio el INE debiera descalificar de plano la convocatoria por perversa y redundante. El cumplimiento de la ley no puede ser objeto de pactos.

La invitación del presidente, además, lleva implícitas otras dos afirmaciones aún más peligrosas: la primera es que él ¡encarna! hoy la democracia en México; la segunda, que, por tanto, sólo él puede ser su garante. De allí que sea ¡necesario! acudir a pactar a sus magnánimos pies. Nada más lejano a la democracia y nada más peligroso.

Las autoridades electorales en México son el INE, el Tribunal Electoral y la Fiscalía de Delitos Electorales. Frente a ellas todas las demás autoridades federales, estatales y municipales son sujetos obligados. Todas sin distinción.

A mayor abundamiento, toda autoridad federal, estatal y municipal debe prestar su colaboración para el adecuado desempeño de las funciones del Instituto Nacional Electoral, del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y de la Fiscalía Especializada en Delitos Electorales, y éstos disponer lo que sea necesario para el cumplimiento de la ley, incluso de cara a cualquier otra autoridad que violente o pervierta el orden jurídico en materia electoral.

Bajo estas premisas, qué valor puede tener, más allá de el demagógico, un pacto que compromete a no hacer lo que expresamente ya la ley prohíbe y penaliza.


A pesar de que mi pecho tampoco es bodega, pueden más en mí, el compromiso y el respeto por la ley y la democracia. Razón por la cual dejaré de publicar en este espacio del 5 de marzo al 7 de junio.
Que todos estemos a la altura que México demanda.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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